Caputo empieza a intervenir el crédito: quiere reactivar sin tocar el modelo de Milei

Con el consumo estancado, la morosidad en alza y las expectativas de crecimiento recortadas, Economía empezó a ensayar medidas para bajar el costo del dinero y ampliar el financiamiento. Créditos en dólares para empresas que no generan divisas, recursos del FGS para hipotecas y nuevas líneas del Banco Nación marcan un giro pragmático. El problema es que más crédito no garantiza más consumo cuando familias y empresas dudan de poder pagarlo.

Luis Caputo empieza a moverse en una zona que hasta hace poco el discurso oficial presentaba casi como prohibida: usar herramientas del Estado para orientar el crédito, reducir tasas e intentar empujar una economía que perdió velocidad. No implica abandonar el ajuste fiscal, el dólar apreciado ni la apertura económica. Significa algo más interesante: el ministro parece haber concluido que la estabilidad nominal, por sí sola, no está consiguiendo que vuelva el consumo.

La preocupación tiene números. El último Relevamiento de Expectativas de Mercado redujo en apenas un mes la proyección de crecimiento para 2026 de 2,7% a 2,1%, mientras los analistas estimaron una contracción desestacionalizada del 0,9% durante el segundo trimestre. A eso se agregan el retroceso del consumo masivo, el deterioro de ingresos y una morosidad familiar creciente.

El dilema económico empieza entonces a cambiar. Durante buena parte del programa, la prioridad consistió en estabilizar precios, conseguir superávit y mantener contenido al dólar. Ahora aparece una segunda pregunta: qué pasa si la inflación baja, pero la economía no vuelve a caminar.

Caputo empieza a hacer lo que el dogma libertario decía que no había que hacer

Las medidas tienen un rasgo común: en todas aparece el Estado alterando las condiciones del mercado financiero.

El Gobierno flexibilizó los créditos en dólares para que una parte pueda llegar a empresas que no generan directamente divisas; analiza utilizar recursos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad para impulsar préstamos hipotecarios; amplió subsidios energéticos durante septiembre y el Banco Nación lanzó nuevas líneas para financiar automóviles usados y cero kilómetro.

Cada iniciativa puede discutirse por separado, pero juntas muestran una modificación del comportamiento oficial.

El crédito dejó de ser presentado exclusivamente como el resultado espontáneo entre bancos y privados y comenzó a ser utilizado como instrumento de política económica.

Eso no convierte a Caputo en heterodoxo ni supone una ruptura con Milei. El programa central permanece prácticamente intacto. Lo que aparece es una búsqueda de mecanismos laterales para corregir algunos de sus efectos sin modificar su arquitectura.

El ministro intenta agregar demanda sin aumentar directamente el gasto público.

En términos políticos, quiere estímulo sin llamarlo estímulo.

El mercado ya bajó su expectativa de crecimiento

La revisión del REM resulta importante porque no proviene de sectores opositores, sino de bancos, consultoras y analistas privados que participan del relevamiento del Banco Central.

Pasar de una previsión de 2,7% a 2,1% de crecimiento anual en apenas un mes significa reconocer que la recuperación imaginada meses atrás está perdiendo fuerza.

Domingo Cavallo resumió el cambio de prioridades al plantear que reducir la inflación continúa siendo importante, pero que ahora la economía necesita reactivarse. Carlos Melconian apuntó a otra contradicción: empresas que enfrentan costos elevados medidos en dólares mientras trabajadores siguen sin llegar a fin de mes en pesos.

Las dos observaciones convergen en el mismo problema.

El tipo de cambio apreciado puede ayudar a contener determinados precios y abaratar importaciones, pero también encarece costos argentinos medidos en dólares y aumenta la competencia externa. Al mismo tiempo, si los salarios permanecen contenidos para evitar presiones inflacionarias, tampoco aparece una demanda interna suficientemente fuerte para compensar esa dificultad.

La empresa queda cara para producir y el trabajador sigue corto para consumir.

Esa combinación es justamente la que Caputo intenta suavizar mediante crédito.

