SECRETOS

El cuerpo se adelanta siempre, incluso cuando la mente todavía cree estar a salvo, incluso cuando el gesto, la cercanía y la respiración compartida parecen sostener una escena posible; hay un instante imperceptible en el que algo interno se contrae, se repliega con una rapidez antigua, como si la piel recordara lo que la conciencia todavía no alcanza a formular, y en ese punto exacto, donde lo que debería abrirse se cierra, Zoé sintió que el aire dejaba de circular con normalidad, que el calor se volvía espeso y que el deseo —todavía incipiente, todavía en construcción— se deshacía sin estruendo, como si nunca hubiera tenido verdadera consistencia, dejando en su lugar una sensación de extrañamiento que no provenía de Guillermo ni de la situación, sino de un lugar más profundo, más antiguo, donde el cuerpo no distingue entre presente y pasado.

Guillermo percibió el cambio como se perciben ciertas alteraciones en el clima: sin poder señalar el momento exacto en que comenzaron, pero reconociendo que algo ya no estaba en su sitio; la respiración de Zoé se volvió irregular, fragmentada, y su cuerpo, que segundos antes respondía con una entrega tímida pero genuina, empezó a retraerse, a plegarse sobre sí mismo con una urgencia que no parecía dirigida a él sino a una amenaza invisible, y él quedó suspendido en ese límite incierto donde cualquier acción puede resultar excesiva, donde acercarse puede ser invasión y retirarse puede ser abandono, de modo que durante unos segundos —que se estiraron más de lo necesario— no hizo nada, hasta que la imagen de Zoé, reducida a un pequeño nudo sobre la cama, con las rodillas apretadas contra el pecho y los brazos rodeándose como si intentara contener algo que se desbordaba desde adentro, le indicó con claridad que la escena ya no era la misma.

—¿Te sentís mejor? —preguntó entonces, con una voz que buscaba no quebrar nada más de lo que ya estaba frágil.

El gesto de acariciarle el pelo fue lento, medido, casi cauteloso, como si el contacto tuviera que reaprenderse en ese nuevo contexto donde la cercanía había dejado de ser neutra; Zoé asintió apenas, sin abrir los ojos, con la piel ligeramente húmeda, no por el llanto abierto sino por esa transpiración tenue que deja el miedo cuando no encuentra salida en el grito, y murmuró una disculpa que cayó en el espacio con una carga que no le correspondía del todo, porque no era vergüenza lo que la atravesaba, aunque así lo nombrara, sino una forma más compleja de desajuste, una interferencia entre lo que su cuerpo debería estar viviendo y aquello que, desde otro tiempo, se imponía sin pedir permiso.

—No son cosas —dijo finalmente, después de un silencio que pareció ordenar algo en su interior—, son sensaciones que aparecen y me toman, como si se metieran en mí y me corrieran de lugar.

La mano que llevó al pecho no buscaba un dolor físico sino una referencia, un punto donde ubicar lo que no tenía forma definida, y al hablar, su voz adquirió una densidad distinta, como si cada palabra tuviera que atravesar una capa previa de resistencia.

—A veces siento que me vuelvo muy chica… como si me escondiera dentro de mí misma y el cuerpo dejara de ser un lugar donde puedo estar.

El cuarto, sin cambiar de tamaño, pareció cerrarse un poco más sobre ellos, cargado ahora de una atención distinta, más concentrada.

—Hace años que tengo vida sexual —continuó—, pero hay algo que no avanza, como si me quedara en un comienzo que no termina nunca; puedo estar, puedo hacer, pero no siempre estoy ahí de verdad, como si una parte de mí mirara desde afuera mientras el resto intenta seguir.

Guillermo no interrumpió, entendiendo que lo que se abría en ese momento no debía ser conducido sino sostenido, y cuando habló lo hizo con una cautela que no era duda sino respeto.

—El cuerpo guarda memoria —dijo—, incluso de lo que no se entiende del todo.

Zoé exhaló lentamente, como si esa frase hubiera tocado un punto preciso.

—Sí… el problema es cuando esa memoria no te deja vivir lo que tenés enfrente.

