La inflación provincial desaceleró al 1,8% en agosto, pero el alivio no llegó a los bolsillos: las ventas minoristas se desplomaron 22% interanual y la rentabilidad comercial cayó 26%. Ya son 458.148 los cordobeses en mora y el 88,7% de los hogares tuvo que recurrir al fiado, la tarjeta o dinero prestado para comprar alimentos. La economía cordobesa muestra una contradicción cada vez más difícil de esconder: los precios suben más lentamente, pero las familias siguen perdiendo capacidad de compra.
La desaceleración de la inflación empieza a mostrar en Córdoba los límites de uno de los argumentos centrales del programa económico de Javier Milei. Que los precios aumenten más despacio no significa que los ingresos hayan recuperado lo perdido ni que el consumo vuelva automáticamente a crecer. Agosto dejó una fotografía especialmente dura: inflación del 1,8%, pero ventas minoristas 22% abajo, rentabilidad comercial desplomándose 26% y casi nueve de cada diez hogares necesitando financiar alimentos.
La contradicción es importante porque permite separar dos fenómenos que suelen presentarse como si fueran lo mismo. Una cosa es reducir la velocidad a la que aumentan los precios. Otra, muy distinta, es recuperar poder adquisitivo. Los precios que subieron durante los meses anteriores no retroceden porque la inflación disminuya: simplemente comienzan a subir más lentamente.
Eso ayuda a explicar por qué Córdoba puede tener una inflación menor y, simultáneamente, una caída brutal del consumo. Las familias llegan al supermercado con precios que ya acumularon fuertes incrementos, mientras sus ingresos deben repartirse entre alimentos, servicios, transporte, alquileres y una deuda que empieza a convertirse en parte estructural del presupuesto doméstico.
Las ventas se derrumbaron 22% y los comercios pierden rentabilidad
Los números de la actividad comercial son contundentes. Durante agosto, las ventas minoristas medidas en unidades cayeron 22% respecto del mismo mes de 2025, mientras la rentabilidad de los comercios retrocedió 26%.
Pero el deterioro no aparece solamente en la comparación interanual. Entre julio y agosto las ventas disminuyeron otro 11%, mientras la rentabilidad cayó 19% en apenas un mes.
La velocidad del deterioro resulta incluso más preocupante. En julio, las unidades vendidas habían retrocedido 14% interanual y la rentabilidad 12%. Un mes después, las caídas llegaron al 22% y 26%, respectivamente.
No es simplemente una economía que permanece estancada. Los datos muestran que el deterioro comercial se profundizó durante agosto.
El estado de ánimo empresario confirma esa lectura: apenas el 10% de los comerciantes consiguió cumplir las expectativas que había establecido para el mes.
La consecuencia es una pinza sobre el pequeño y mediano comercio. Por un lado, ingresan menos clientes o los mismos clientes compran menos productos. Por otro, los costos fijos continúan corriendo. Cuando la cantidad vendida cae con semejante intensidad, sostener alquileres, servicios, salarios, impuestos y reposición de mercadería se vuelve progresivamente más difícil.
El ticket subió a $173.200, pero no porque los cordobeses compren más
Uno de los datos que podría prestarse a una interpretación equivocada es el aumento del ticket promedio.
Pasó de $135.120 en julio a $173.200 en agosto.
Aislada, la cifra podría utilizarse para afirmar que los consumidores están gastando más. Pero al cruzarla con la caída del 22% en las unidades vendidas, el diagnóstico cambia completamente.
Un ticket nominalmente mayor no significa necesariamente mayor consumo.
Puede significar que los mismos productos cuestan más, que las compras se concentran en menos operaciones o que las familias reorganizan sus gastos. Lo determinante es que, mientras aumenta el monto de cada compra, disminuye con fuerza la cantidad de unidades que efectivamente salen de los comercios.
El consumidor desembolsa más pesos, pero se lleva menos.
Ese es uno de los síntomas más claros de pérdida de poder adquisitivo.
Una familia necesita más de $2 millones para no ser pobre
La desaceleración inflacionaria tampoco significa que el costo de vida haya dejado de crecer.