La apuesta es que una tasa más baja vuelva a mover consumo e inversión

La lógica económica detrás de la estrategia es sencilla: si el financiamiento resulta más barato y accesible, las familias pueden adelantar compras y las empresas pueden financiar capital de trabajo o inversiones.

Pero esa transmisión solamente funciona si existe demanda solvente.

Un banco puede ofrecer más dinero, extender plazos o reducir el costo financiero. No puede obligar a una familia endeudada a comprar un automóvil ni convencer a una empresa con ventas en caída de asumir una nueva obligación.

Ahí aparece la principal debilidad de toda la estrategia.

Caputo intenta resolver desde la oferta de crédito un problema que también está en la demanda.

Si el ingreso del hogar está deteriorado, un préstamo no necesariamente aumenta su bienestar: puede simplemente trasladar consumo presente hacia ingresos futuros.

Si una empresa vende menos, endeudarse para ampliar capacidad productiva carece de sentido.

El crédito funciona cuando financia una expectativa de ingresos futuros.

Se vuelve peligroso cuando sustituye ingresos que no existen.

Los créditos en dólares abren un riesgo diferente

La flexibilización para permitir que depósitos en moneda extranjera financien empresas que no necesariamente generan dólares generó especialmente fuertes cuestionamientos.

El economista Andrés Neumeyer calificó la iniciativa de “populismo crediticio”.

El problema central no es simplemente ideológico. Es de moneda.

Una empresa que se endeuda en dólares pero factura principalmente en pesos queda expuesta a una eventual devaluación. Si el tipo de cambio cambia significativamente, su deuda puede aumentar en pesos mucho más rápido que sus ingresos.

Ese descalce fue históricamente una fuente de problemas financieros.

Mientras el dólar permanezca estable, el préstamo puede parecer barato.

Si cambia el régimen cambiario, el costo puede transformarse rápidamente.

Por eso ampliar crédito en dólares hacia actores que no producen dólares puede mejorar el financiamiento en el corto plazo, pero también trasladar riesgo cambiario desde el sistema financiero hacia los balances empresariales.

El FGS tiene $123 billones, pero casi todo está invertido

Otra pieza de la estrategia aparece en los créditos hipotecarios.

La idea es utilizar recursos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses para proporcionar fondeo al sistema bancario y ampliar la disponibilidad de préstamos para vivienda.

El número total del FGS impresiona: alrededor de $123 billones.

Pero el dato relevante es otro. Según el economista Cristian Buteler, solamente unos $349.000 millones se encuentran disponibles inmediatamente, mientras el plan requeriría aproximadamente $2 billones.

Eso significa que para completar el monto habría que desarmar o movilizar otros activos de la cartera.

No significa que los recursos no existan. Significa que existe una diferencia fundamental entre patrimonio y liquidez.

Y esa diferencia importa porque cualquier utilización del FGS obliga a discutir qué activo se vende, qué rendimiento deja de obtenerse y hacia dónde se redirigen esos recursos.

La política hipotecaria puede impulsar vivienda y construcción, pero no aparece dinero nuevo de la nada.

Se reasigna ahorro existente.

El Banco Nación se transforma en herramienta para bajar el costo financiero

El Gobierno también comenzó a utilizar al Banco Nación para intentar modificar las condiciones del crédito automotor.

La entidad lanzó préstamos UVA para automóviles nuevos y usados, con plazos de hasta cinco años.

La tasa generó críticas incluso entre economistas cercanos al oficialismo. Fernando Marull cuestionó especialmente el esquema de UVA más 19%, al considerarlo demasiado costoso.

Pero más allá de la discusión puntual sobre la tasa, hay una cuestión económica y política más relevante.

El Banco Nación está siendo utilizado como instrumento para estimular un mercado específico.

Eso implica justamente aquello que el discurso libertario suele cuestionar: una entidad pública utilizando su balance para intentar alterar decisiones privadas de consumo.

La diferencia es que no se hace mediante un subsidio directo al precio del automóvil, sino mediante condiciones de financiamiento.

Puede llamarse crédito, fondeo o profundización financiera.

El Estado igualmente está interviniendo.

El gran obstáculo: las empresas que necesitan crédito son las que más difícilmente lo consiguen

Desde el sector industrial aparece una objeción todavía más concreta.

