Trabajan, pero no les alcanza para comer: 7 de cada 10 se endeudan para comprar alimentos

Un relevamiento de la UBA y el Movimiento Evita sobre 231 hogares de 26 barrios populares porteños encontró que el 72,5% de quienes pidieron créditos los destinó a alimentos y el 52,8% tomó deuda para pagar deuda. El ajuste doméstico ya alcanzó al celular, servicios, obra social, expensas y alquiler. El dato que rompe el argumento de que el problema es “falta de trabajo”: ocho de cada diez encuestados trabajan, pero el 64,5% lo hace en la informalidad.

La crisis de ingresos en los barrios populares está produciendo una modificación mucho más profunda que una simple caída del consumo. Las familias ya no deciden qué comprar: empiezan a decidir qué dejar de pagar para poder comer.

La fotografía surge de un relevamiento realizado en agosto de 2026 por el Observatorio de Economía Popular, Social y Solidaria (OEPSS) de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, junto con el Movimiento Evita CABA. El estudio alcanzó a 231 hogares de 26 barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires.

El primer dato permite dimensionar el problema: el 71,8% de los hogares relevados utilizó tarjeta de crédito y/o recurrió a préstamos durante los últimos dos años. Pero lo verdaderamente significativo aparece al preguntar para qué necesitaron ese dinero.

Entre quienes solicitaron préstamos o créditos, el 72,5% los utilizó para comprar alimentos; el 53,5%, para medicamentos y otros gastos de salud; el 44,4%, para impuestos y servicios; y alrededor de una cuarta parte, para pagar el alquiler. Entre quienes utilizan tarjeta, el 72,9% financia alimentos y el 69,2% productos de higiene y limpieza.

El crédito dejó así de financiar principalmente consumo extraordinario o bienes durables.

Está financiando la reproducción básica de la vida.

La deuda ya paga la deuda

Existe un indicador todavía más preocupante: el 52,8% de quienes solicitaron préstamos utilizó el dinero para cancelar deudas anteriores. Y entre quienes acumularon saldos en tarjetas, el 71,3% tuvo que pedir dinero prestado para poder pagarlos.

La secuencia económica es sencilla y brutal.

El ingreso no alcanza para comida. Se pide un préstamo.

Al mes siguiente hay que comprar nuevamente comida, pero ahora también pagar la cuota.

El ingreso vuelve a resultar insuficiente.

Se toma otra deuda.

A partir de ese momento, el crédito ya no complementa el salario: empieza a apropiarse anticipadamente del salario siguiente.

Eso explica por qué el endeudamiento puede crecer incluso cuando las familias reducen su consumo. No necesariamente están comprando más: están financiando lo mismo que antes pagaban con ingresos corrientes.

Dos de cada tres ya tienen problemas para pagar

El mecanismo tiene un límite y los hogares relevados parecen estar chocando contra él.

Entre quienes habían solicitado préstamos o créditos, el 66,2% no estaba al día con alguno o con ninguno de sus compromisos. Dentro de ese universo, el 70,2% presentaba mora. En tarjetas, el 56,3% tampoco estaba al día con alguna o todas sus obligaciones y, dentro de ese grupo, el 62% acumulaba atrasos superiores a tres meses.

Esto permite distinguir dos etapas de la crisis.

Primero aparece el endeudamiento para sostener el nivel de vida.

Después aparece la morosidad porque ni siquiera endeudándose alcanza.

Cuando se llega a ese punto, el hogar necesita empezar a elegir qué acreedor cobra.

Y esa elección ya está ocurriendo.

Primero la tarjeta, después el celular y finalmente el alquiler

En los últimos dos años, el 44,3% de los hogares relevados dejó de pagar la tarjeta de crédito; el 41,2%, el celular; y el 39,2%, préstamos o créditos.

Pero la cadena continúa.

El 32% dejó de pagar cuotas escolares o clubes, el 30,4% impuestos o servicios públicos, el 24,2% expensas, el 21,1% la obra social y un 13,9% directamente dejó de pagar el alquiler.

La secuencia muestra algo importante: el ajuste fiscal tiene un correlato doméstico.

Cuando un hogar ya no puede incrementar sus ingresos y tampoco consigue ampliar indefinidamente su deuda, empieza a producir su propio recorte presupuestario.

Primero elimina lo postergable.

Después posterga lo necesario.

Finalmente deja de pagar lo imprescindible.

El celular puede parecer secundario hasta recordar que para millones de trabajadores constituye una herramienta laboral. La obra social puede suspenderse hasta que alguien se enferma. Las expensas pueden acumularse hasta convertirse en deuda judicial. Y el alquiler puede demorarse hasta que aparece el riesgo de desalojo.

Por eso dejar de pagar no equivale a dejar de necesitar.

La familia simplemente traslada el problema hacia adelante.

El nuevo banco está en el teléfono

Otro cambio estructural aparece al observar quién presta.

Entre quienes recurrieron a préstamos, el 65,5% utilizó Mercado Pago u otras billeteras virtuales; el 62% acudió a familiares o conocidos; el 45,8% compró fiado en comercios barriales; y el 43% recurrió a prestamistas del barrio. Apenas alrededor del 32% utilizó bancos.

Es un dato económico extraordinariamente importante.

El endeudamiento popular se está desplazando parcialmente desde la sucursal bancaria hacia un ecosistema financiero híbrido compuesto por fintech, familiares, comerciantes y prestamistas informales.

El 88,3% de los hogares relevados tiene acceso a billeteras virtuales, mientras el 78,4% posee alguna cuenta bancaria. La propia investigación vincula esa diferencia con los altos niveles de informalidad laboral.

La inclusión financiera existe.

La pregunta es para qué se está utilizando.