El relevamiento provincial registró para agosto una inflación del 1,8%, frente al 2,1% de julio. Durante los primeros ocho meses de 2026, sin embargo, los precios acumularon una suba del 21,4%, mientras la variación interanual alcanzó el 33,3%.
Los alimentos y bebidas no alcohólicas aumentaron otro 1,6% durante agosto.
La Canasta Básica Alimentaria acumuló una suba todavía superior: 22,6% durante los primeros ocho meses y 36,4% interanual.
Traducido al presupuesto familiar, el dato adquiere otra dimensión. Una familia tipo necesitó en agosto $2.034.194 para mantenerse por encima de la línea de pobreza y $1.108.074 solamente para cubrir la alimentación básica y no caer debajo de la línea de indigencia.
La inflación puede bajar del 2%, pero una familia sigue necesitando más de dos millones de pesos mensuales para cubrir el conjunto de consumos básicos utilizados para determinar la pobreza.
Ahí está la diferencia entre desinflación y recuperación del poder adquisitivo.
458.148 cordobeses ya están en mora
Cuando el ingreso no alcanza para cubrir el costo de vida aparecen dos posibilidades: reducir el consumo o endeudarse para mantenerlo.
En Córdoba están ocurriendo ambas cosas.
Los datos procesados de la Central de Deudores del Banco Central muestran que 458.148 cordobeses se encuentran en mora con bancos y otras entidades financieras, equivalentes aproximadamente al 16% de la población adulta provincial.
La evolución muestra además que el problema continúa creciendo.
En abril eran 435.427 personas. En mayo aumentaron a 441.145; en junio llegaron a 450.431 y en julio alcanzaron las 458.148.
En apenas cuatro meses se incorporaron más de 22.700 personas al universo de deudores morosos.
No se trata simplemente de que los hogares estén utilizando más crédito. El dato verdaderamente preocupante es que una parte creciente ya no consigue devolverlo en los plazos originalmente acordados.
La deuda promedio en mora alcanza aproximadamente $590.000 por persona, mientras el pasivo acumulado supera los $42.839 millones.
Casi 72.000 deudas ya fueron consideradas prácticamente incobrables
Dentro del universo de cordobeses con problemas financieros aparece un escalón todavía más grave.
Unas 71.871 personas tienen obligaciones que fueron derivadas al mercado secundario de deuda.
Son créditos con atrasos superiores a un año que las entidades originales dejan de intentar cobrar directamente y transfieren a estudios jurídicos, compañías especializadas en cobranzas o fideicomisos.
Ese paso marca una diferencia cualitativa.
Una cosa es atrasarse con una cuota. Otra es permanecer tanto tiempo en incumplimiento que el acreedor original termina vendiendo la deuda para recuperar aunque sea una parte.
La morosidad deja entonces de ser un problema transitorio de liquidez familiar y puede transformarse en exclusión financiera prolongada, refinanciaciones, intereses acumulados y dificultades crecientes para acceder nuevamente al crédito formal.
El 88,7% de los hogares financió alimentos
Pero el dato que mejor explica qué está sucediendo con la economía cotidiana cordobesa no aparece en los bancos ni en los balances comerciales.
Aparece en la mesa.
Durante agosto, el 88,7% de los hogares relevados necesitó alguna forma de financiamiento para comprar alimentos.
El 38,7% recurrió al fiado en comercios de cercanía. Otro 37,3% utilizó tarjeta de crédito y un 12,7% compró comida directamente con dinero prestado.
Solamente el 9,3% declaró no haber necesitado financiar su alimentación.
La magnitud del fenómeno cambia completamente el significado económico del endeudamiento.
Durante décadas, el crédito familiar estuvo asociado principalmente a adelantar consumo: comprar un electrodoméstico, un automóvil, muebles o financiar algún gasto extraordinario.
Ahora la deuda empieza a sustituir al salario para cubrir necesidades corrientes.
Cuando una familia compra alimentos con tarjeta porque cobrará dentro de quince días, está adelantando ingresos futuros para consumir hoy. Si el mes siguiente vuelve a necesitar la tarjeta para comer mientras todavía está pagando la compra anterior, el mecanismo puede convertirse rápidamente en una rueda difícil de detener.
La deuda dejó de comprar futuro: está pagando el presente
El 28% de los hogares pidió dinero prestado durante agosto para afrontar gastos básicos, y el principal destino fue la compra de alimentos.
