A casi 50 años del golpe, la memoria sigue incompleta: 140 nietos restituidos y más de 300 aún buscados. Más de 800 cuerpos continúan sin identificar y cientos de historias siguen fragmentadas. La pregunta ya no es solo qué pasó, sino qué falta para que lo humano vuelva a tener derechos.
La memoria como territorio en disputa
Cada 24 de marzo en Argentina no se agota en la evocación de una fecha histórica ni en la repetición de consignas que, por su potencia simbólica, parecieran ya asentadas en el sentido común colectivo, sino que se configura como un espacio profundamente político donde el pasado se disputa en el presente, donde la memoria no es un archivo estático sino un campo de tensión en el que se enfrentan narrativas, silencios, resistencias y también nuevas formas de negacionismo que intentan vaciar de contenido aquello que costó décadas construir. La institucionalización del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia no solo fija una conmemoración, sino que establece una responsabilidad social y estatal que trasciende lo ritual, obligando a revisar constantemente las condiciones que hicieron posible el terrorismo de Estado y las formas en que esas condiciones pueden persistir bajo otras lógicas menos visibles pero igualmente peligrosas.
Esa memoria, sin embargo, nunca es neutral, porque está atravesada por disputas sobre el sentido, sobre los números, sobre las interpretaciones y, sobre todo, sobre las ausencias, que no son solo del pasado sino del presente, porque lo que no se ha encontrado, lo que no se ha identificado, lo que no ha sido restituido, sigue operando como una deuda activa que interpela a toda la sociedad.

Cuerpos, identidades y cifras: lo que aún falta
Si algo revela el estado actual de la memoria en Argentina no es únicamente lo que se ha logrado, sino la dimensión persistente de aquello que todavía no ha podido resolverse, porque a casi cinco décadas del golpe de Estado, la búsqueda no ha concluido y los datos más recientes provenientes de organismos de derechos humanos y equipos forenses así lo evidencian con una contundencia que no admite simplificaciones: las Abuelas de Plaza de Mayo han logrado restituir la identidad de 140 nietos y nietas, un número que condensa décadas de lucha, de investigación, de ciencia aplicada a la justicia, pero que al mismo tiempo convive con la estimación de que aún quedan alrededor de 300 personas que desconocen su verdadera identidad.
En paralelo, el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, una de las instituciones más reconocidas a nivel internacional en la búsqueda e identificación de víctimas de desaparición forzada, revela otra dimensión de la ausencia: la de los cuerpos que existen pero aún no pueden ser nombrados, ya que en la actualidad permanecen más de 800 restos sin identificar, debido principalmente a la falta de muestras genéticas que permitan establecer vínculos familiares, lo que evidencia que incluso cuando la materialidad del cuerpo es recuperada, la identidad puede seguir suspendida en una zona de incertidumbre que prolonga el duelo y la espera.
A esto se suman avances recientes en identificaciones, como las realizadas en centros clandestinos de detención, donde décadas después continúan apareciendo restos que permiten reconstruir fragmentos de historias que el aparato represivo intentó borrar, demostrando que la memoria no es un proceso cerrado sino una búsqueda en curso, donde cada hallazgo reabre preguntas y cada identificación es, al mismo tiempo, una reparación parcial y una confirmación de la magnitud del horror.

El golpe y la maquinaria de la deshumanización
El 24 de marzo de 1976 no inauguró solamente una dictadura, sino un sistema de violencia estatal que operó sobre la base de la deshumanización, donde el objetivo no era únicamente eliminar opositores políticos, sino destruir la condición misma de sujeto, fragmentando la identidad, separando el cuerpo del nombre, borrando los registros, impidiendo cualquier forma de inscripción que permitiera reconocer a esas personas como portadoras de derechos.
La desaparición forzada, en este sentido, no puede ser comprendida como un método represivo más, sino como una estrategia que produce una ruptura radical en el orden simbólico, porque al no haber cuerpo, no hay duelo; al no haber registro, no hay prueba; al no haber nombre, no hay historia que pueda ser narrada, y esa ausencia deliberada se convierte en una forma de poder que se extiende en el tiempo, que no se agota en el acto inicial de violencia, sino que se prolonga mientras la verdad no es restituida.

Humanos derechos: el lenguaje como forma de resistencia
El lema “Derechos Humanos o Humanos Derechos” adquiere, en este contexto, una densidad que excede lo retórico y se instala como una pregunta filosófica y política sobre la relación entre la existencia y el reconocimiento, porque al invertir el orden de las palabras se pone en evidencia que los derechos no son una condición garantizada por el simple hecho de existir, sino una construcción histórica que puede ser suspendida, negada o destruida cuando el Estado —o las estructuras de poder— deciden que ciertos cuerpos no merecen ser protegidos.
Decir “los derechos humanos, no” implica reconocer que hubo un momento en el que esos derechos fueron anulados de manera sistemática, mientras que “humanos, derechos humanos” restituye la centralidad del sujeto, recordando que no hay derecho sin cuerpo, sin historia, sin identidad, y que la tarea de la memoria es precisamente volver a unir aquello que fue fragmentado, reconstruir los vínculos entre nombre, cuerpo y biografía que el terrorismo de Estado intentó destruir.

Memoria activa y responsabilidad del presente
Pensar los derechos humanos en la actualidad implica asumir que la memoria no es un ejercicio retrospectivo sino una práctica activa que interpela el presente, que obliga a revisar no solo lo ocurrido, sino las condiciones actuales que pueden reproducir lógicas de exclusión, de negación o de deshumanización, aunque adopten formas diferentes, menos explícitas pero igualmente eficaces.
Porque si algo enseñan los datos, las cifras, los cuerpos que aún esperan ser identificados y las identidades que todavía no han sido restituidas, es que la memoria no puede darse por concluida, que la justicia no es un proceso cerrado y que los derechos humanos no son una conquista definitiva, sino una construcción que requiere ser sostenida, defendida y ampliada constantemente.

Lo que faltan también son memoria
Tal vez el desafío más profundo no sea recordar lo que ya sabemos, sino sostener la incomodidad de lo que aún falta, aceptar que la memoria está hecha también de vacíos, de ausencias, de preguntas sin respuesta que siguen exigiendo una búsqueda que no puede interrumpirse sin consecuencias.
Porque mientras haya más de 800 cuerpos sin nombre, mientras haya cientos de identidades por restituir, mientras haya historias que no han podido ser reconstruidas, la memoria no puede ser un acto cerrado ni una fecha conmemorativa aislada, sino una práctica permanente que insiste, que incomoda, que exige.
Y en ese punto, la pregunta deja de ser retórica para volverse urgente:
si los humanos todavía están siendo buscados,
¿cuándo, realmente, podremos decir que tienen derechos?



























