Por segundo año consecutivo, las autoridades cubanas suspendieron el histórico recorrido de las congas santiagueras durante las fiestas de San Juan. La decisión fue atribuida oficialmente a la «situación político ideológica» de la provincia, una formulación inédita para justificar la cancelación de una de las expresiones culturales más importantes del país, en medio de protestas sociales, apagones y una profunda crisis económica.
En Santiago de Cuba el silencio también puede convertirse en una noticia. Y, a veces, resulta mucho más elocuente que el estruendo de cientos de tambores resonando al mismo tiempo. Este 24 de junio, por segundo año consecutivo, la ciudad volvió a vivir el Día de San Juan sin el tradicional recorrido de las congas por sus calles, una ausencia que dejó de ser una excepción para transformarse en uno de los símbolos más visibles de la crisis política y social que atraviesa la isla.
La suspensión no respondió a fenómenos climáticos ni a razones sanitarias. Según un mensaje interno distribuido entre los responsables de las agrupaciones musicales, la Dirección Provincial de Cultura decidió no autorizar el recorrido debido a la actual «situación político ideológica» que atraviesa Santiago de Cuba. El documento dispuso que las agrupaciones únicamente realizaran toques dentro de sus sedes, prohibiendo expresamente cualquier salida hacia la vía pública. La existencia y autenticidad de esa comunicación fue confirmada por distintos medios independientes y fuentes vinculadas al movimiento conguero santiaguero.
La expresión utilizada por las autoridades resulta tan inusual como significativa. En el lenguaje administrativo cubano, la referencia a la «situación político ideológica» suele reservarse para escenarios considerados especialmente sensibles desde el punto de vista de la estabilidad política. Que esa formulación aparezca como argumento para cancelar una celebración cultural revela hasta qué punto el actual clima de tensión atraviesa la vida cotidiana de la provincia oriental. La medida se produjo apenas semanas después de nuevas protestas ciudadanas motivadas por los prolongados apagones, la escasez de alimentos, la falta de agua potable y el deterioro de las condiciones de vida, manifestaciones que derivaron en denuncias de detenciones y operativos de seguridad.
Sin embargo, reducir las congas santiagueras a un desfile callejero sería desconocer su verdadero significado. Las Fiestas de San Juan forman parte del patrimonio histórico de Santiago de Cuba desde el período colonial y constituyen una de las expresiones más acabadas del encuentro entre las tradiciones africanas, españolas y caribeñas que dieron origen a la identidad cultural cubana. Cada comparsa, cada tambor y cada paso de baile son el resultado de siglos de resistencia cultural protagonizada por comunidades afrodescendientes que lograron preservar sus formas de entender el mundo incluso bajo la esclavitud y la colonización.
En la cosmovisión africana, el tambor jamás fue un simple instrumento musical. Es una voz. Convoca a la comunidad, comunica con los ancestros, acompaña los nacimientos, las despedidas y las ceremonias religiosas. Su sonido no cumple únicamente una función artística: transmite memoria, identidad y espiritualidad. Del mismo modo, el cuerpo tampoco ocupa un lugar secundario. El cuerpo canta, baila, celebra y también ora. El cuerpo reza. Cada movimiento de la conga constituye una forma de alabanza, una manera de honrar a quienes vinieron antes y de afirmar la continuidad de una comunidad que convirtió el ritmo en una herramienta de supervivencia cultural.

Por eso las congas de Santiago nunca fueron únicamente una fiesta popular. Son una ceremonia colectiva donde la ciudad se reconoce a sí misma. Durante generaciones, miles de personas recorrieron espontáneamente las calles siguiendo el sonido de los tambores, las cornetas chinas y los cantos populares. No importaba el origen social, la edad o la pertenencia política. Durante unas horas, Santiago hablaba el mismo lenguaje: el del ritmo heredado de África y resignificado en el Caribe.
Precisamente esa extraordinaria capacidad de convocatoria explica la sensibilidad que rodea la decisión oficial. Ninguna autoridad ha reconocido públicamente que la suspensión busque impedir posibles manifestaciones ciudadanas, y no existen pruebas que permitan afirmarlo como un hecho. Lo verificable es que la prohibición fue justificada por la propia administración provincial mediante la referencia a la «situación político ideológica» y que coincide con un escenario de creciente conflictividad social en Santiago de Cuba.
La paradoja resulta inevitable. Santiago de Cuba, reconocida por la UNESCO como Ciudad Creativa de la Música, pasó nuevamente una de sus fechas culturales más importantes sin el acontecimiento que durante generaciones marcó el inicio de sus celebraciones populares. En una ciudad donde la música forma parte de la identidad cotidiana, la ausencia de las congas trasciende ampliamente el calendario festivo.

Las crisis suelen medirse en inflación, apagones, escasez de alimentos o migraciones. Pero existe otra forma, mucho más silenciosa, de medir el deterioro de una sociedad: cuando comienza a perder sus rituales colectivos. En Santiago de Cuba no solo dejaron de desfilar las congas. Se interrumpió, aunque fuera por un día, un acto de memoria construido durante siglos por generaciones de afrodescendientes que transformaron el dolor de la esclavitud en música, el desarraigo en comunidad y el tambor en una forma de resistencia.
Porque en la tradición africana los tambores no entretienen: conversan. Conversan con la memoria, con los ancestros, con el barrio y con la historia. Cada golpe sobre el cuero es una afirmación de existencia. Cada cuerpo que baila participa de una liturgia donde la espiritualidad se expresa con los pies, con las manos y con el corazón. El cuerpo también reza.
Los gobiernos pueden controlar las plazas, restringir los recorridos o impedir que una comparsa salga a la calle. Lo que nunca han conseguido es gobernar la memoria de los pueblos. Los tambores africanos sobrevivieron a los barcos negreros, a la esclavitud, a las prohibiciones coloniales y a siglos de persecución cultural. Han aprendido a callar cuando las circunstancias lo imponen, pero también a esperar.
Y la historia demuestra que cuando un pueblo se ve obligado a guardar sus tambores, el silencio nunca significa olvido. Significa que la memoria está respirando, esperando el momento en que pueda volver a convertirse en ritmo.



