Ese dato probablemente sea más importante para comprender la situación social que cualquier discusión abstracta sobre expansión del crédito.
Endeudarse para comprar una heladera puede aumentar el patrimonio doméstico. Endeudarse para financiar un emprendimiento puede generar ingresos futuros.
Endeudarse para comer no crea ningún activo ni genera recursos con los cuales pagar posteriormente la obligación.
El alimento desaparece en el mismo mes. La deuda permanece.
Por eso financiar consumo básico puede convertirse en una trampa cuando el ingreso real no mejora: cada salario futuro llega parcialmente comprometido por gastos realizados en meses anteriores.
La deuda deja de complementar el ingreso.
Empieza a reemplazar el ingreso que falta.
La mitad de las familias no puede enfrentar un imprevisto de $150.000
La fragilidad queda todavía más expuesta cuando se pregunta a los hogares qué ocurriría ante una emergencia.
El 51% respondió que no podría afrontar un gasto extraordinario de $150.000. Otro 40% tendría que pedir dinero prestado para resolverlo.
Eso significa que nueve de cada diez hogares relevados carecen de margen suficiente para absorber con comodidad una erogación inesperada de ese monto.
Una reparación, un medicamento, un problema doméstico o cualquier gasto no previsto puede convertirse inmediatamente en nueva deuda.
Más inquietante todavía: el 61% asegura que, si perdiera repentinamente sus ingresos, podría sostener sus gastos durante menos de una semana.
La cifra revela hasta qué punto desapareció el colchón financiero familiar.
No solamente cuesta llegar a fin de mes. Para una mayoría, perder el ingreso significa entrar en problemas en cuestión de días.
Córdoba muestra por qué bajar la inflación no alcanza
El caso cordobés permite observar con claridad una contradicción central de la economía actual.
La inflación mensual bajó al 1,8%.
Pero las ventas cayeron 22%.
La rentabilidad comercial se desplomó 26%.
Hay 458.148 personas en mora.
Casi nueve de cada diez hogares necesitaron financiar alimentos.
Y seis de cada diez familias no podrían sostener sus gastos ni siquiera una semana si perdieran repentinamente sus ingresos.
No son indicadores contradictorios. Son partes de un mismo fenómeno.
La inflación puede desacelerarse precisamente mientras el consumo permanece deprimido. Una demanda debilitada reduce la capacidad de las empresas para trasladar aumentos a precios, pero eso no significa que las familias hayan recuperado bienestar.
Por eso medir el éxito económico exclusivamente mediante el índice de inflación ofrece una fotografía incompleta.
El bastión libertario también empieza a sentir el bolsillo
Córdoba tiene además un significado político particular para Milei. La provincia fue uno de los territorios electorales más importantes para el crecimiento de La Libertad Avanza y uno de los lugares donde el discurso económico libertario consiguió mayor adhesión.
Precisamente por eso los números de la economía doméstica cordobesa tienen una lectura que excede a la provincia.
La estabilización comienza a ser juzgada no solamente por cuánto aumenta el IPC, sino por cuánto queda en el bolsillo después de pagar comida, servicios, transporte y deudas.
Y allí aparece el problema político.
Una familia no experimenta la economía mediante una planilla de inflación mensual. La experimenta cuando llena el carrito, paga la tarjeta, pide fiado, recibe el resumen bancario o descubre que ante una emergencia de $150.000 necesita volver a endeudarse.
Los comercios tampoco viven de la inflación. Viven de vender.
Y en agosto vendieron 22% menos unidades que un año atrás.
Córdoba ofrece así una radiografía especialmente incómoda para el Gobierno: los precios desaceleran, pero la economía familiar continúa deteriorándose. El consumidor compra menos, el comerciante gana menos y ambos se endeudan más.
La desinflación consiguió frenar la velocidad del problema, pero todavía no revirtió sus consecuencias. Y cuando el 88,7% de los hogares necesita financiar la comida, la discusión económica deja de ser cuánto bajó la inflación: pasa a ser por qué, aun bajando, el salario sigue sin alcanzar para llegar a la mesa.


























