El lujo de no tener hambre

Mientras millones de personas enfrentan inseguridad alimentaria, el mercado global celebra medicamentos que suprimen el apetito y convierte la comida en objeto de deseo visual. El capitalismo tardío encontró una nueva mercancía: el hambre misma.

Ozempic, perfumes de vainilla, cosméticos con aroma a postres y millones de imágenes gastronómicas invaden las pantallas. Nunca hubo tanta fascinación cultural por la comida y, al mismo tiempo, tanto prestigio asociado a la capacidad de no comer. Detrás de esa paradoja se esconde una de las transformaciones más profundas del capitalismo contemporáneo.

Una rosquilla glaseada puede aparecer en una publicidad de perfume. Un tomate puede convertirse en cartera de diseñador. Una crema corporal puede prometer oler como una torta recién salida del horno. Un café puede transformarse en experiencia de lujo y una marca de cosméticos puede construir toda una identidad visual inspirada en miel, chocolate, vainilla o pistacho. Mientras tanto, millones de personas consumen medicamentos cuyo principal atractivo consiste en reducir el apetito, controlar el deseo de comer y disminuir la sensación de hambre. Ambas escenas parecen contradictorias. En realidad, forman parte del mismo fenómeno cultural.

La comida se ha convertido en uno de los lenguajes privilegiados del capitalismo tardío. Ya no cumple únicamente una función biológica. Tampoco se limita a la tradición culinaria o al encuentro social. Se ha transformado en una superficie simbólica sobre la que se proyectan aspiraciones de clase, fantasías de bienestar, identidades de consumo y nuevas formas de disciplinamiento corporal. Lo que está cambiando no es solamente lo que comemos. Está cambiando el significado mismo del hambre.

Durante gran parte de la historia humana, la abundancia alimentaria funcionó como una demostración de poder. Los banquetes eran privilegio de las élites. Comer mucho significaba poseer recursos que la mayoría no tenía. La gordura incluso llegó a representar prosperidad en distintos momentos históricos. Hoy ocurre algo diferente. En amplios sectores de las clases medias y altas globales, el prestigio ya no reside en la capacidad de consumir sino en la capacidad de controlar el consumo. El cuerpo delgado se ha convertido nuevamente en un símbolo de distinción social. No porque sea nuevo, sino porque ha encontrado nuevas formas de legitimarse.

Pierre Bourdieu observó que el gusto jamás es una elección puramente individual. Aquello que una sociedad considera elegante, refinado o deseable suele estar atravesado por relaciones de poder. El gusto clasifica tanto como la riqueza. La nueva estética alimentaria responde a esa lógica. No todas las comidas ocupan el mismo lugar dentro del imaginario aspiracional. Los productos asociados a la sofisticación —vainilla de Madagascar, pistacho siciliano, miel artesanal, café de especialidad— adquieren una centralidad simbólica que los distancia de los alimentos vinculados históricamente a las clases populares. No es una cuestión nutricional. Es una cuestión cultural.

Pero limitar el análisis a la distinción social sería insuficiente. Lo verdaderamente novedoso es la relación entre deseo y consumo. Durante décadas el capitalismo funcionó estimulando permanentemente el apetito. Comprar más. Comer más. Acumular más. Hoy parece haber descubierto una mercancía todavía más rentable: la capacidad de administrar el deseo mismo.

Los medicamentos agonistas GLP-1, como Ozempic, Wegovy o tirzepatida, constituyen un ejemplo paradigmático. Originalmente desarrollados para la diabetes, terminaron convirtiéndose en protagonistas de una industria multimillonaria dedicada al control del peso corporal. La Organización Mundial de la Salud estima que más de mil millones de personas viven con obesidad y reconoce a estos tratamientos como una herramienta médica relevante, aunque insiste en que no reemplazan políticas alimentarias, actividad física ni intervenciones estructurales sobre los entornos de salud.

La dimensión económica del fenómeno resulta reveladora. Distintas proyecciones estiman que el mercado global de medicamentos GLP-1 para obesidad podría superar los 65.000 millones de dólares durante la próxima década, mientras otras consultoras elevan la cifra hasta 190.000 millones. No estamos frente a una moda pasajera. Estamos frente a la consolidación de un nuevo complejo económico construido alrededor de la gestión farmacológica del apetito.

Lo interesante es que este proceso no está modificando solamente la medicina. También está transformando la industria alimentaria. Estudios recientes muestran que los consumidores que utilizan estos medicamentos reducen significativamente la compra de snacks, alimentos ultraprocesados y productos de alto contenido calórico. Algunas empresas ya diseñan líneas específicas de alimentos para usuarios de GLP-1, mientras gigantes globales desarrollan estrategias destinadas a capturar este nuevo mercado.

La paradoja es fascinante. El mismo sistema económico que durante décadas promovió el consumo excesivo de alimentos hipercalóricos ahora obtiene beneficios de las tecnologías destinadas a reducir ese consumo. Primero vendió el exceso. Después vende el control del exceso. El problema y la solución terminan formando parte del mismo circuito de acumulación.