Lo que siguió no fue un silencio vacío sino un umbral en el que algo cedió sin que ella lo decidiera del todo; la frase con la que empezó —“cuando era chica”— no describía una escena todavía, sino una entrada, una apertura hacia un territorio donde las imágenes no aparecen ordenadas sino cargadas de sensaciones que preceden al relato: una cercanía incómoda, un olor demasiado próximo, una presencia que invade sin declararse.

—Había un hombre —dijo, y la simpleza de la frase sostuvo lo que no necesitaba ampliación inmediata.

Las palabras siguientes llegaron despacio, no por duda sino por precisión.

—Me besaba… pero no eran besos.

Cerró los ojos, no para evitar la mirada de Guillermo sino para reencontrar el registro exacto.

—Eran húmedos… pesados… me dejaban la cara como si no fuera mía, como si algo se quedara pegado después.

El gesto involuntario de rozarse los labios con la lengua parecía buscar limpiar una sensación que no pertenecía al presente.

—Yo no entendía nada, me quedaba quieta, rígida, como si el cuerpo supiera que moverse podía empeorar las cosas, y esa quietud… esa forma de quedarse… fue lo único que pude hacer.

La estabilidad de su voz contrastaba con el peso de lo que decía.

—Tenía diez años.

El número no necesitó énfasis; su sola presencia reorganizó el silencio.

—Durante mucho tiempo pensé que eso era besar, que eso era lo que pasaba cuando alguien se acercaba a otro.

No hubo comentario de parte de Guillermo, porque cualquier intervención hubiera introducido una lógica que ese recuerdo no tenía.

—Después estaban los juegos —continuó Zoé—, con mi mejor amiga.

La escena apareció más definida: una habitación cerrada, una cama, la intimidad sin lenguaje de dos cuerpos que reproducen algo que no comprenden.

—Ella decía que era un juego, que no pasaba nada… pero el cuerpo no lo vivía como un juego.

La pausa que hizo no fue para pensar sino para sostener lo que seguía.

—Sentía algo raro, una mezcla que no sabía nombrar, como si el miedo y otra cosa convivieran en el mismo lugar, y mi cuerpo reaccionaba de una forma que mi cabeza no alcanzaba a entender, como si se separaran, como si cada parte siguiera su propio ritmo.

Se abrazó con una presión leve, constante, no dramática sino necesaria.

—Después me hizo prometer que no lo iba a contar nunca.

Una sonrisa breve, sin alivio.

—Y no lo conté.

El peso de esa fidelidad al silencio quedó suspendido entre ellos.

—Creo que todo viene de ahí —dijo después—, de esa confusión que nunca se terminó de ordenar; es como si mi cuerpo no estuviera integrado, como si cada parte respondiera por su cuenta: a veces deseo, pero no puedo sostenerlo; a veces respondo, pero no entiendo qué me pasa; a veces siento, pero no logro habitar eso que siento.

La respiración se le volvió más regular a medida que avanzaba.

—Me gustaría que fuera simple, que no hubiera tanto ruido, que el cuerpo y la cabeza coincidieran, que el placer no estuviera atravesado por todo esto que vuelve sin avisar.

Abrió los ojos entonces, y en esa mirada no había dramatismo sino cansancio, una lucidez sin consuelo.

—Pero siempre hay algo que vuelve.

No lo nombró, porque no hacía falta.

Se quedó en silencio unos segundos más, como si midiera la distancia entre lo dicho y lo que aún quedaba.

—Mejor hablemos de otra cosa —dijo finalmente.

La frase sonó leve, casi cotidiana, pero ya no tenía el mismo sentido que antes, porque el secreto, al encontrar forma en la palabra, había dejado de ser completamente invisible; no se había ido, no se había resuelto, pero había cambiado de lugar, y en ese desplazamiento mínimo, casi imperceptible, comenzaba otra forma de habitarlo.

Este relato es ficticio y no está basado en personas ni hechos reales. Si necesitas ayuda habla con una persona de confianza o llama a una línea de atención local.

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    Melina Schweizer

    Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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