Si una persona accede desde el teléfono a un préstamo que termina utilizando para comprar fideos, medicamentos o pagar una factura vencida, técnicamente está bancarizada o financieramente incluida.

Socialmente, puede estar cada vez más endeudada.

Trabajar ya no garantiza llegar a fin de mes

Quizás el dato políticamente más incómodo del relevamiento sea otro.

El 80,5% de las personas encuestadas trabaja. Casi una de cada cuatro tiene dos o más empleos remunerados.

El problema no es simplemente que no trabajen.

Es cómo trabajan y cuánto produce económicamente ese trabajo.

El 64,5% de los ocupados está en la informalidad: 38,7% trabaja por cuenta propia y 25,8% mantiene una relación de dependencia sin aportes jubilatorios. Además, el 68,4% de las personas encuestadas constituye el principal sostén económico de su hogar.

Eso cambia completamente la lectura.

La vieja ecuación:

trabajo → salario → consumo

empieza a convertirse en:

trabajo → ingreso insuficiente → deuda → consumo básico → nueva deuda → mora.

No estamos solamente frente a desempleo.

Estamos frente a trabajadores pobres y endeudados.

La precariedad laboral termina convirtiéndose en precariedad financiera

El vínculo entre ambas cosas es directo.

Un trabajador formal posee un ingreso documentado, aportes, mayor previsibilidad y generalmente mejores condiciones de acceso al crédito bancario.

Un trabajador informal tiene ingresos más volátiles y encuentra mayores obstáculos para acceder al financiamiento tradicional.

La necesidad financiera no desaparece por eso.

Simplemente migra hacia mecanismos más accesibles y potencialmente más caros o riesgosos.

El relevamiento advierte precisamente sobre condiciones de financiamiento informal donde pueden aparecer requisitos discrecionales, intereses muy elevados y mecanismos de cobranza que incluso pueden desarrollarse fuera de la legalidad.

La precarización laboral produce entonces una segunda vulnerabilidad: la precarización financiera.

Quien tiene el ingreso menos seguro termina necesitando crédito con mayor frecuencia y, al mismo tiempo, puede tener acceso a las alternativas menos convenientes.

Quién gana con la economía de la deuda

El estudio no mide las ganancias de bancos, fintech o prestamistas, por lo que sería incorrecto atribuirles rentabilidades extraordinarias basándose únicamente en estos datos.

Pero sí permite observar quién ocupa el espacio que deja el salario.

Cuando el ingreso mensual deja de financiar completamente alimentos, medicamentos y servicios, alguien financia esa diferencia.

Puede ser una tarjeta.

Una billetera virtual.

Un familiar.

El almacenero.

Un prestamista.

Cada uno funciona bajo reglas diferentes, pero el fenómeno económico es el mismo: el consumo presente comienza a pagarse con ingresos futuros.

Y cuanto más se prolonga la insuficiencia de ingresos, mayor es el mercado potencial del crédito de supervivencia.

Ese es uno de los cambios más profundos de esta crisis: una familia puede reducir restaurantes, ropa, vacaciones o electrodomésticos. Pero no puede reducir indefinidamente la comida.

Cuando tampoco puede pagarla con el ingreso corriente, aparece la deuda.

Quién pierde

Pierden primero las propias familias, porque destinan una proporción creciente de ingresos futuros a cancelar consumos pasados.

Pierde también el comercio barrial cuando el fiado deja de cobrarse.

Pierden consorcios cuando se acumulan expensas.

Pierden prestadores y obras sociales cuando se interrumpen cuotas.

Pierden propietarios cuando aparecen atrasos de alquiler.

Pierden empresas de servicios cuando aumenta la mora.

Y finalmente pierde el conjunto de la economía porque el incumplimiento de una familia se transforma en el ingreso que deja de recibir otra persona o empresa.

Por eso la morosidad tiene capacidad de contagio.

El hogar ajusta, pero su ajuste se convierte en caída de ingresos de otro actor.

Una advertencia necesaria sobre los datos

El relevamiento ofrece una fotografía muy potente de los sectores populares porteños, pero no debe extrapolarse mecánicamente a toda la Ciudad ni mucho menos a toda la Argentina.

La investigación se realizó sobre 231 hogares de 26 barrios populares, mediante una muestra no probabilística y una metodología participativa. Por lo tanto, describe con enorme utilidad las condiciones encontradas en esa población relevada, pero no permite afirmar que esos mismos porcentajes correspondan a todos los hogares argentinos.

Esa precisión metodológica no debilita el diagnóstico.

Al contrario: evita convertir una investigación seria sobre población vulnerable en una estadística nacional que nunca pretendió ser.

La pobreza que no aparece completa en una línea de ingresos

El estudio deja finalmente una enseñanza sobre cómo medir la crisis social.

Una familia puede tener ingresos superiores a una determinada línea estadística y, sin embargo, llegar a fin de mes debiendo la tarjeta, financiando alimentos, atrasando servicios y pidiendo dinero para cancelar el préstamo anterior.

Por eso la pobreza monetaria cuenta solamente una parte de la historia.

También importa cuánto del ingreso ya está comprometido antes de cobrarlo.

Importa cuánto se debe.

A quién.

A qué tasa.

Y, sobre todo, qué dejó de pagar una familia para conseguir poner comida sobre la mesa.

Porque cuando el 72,5% de quienes piden préstamos los usa para alimentos, el 52,8% necesita deuda para pagar deuda y una parte de los hogares ya dejó de pagar incluso el alquiler, la discusión dejó de ser si las familias consumen demasiado.

La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse una economía doméstica en la que trabajar no alcanza, endeudarse tampoco y el último ajuste disponible consiste en decidir qué necesidad básica queda impaga este mes.

  • GONZALO SCHWEIZER

    Lic. en Economía por la Universidad UCES

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