Sin embargo, la cuestión va mucho más allá de la economía. Lo que está en juego es una transformación cultural del deseo. La historia demuestra que los placeres raramente desaparecen; suelen desplazarse. Cuando determinadas prácticas se vuelven socialmente problemáticas, reaparecen bajo nuevas formas. En la cultura visual contemporánea, el deseo de comer parece haberse independizado parcialmente del acto de comer.

Las redes sociales están saturadas de imágenes gastronómicas. Videos de recetas imposibles, mesas exuberantes, postres hipercalóricos, bebidas perfectamente diseñadas para la cámara y experiencias culinarias convertidas en espectáculo. El placer ya no depende necesariamente de la ingesta. Puede experimentarse mediante la observación, la imaginación o la identificación simbólica. Consumimos imágenes de comida con una intensidad que, en muchos casos, supera al consumo material de los propios alimentos.

La industria del marketing comprendió este mecanismo con extraordinaria rapidez. El marketing sensorial ya no vende únicamente objetos. Comercializa emociones, recuerdos y asociaciones afectivas. Un perfume con notas de vainilla no vende vainilla. Vende nostalgia. Una crema con aroma a caramelo no vende caramelo. Vende consuelo emocional. Un café de marca de lujo no vende café. Vende pertenencia social. La comida funciona como un lenguaje emocional extraordinariamente eficaz porque conecta con experiencias primarias de placer, seguridad, afecto y recompensa.

Desde la sociología del consumo, este fenómeno puede interpretarse como una forma sofisticada de extracción de valor simbólico. El capitalismo ya no necesita vender necesariamente el objeto original. Puede vender su representación. Puede vender la sensación asociada al objeto. Puede vender la promesa emocional del objeto.

La cuestión adquiere una dimensión todavía más compleja cuando observamos los cuerpos. Desde una perspectiva feminista, resulta imposible ignorar que la regulación del apetito ha sido históricamente una herramienta de control sobre las mujeres. Durante generaciones, las normas de belleza asociaron feminidad con delgadez, autocontrol y restricción alimentaria. Las dietas, la vigilancia estética y la patologización de determinados cuerpos formaron parte de una pedagogía cultural profundamente arraigada.

La novedad no reside en la existencia de esos mandatos. La novedad reside en su medicalización. La disciplina corporal ya no depende exclusivamente de la voluntad individual. Puede adquirirse mediante una prescripción. Esto modifica radicalmente el escenario cultural. La delgadez deja de aparecer únicamente como resultado de esfuerzo personal y se convierte también en una posibilidad tecnológica mediada por el mercado.

Desde una mirada afrofeminista, la discusión exige incorporar además las dimensiones de raza, clase y desigualdad global. Porque el hambre nunca ha sido una experiencia distribuida de manera uniforme. Las poblaciones racializadas, los sectores empobrecidos y las comunidades históricamente marginadas han enfrentado barreras estructurales para acceder a una alimentación adecuada. El colonialismo organizó durante siglos sistemas de extracción de riqueza que incluyeron la apropiación de territorios agrícolas, el trabajo esclavizado y la producción alimentaria orientada a mercados externos antes que a las necesidades locales.

Por eso existe algo profundamente inquietante en una cultura que convierte la ausencia de hambre en un símbolo de prestigio mientras millones de personas continúan enfrentando inseguridad alimentaria. No se trata de cuestionar tratamientos médicos que pueden mejorar la calidad de vida de muchas personas. Se trata de preguntarse qué significa culturalmente celebrar la supresión del apetito en un mundo donde el acceso a la alimentación sigue siendo profundamente desigual.

La propia Organización Mundial de la Salud ha advertido que menos del diez por ciento de las personas que podrían beneficiarse de estos medicamentos tendrán acceso efectivo a ellos durante los próximos años debido a sus costos y limitaciones de disponibilidad. El control farmacológico del peso aparece así como un privilegio distribuido de manera desigual, reforzando brechas ya existentes.

Tal vez por eso la cuestión más importante no sea médica ni nutricional. Es política. ¿Qué tipo de sociedad está produciendo esta obsesión simultánea por la comida y por la ausencia de hambre? ¿Qué nos dice una cultura capaz de transformar el apetito en problema, solución, mercancía y espectáculo al mismo tiempo?.

El capitalismo contemporáneo ha demostrado una capacidad extraordinaria para apropiarse incluso de las contradicciones que él mismo produce. Comercializa la ansiedad y vende la calma. Produce agotamiento y vende bienestar. Genera hiperconsumo y vende minimalismo. Estimula el apetito y vende medicamentos para reducirlo. Convierte la comida en fantasía visual mientras transforma la delgadez en capital simbólico.

Quizás allí resida la verdadera paradoja de nuestra época. Nunca estuvimos tan rodeados de imágenes de abundancia. Nunca hablamos tanto sobre comida. Nunca fotografiamos tanto nuestros platos. Nunca consumimos tantas representaciones gastronómicas. Y, sin embargo, una parte creciente del prestigio social parece residir en demostrar que podemos resistir aquello mismo que nos enseñaron a desear.

El banquete sigue ahí. Lo que cambió es el significado de sentarse a la mesa. Y en esa transformación cultural se juega mucho más que una moda alimentaria. Se juega una nueva forma de entender el cuerpo, el deseo, la clase social y el valor mismo de la experiencia humana.

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    Melina Schweizer

    Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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