TikTok y la fábrica de girls girls

Entre videos virales, códigos de descuento, tutoriales de maquillaje y tribunales digitales, las redes sociales construyeron una nueva figura femenina: la girls girl. Lo que parece una celebración de la solidaridad entre mujeres esconde preguntas mucho más incómodas sobre competencia, vigilancia, crueldad y poder. Porque cuando la sororidad deja de ser un pacto político para convertirse en una identidad moral, el conflicto desaparece del debate y la vigilancia ocupa su lugar.

Las mujeres llevan siglos siendo observadas. Mucho antes de que existieran las redes sociales, ya había instituciones dedicadas a vigilar sus cuerpos, sus palabras y sus comportamientos. Las iglesias establecían modelos de virtud, las familias definían los límites de lo aceptable, las escuelas enseñaban modales diferenciados para niños y niñas, y los medios de comunicación producían incesantemente imágenes de la feminidad correcta. Existían manuales de urbanidad, revistas femeninas, consejos sentimentales y una infinidad de reglas no escritas que indicaban cómo debía vestirse una mujer respetable, cuánto podía hablar, qué emociones podía expresar públicamente y cuáles debía ocultar. La vigilancia nunca fue solamente una cuestión de prohibiciones. Fue, sobre todo, una pedagogía. Un largo proceso de aprendizaje destinado a convencer a las mujeres de que siempre había alguien observando.

Las tecnologías cambiaron, pero esa lógica no desapareció. Lo que antes circulaba a través de sermones, programas de televisión o consejos familiares hoy viaja mediante algoritmos, tendencias y plataformas digitales. Las redes sociales no inventaron la vigilancia; la hicieron interactiva. Ya no existe únicamente una autoridad central que observa. Ahora millones de personas participan simultáneamente del proceso de observar, corregir, evaluar y clasificar comportamientos. En ese contexto emerge la figura de la girls girl, presentada como el nuevo ideal femenino de la era digital: una mujer que apoya a otras mujeres, comparte información, celebra logros ajenos, evita la competencia y demuestra permanentemente su compromiso con la solidaridad femenina.

La definición parece tan noble que cuestionarla resulta casi incómodo. Después de todo, ¿quién podría oponerse al apoyo mutuo entre mujeres en sociedades atravesadas por desigualdades de género? Sin embargo, las dificultades comienzan cuando intentamos precisar qué significa exactamente encarnar ese ideal. Porque la categoría funciona menos como una definición política y más como un criterio moral extraordinariamente flexible. Basta recorrer TikTok para encontrar miles de videos donde usuarias debaten si una cantante, una influencer o una desconocida merecen o no ser consideradas una girls girl. Una mujer que no revela dónde compró una prenda es acusada de egoísta. Otra que no comparte el nombre de su cirujano plástico es señalada como enemiga de las mujeres. Una tercera expresa una crítica o establece un límite y termina convertida en ejemplo de comportamiento incorrecto.

Lo que comienza como una celebración de la solidaridad termina transformándose en algo mucho más ambiguo. La pregunta ya no es cómo construir relaciones más justas entre mujeres ni cómo enfrentar estructuras de desigualdad compartidas. La pregunta pasa a ser quién está cumpliendo adecuadamente con las expectativas del grupo. La solidaridad se convierte en evaluación. La evaluación se transforma en vigilancia. Y la vigilancia, como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, termina produciendo jerarquías entre quienes encarnan correctamente el ideal y quienes quedan fuera de él.

La paradoja es que este fenómeno suele presentarse como una superación de la competencia femenina cuando en muchos casos no hace más que reorganizarla. Las viejas rivalidades no desaparecen; cambian de escenario. Si durante décadas las mujeres fueron empujadas a competir por la atención masculina, hoy una parte de esa competencia parece desplazarse hacia la búsqueda de legitimidad moral. Ya no se trata necesariamente de ser la más linda, la más deseada o la más elegida. Se trata de ser la más consciente, la más sorora, la más correcta. El premio cambió. La lógica de la competencia permanece.

La vieja rivalidad nunca se fue

Existe una idea bastante extendida según la cual las mujeres habrían estado históricamente enfrentadas entre sí y el feminismo habría llegado para enseñarles a colaborar. La hipótesis resulta atractiva por su sencillez, pero tiene un problema: confunde el síntoma con la estructura que lo produce. Las mujeres no nacen compitiendo unas contra otras ni existe una predisposición biológica hacia la rivalidad femenina. Lo que existe son sociedades organizadas alrededor de jerarquías de género que distribuyen reconocimiento, recursos, protección y prestigio de manera desigual. En ese contexto, la competencia no aparece como una elección libre sino como una consecuencia de las reglas del juego.

