Tony Jenzel Valverde Victoriano, alias “Pequeño J”, habló. Negó su participación en el triple crimen de Florencio Varela, admitió que conocía a dos de las víctimas, reconoció que estuvo en la casa horas antes de los asesinatos, pero dijo que esa noche se quedó en su casa jugando al “Street Fighter”. La declaración fue virtual, desde la cárcel de Marcos Paz. El juez federal Jorge Rodríguez escuchó. Los familiares de Morena Verdi, Brenda del Castillo y Lara Gutiérrez esperan respuestas. La causa, sin embargo, sigue siendo un agujero negro.
Una nena de 15 años, dos mujeres de 20, asesinadas a sangre fría en una casa de Florencio Varela. Los medios lo cubrieron durante una semana. Después, silencio. El caso pasó a las páginas interiores, después a los pies de página, después al olvido. Solo cuando detuvieron a “Pequeño J” en Perú y comenzó el trámite de extradición, el expediente volvió a los titulares. Ahora que habló, las preguntas se multiplican. Y el silencio de la Justicia argentina sigue siendo ensordecedor.
Lo que dijo “Pequeño J” (y lo que no dijo)
Pequeño J contó cómo llegó a la Argentina: lo atrajo “el locro, los asados, los ñoquis, el obelisco y la selección de fútbol”. Ingresó ilegalmente por Bolivia, cruzó a Jujuy, se tomó un micro a Buenos Aires. En la Terminal de Retiro le recomendaron el barrio Zabaleta. Empezó vendiendo ropa. A los tres meses, se reencontró con Miguel Ángel Villanueva, a quien conocía de Trujillo, Perú. Villanueva le ofreció trabajo. Aceptó.
Dijo que conoció a Morena y Lara una semana antes de los crímenes, en un boliche de Flores. Dijo que supo que iba a haber una “fiesta”. Dijo que el día anterior a los asesinatos estuvo en la casa donde después mataron a las chicas. Dijo que escuchó cómo planeaban poner los cuerpos al costado de la parrilla y que necesitaban dos parlantes para tapar los gritos con música fuerte. Dijo que preguntaron si los vecinos iban a decir algo. Dijo que Villanueva y Celeste respondieron que no.
Pero la noche del 19 de septiembre, según su versión, él estaba en su casa. Jugando al “Street Fighter”. Comiendo pollo de un restaurante peruano. Durmiendo.
A la madrugada, Nero y Matías Osorio llegaron a su casa. Osorio tenía la ropa mojada. Se bañó. Se cambió. Le entregó un arma a “Pequeño J” y le pidió que la escondiera.
El declarante dijo que no quiso hacerlo. Dijo que horas después igual fue a la casa de su novia y escondió el fierro. Dijo que se enteró del crimen mirando la televisión. Dijo que sintió “miedo y confusión”. Dijo que habló con Osorio y acordaron huir a Perú.
Se fugaron en un remis desde José C. Paz. Cruzaron a Bolivia en bote. Antes de irse, le escribió a su novia: “Escondé la pistola en el colchón y quemás la maleta de tu tío”.
Pequeño J fue detenido en Pucusana, Perú. Aceptó la extradición pasiva. Estuvo siete meses preso en el penal de Cañete. Llegó a la Argentina a comienzos de mayo. Ahora, habla.
Lo que no se investiga (o no se informa)
La declaración de “Pequeño J” es un torrente de información que la Justicia debería estar cruzando con pruebas, teléfonos, cámaras de seguridad, testimonios y pericias. Pero hasta ahora, nada de eso trascendió.
Las preguntas que nadie responde, señor juez, son estas:
- ¿Quién es Miguel Ángel Villanueva? ¿Por qué se le dice “Julio”, “Gonzalo” y “Gato”? ¿Cuántas identidades tiene? ¿Qué negocios maneja? ¿A quién protege?
- ¿Quién es “El Gordo”? ¿Por qué aparece y desaparece de la escena sin que la Justicia revele su identidad?
- ¿Quién es Celeste? ¿Por qué su nombre aparece como una empleada que se convirtió en pareja de Villanueva? ¿Qué sabía ella de los crímenes?
- ¿Quién más estaba en esa casa la noche del 19 de septiembre? ¿Cuántas personas participaron en los asesinatos? ¿Cuántas están libres?
- ¿Por qué la justicia federal de Morón no ha dado más detalles sobre las investigaciones? ¿Qué se está escondiendo?
- ¿Por qué los medios grandes dejaron de cubrir el caso? ¿El silencio es por falta de información o por falta de interés?
El silencio es cómplice
El triple crimen de Florencio Varela es uno de los más brutales de los últimos años. Tres mujeres jóvenes fueron asesinadas en una casa que, según las primeras versiones, funcionaba como un centro de explotación sexual. Las víctimas eran mujeres. Las víctimas eran pobres. Las víctimas no tenían peso mediático. Quizá por eso el caso se enfrió tan rápido.
El fiscal federal y el juez federal de Morón tienen en sus manos una causa que podría destapar una red de trata, explotación sexual y narcotráfico. Pero la información que llega a la prensa es mínima, controlada, dosificada. La declaración de “Pequeño J” es la primera filtración sustancial en meses.
La pregunta que nadie se anima a hacer en voz alta es si la Justicia está investigando en serio o si, como tantas otras veces, el poder político y económico de los involucrados pesa más que la búsqueda de la verdad. Las víctimas no vuelven. Los culpables, si no se los persigue, siguen libres.

Pequeño J dijo que no participó. Dijo que estaba jugando a la Play. Dijo que tuvo miedo. Dijo que huyó. Dijo que lo extraditaron. Dijo que es inocente. Pero también dijo que conoció a las víctimas. Dijo que estuvo en la casa. Dijo que escuchó el plan. Dijo que escondió el arma. Dijo que se fugó con uno de los asesinos confesos.
Su declaración es una madeja enredada que la Justicia debería desatar con urgencia. La pregunta no es si Pequeño J es culpable o inocente. Es por qué, después de ocho meses, el único avance concreto de la investigación es la extradición de un testigo que se declara inocente.
Mientras tanto, las familias de Morena, Brenda y Lara esperan. La Justicia investiga (¿o no?). Los medios miran para otro lado. Y los responsables, los verdaderos responsables, los que planificaron los crímenes, los que ordenaron los asesinatos, los que se benefician de la explotación sexual de mujeres jóvenes, siguen libres. Ese es el verdadero silencio cómplice. Y ese silencio, señor juez, no es inocente. Pongase a investigar seriamente.


