Las empresas con balances sólidos, ventas estables y buena calificación crediticia generalmente ya pueden acceder al financiamiento.

El problema se encuentra justamente entre las compañías más golpeadas por la caída de actividad.

Pero son esas empresas las que los bancos consideran más riesgosas.

Se produce entonces una contradicción típica del crédito en períodos recesivos: quienes menos necesitan ayuda consiguen dinero con mayor facilidad; quienes más la necesitan son quienes tienen más dificultades para atravesar los filtros bancarios.

Por eso ampliar líneas no garantiza automáticamente que lleguen a los sectores que el Gobierno pretende reactivar.

Un banco puede recibir mayor fondeo.

No por eso dejará de evaluar la posibilidad de que el cliente incumpla.

Y con morosidad creciente, esa evaluación puede volverse incluso más estricta.

Más préstamos no resuelven un salario que no alcanza

El problema se vuelve todavía más evidente entre las familias.

La economía viene mostrando una transformación delicada: una porción creciente del endeudamiento doméstico ya no financia solamente bienes durables, sino gastos corrientes.

Cuando el crédito empieza a utilizarse para alimentos, servicios o necesidades básicas, deja de ser exclusivamente un mecanismo para adelantar consumo futuro.

Empieza a reemplazar ingresos actuales.

Y allí existe un límite evidente para cualquier intento de reactivación basado en préstamos.

Una familia que tiene dificultades para pagar la tarjeta no necesariamente necesita una nueva línea de crédito. Puede necesitar mayor ingreso disponible.

El préstamo puede sostener temporalmente el nivel de consumo, pero también genera una cuota que reducirá el ingreso disponible en los meses siguientes.

Si el salario no mejora, la expansión crediticia puede simplemente postergar el ajuste.

Caputo intenta estimular la economía sin modificar las causas del estancamiento

Ahí aparece la discusión de fondo.

El programa continúa apoyándose en ajuste fiscal, salarios contenidos, apertura importadora, tipo de cambio apreciado y endeudamiento.

Caputo intenta insertar sobre esa estructura distintas medidas para conseguir que el consumo y la inversión recuperen dinamismo.

Pero existe una duda económica razonable: si el debilitamiento del mercado interno es parcialmente consecuencia de esas mismas condiciones, pequeños estímulos crediticios pueden resultar insuficientes.

Una empresa no contrata solamente porque consigue un préstamo más barato.

Contrata cuando espera vender más.

Una familia no compra un automóvil solamente porque aparece financiación.

Compra cuando tiene confianza en que conservará su empleo y podrá pagar las cuotas.

Y una pyme no toma deuda para ampliar un local cuando sus ventas todavía están cayendo.

El crédito puede acelerar una recuperación.

Es mucho más difícil que pueda crearla por sí solo.

La contradicción libertaria ya está sobre la mesa

El movimiento de Caputo revela, en definitiva, un problema político dentro del propio programa económico.

Durante dos años el oficialismo sostuvo que el Estado debía retirarse y permitir que precios, tasas, crédito e inversión encontraran su equilibrio mediante el mercado.

Ahora, cuando el mercado interno no responde, el propio Gobierno empieza a utilizar bancos públicos, fondos previsionales, regulación financiera y modificaciones crediticias para intentar modificar el resultado que produjo ese mercado.

La paradoja no significa necesariamente que esas medidas sean equivocadas.

Significa que la realidad económica está obligando al Gobierno a introducir pragmatismo allí donde antes prometía doctrina.

Caputo parece haber entendido que una inflación baja con una economía estancada puede convertirse igualmente en un problema electoral.

El desafío es que intenta reanimarla sin tocar demasiado las variables que Milei considera intocables.

Y ahí está la verdadera incógnita: si el consumo está frenado porque los ingresos no alcanzan, las ventas caen y aumenta la morosidad, ofrecer más crédito puede ayudar a quienes todavía pueden endeudarse. Pero difícilmente alcance para reactivar a quienes ya necesitan crédito precisamente porque dejaron de poder pagar.

  • GONZALO SCHWEIZER

    Lic. en Economía por la Universidad UCES

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