La cultura popular desempeñó durante décadas un papel decisivo en la naturalización de esa lógica. Las historias destinadas a niñas y adolescentes enseñaron repetidamente que la vida femenina transcurría dentro de un universo de comparaciones permanentes. La más linda, la más popular, la más deseada, la más elegante, la más exitosa. Detrás de esos relatos existía siempre una misma enseñanza: el valor de una mujer dependía de su capacidad para destacar frente a otras mujeres. Lo que se disputaba podía cambiar —amor, popularidad, prestigio, belleza o reconocimiento—, pero la estructura permanecía sorprendentemente estable.

Por eso resulta insuficiente afirmar que la cultura girls girl viene a terminar con la competencia femenina. Lo que observamos en muchos casos no es la desaparición de la rivalidad sino su desplazamiento hacia otros territorios. Si durante buena parte del siglo XX las mujeres eran evaluadas según su capacidad para responder a determinados ideales de feminidad, hoy una parte de la cultura digital parece medirlas según su capacidad para encarnar determinadas virtudes morales. El premio ya no es necesariamente la aprobación romántica. Es la legitimidad ética. Ser considerada más consciente, más aliada, más feminista, más empática o más sorora que las demás.

La paradoja es evidente. Una narrativa que se presenta como una crítica a la competencia termina produciendo nuevas formas de competencia. Lo que cambia no es la existencia de jerarquías, sino el criterio utilizado para construirlas.

El hombre desaparece, pero sigue organizando la escena

Uno de los aspectos más interesantes de este fenómeno es que los hombres parecen haber abandonado el centro visible del relato, aunque continúan ocupando una posición decisiva dentro de su arquitectura simbólica. La conversación contemporánea sobre las girls girls suele presentarse como una discusión exclusivamente femenina, centrada en vínculos entre mujeres, formas de solidaridad y comportamientos deseables. Sin embargo, basta observar con atención para descubrir que muchas de esas discusiones continúan organizándose alrededor de una pregunta muy antigua: cómo se relaciona una mujer con la mirada masculina.

La popularización de la figura de la pick me girl resulta reveladora en ese sentido. La expresión busca señalar a mujeres que buscan reconocimiento masculino diferenciándose de otras mujeres o reproduciendo discursos sexistas. La crítica puede ser pertinente en determinados contextos. Lo problemático es que la conversación completa continúa orbitando alrededor del mismo eje: la relación entre la identidad femenina y la aprobación masculina. Incluso cuando se intenta cuestionar esa lógica, el centro de gravedad permanece intacto.

Quizás por eso tantas controversias culturales recientes terminan reproduciendo narrativas sorprendentemente familiares. El caso de Sabrina Carpenter y Olivia Rodrigo constituye un ejemplo elocuente. Durante meses, millones de personas discutieron quién tenía razón, quién había sido perjudicada y quién debía ocupar el lugar de la villana dentro de una historia atravesada por rumores, especulaciones mediáticas y relaciones sentimentales. Lo verdaderamente llamativo no fue la existencia del conflicto. Los conflictos son inevitables en cualquier relación humana. Lo llamativo fue la necesidad colectiva de traducir esa complejidad a una estructura moral simple donde una mujer debía representar la virtud y la otra la traición.

Internet parecía menos interesado en comprender el conflicto que en asignar culpas. Menos interesado en analizar relaciones de poder que en identificar quién merecía el reconocimiento como verdadera girls girl. El resultado fue una discusión organizada alrededor de categorías morales más que de preguntas políticas. Y cuando una conversación se obsesiona con la pureza, suele perder interés por la complejidad.

La sororidad no elimina el conflicto

Tal vez uno de los efectos más problemáticos de la cultura girls girl sea la idea implícita de que el conflicto entre mujeres constituye una evidencia de fracaso ético. Como si la solidaridad exigiera armonía permanente. Como si las mujeres políticamente conscientes no discutieran. Como si disentir fuera incompatible con cualquier proyecto colectivo.

La historia de los movimientos feministas demuestra exactamente lo contrario. Ninguna transformación social significativa surgió de la ausencia de conflicto. Las tensiones entre distintas corrientes feministas, los debates sobre clase, raza, sexualidad o estrategias políticas no debilitaron necesariamente esos movimientos. En muchos casos los fortalecieron porque obligaron a revisar supuestos, ampliar perspectivas y reconocer desigualdades que antes permanecían invisibles.

Por eso resulta importante recuperar el sentido político original de la sororidad. Marcela Lagarde nunca la definió como una obligación de simpatía permanente ni como una forma de amistad automática entre mujeres. La definió como un pacto político entre pares. Un acuerdo basado en la conciencia de que existen estructuras de desigualdad que afectan a las mujeres y que requieren formas de articulación colectiva para ser enfrentadas. Un pacto político no elimina las diferencias. Las reconoce. No exige unanimidad. Exige compromiso. No cancela el conflicto. Lo sitúa dentro de un horizonte común.

Reducir la sororidad a una identidad moral o a una marca de comportamiento implica vaciarla de su potencia transformadora. Porque la política comienza precisamente allí donde las personas aprenden a construir acuerdos sin dejar de ser diferentes.

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    Melina Schweizer

    Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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