El cansancio

Antes de pedir ayuda, aprendí a sobrevivir cargando sola con el dolor, la culpa y el agotamiento. Esta es la historia de cómo una mujer puede seguir de pie incluso cuando por dentro ya se está derrumbando.

Durante mucho tiempo confundí la resistencia con la vida, quizás porque nadie me había enseñado otra manera de existir que no fuera aguantar, resolver, callar y seguir, como si ser fuerte consistiera en apretar los dientes mientras todo se desarma por dentro, como si una mujer pudiera medir su valor por la cantidad de dolor que es capaz de soportar sin molestar a nadie. Yo no sabía entonces que la fortaleza también puede enfermar cuando se convierte en obligación, que sostenerlo todo no siempre significa poder, que a veces significa simplemente no haber tenido a quién entregarle una parte del peso.

La separación con mi esposo no fue el comienzo del derrumbe, aunque durante un tiempo creí que sí, porque cuando una relación termina después de meses de abuso, maltrato y daño psicológico, el cuerpo tiende a ubicar ahí el punto exacto de la caída, como si todo lo anterior hubiera sido soportable hasta ese momento. Pero la verdad era más compleja y más antigua. Yo venía cargando demasiadas cosas antes de que él se fuera, venía arrastrando heridas que no habían cicatrizado, vínculos que seguían lastimando, humillaciones pequeñas y grandes, silencios acumulados, cansancios que no se resolvían durmiendo, y cuando él se fue, cuando la idea de familia que yo había imaginado terminó de romperse, no se quebró solamente mi matrimonio, se quebró también esa fantasía de que por fin había llegado a un lugar seguro.

El dolor psicológico tiene una forma cruel de instalarse. No siempre entra gritando. A veces se sienta al lado de una en la mesa, se mete en la cama, camina detrás cuando una va al trabajo, se sube al colectivo, espera en la puerta de la casa y aprende a hablar con la voz de los otros. Durante esos meses yo escuché tantas veces que no era suficiente, que algo en mí empezó a creerlo. No hacía falta que él estuviera delante para que su violencia siguiera funcionando. La llevaba adentro, como una repetición, como una orden, como una duda permanente sobre mí misma. Una termina pidiendo perdón por respirar, midiendo cada gesto, revisando cada palabra antes de decirla, preguntándose si el problema será una, si quizás exagera, si tal vez merece lo que está viviendo. Esa es una de las formas más profundas del daño: lograr que la víctima dude de su propio dolor.

Pero la casa tampoco era descanso. Volvía de trabajar con el cuerpo vencido, con los pies pesados y la cabeza llena de cuentas, horarios, comidas, obligaciones, y al cruzar la puerta me encontraba con otra violencia más antigua, una que no venía de un hombre sino de mi propia madre, de esa mujer que debía haber sido refugio y tantas veces fue intemperie. Mis hijos me contaban lo que ella decía cuando yo no estaba, y lo repetían con esa inocencia terrible de los chicos, sin saber que estaban trayendo en la boca palabras capaces de romperme. Decía que los abandonaba, que me iba de puta, que no me importaban, que los dejaba porque prefería estar lejos de ellos, y yo, que venía de trabajar precisamente para sostenerlos, para pagar lo que había que pagar, para asegurar un plato de comida, un techo, una ropa limpia, un cuaderno, una mínima estabilidad, sentía que esas frases no solo me acusaban, sino que intentaban destruir la imagen que mis propios hijos podían tener de mí.

Había una crueldad particular en esa escena, porque no se trataba solamente de soportar la humillación de una madre que me sacaba en cara el plato de comida y el techo, incluso cuando yo también ponía dinero, incluso cuando pagaba para que cuidara a sus nietos; se trataba de verla usar a mis hijos como lugar de descarga, de sentir que el daño no terminaba en mí, que podía pasar por ellos, contaminarles la mirada, hacerles creer que mi ausencia laboral era abandono, que mi cansancio era desamor, que mi lucha diaria era egoísmo. Esa confusión me partía de una forma que no sabía explicar, porque si algo yo intentaba con desesperación era que ellos no heredaran mis heridas, que no crecieran dudando del amor de su madre, que no sintieran en el cuerpo esa inseguridad que a mí me había acompañado desde chica.

En el trabajo, mientras tanto, seguía funcionando como si nada. Esa es otra cosa que casi nadie entiende de la depresión cuando una es madre y pobre: no siempre hay margen para detenerse, no siempre hay licencia emocional, no siempre existe una cama donde caer sin consecuencias. Yo podía estar rota y aun así tenía que presentarme, cumplir, aceptar guardias que no me correspondían, cubrir lo que otros dejaban, comerme responsabilidades ajenas porque decir que no parecía una posibilidad reservada para quienes tienen una red, un respaldo, una casa que no se derrumba si falta un día de sueldo. Entonces una aprende a estirar el cuerpo más allá de sus límites, a sonreír cuando está por llorar, a decir “no pasa nada” cuando pasa todo, a cargar bolsas, niños, culpas, horarios y tristezas con una eficacia que los demás confunden con carácter.

No recuerdo el momento exacto en que dejé de dormir bien, ni el día en que el hambre empezó a retirarse de mí como si también ella se cansara de insistir. Recuerdo, sí, la sensación de levantarme ya agotada, de abrir los ojos y sentir que el día era una montaña antes incluso de poner los pies en el piso. Recuerdo mirarme al espejo y reconocer menos mi cara, ver la ropa más suelta, notar que estaba bajando de peso sin proponérmelo, sentir un vacío raro en el estómago que no era hambre sino angustia. La depresión no se presentó con nombre propio. Se disfrazó de cansancio, de estrés, de mala racha, de problemas acumulados, de vida difícil. Yo le creí durante mucho tiempo, porque nombrarla hubiera significado aceptar que algo se me estaba yendo de las manos.

Lo más peligroso fue que la tristeza empezó a parecerme normal. No una tristeza de llanto constante, sino una especie de niebla donde todo se volvía más lento, más distante, más difícil. Podía estar sentada con mis hijos y sentirme lejos, no porque no los amara, sino porque una parte de mí parecía mirar la escena desde afuera, como si la vida estuviera ocurriendo detrás de un vidrio. Esa distancia me llenaba de culpa. Me repetía que tenía que estar mejor por ellos, que no podía permitirme caer, que una madre no tenía derecho a quebrarse, y esa exigencia, en lugar de salvarme, me hundía más, porque convertía mi dolor en una falla moral, en una deuda nueva, en otra razón para castigarme.

La culpa materna es una cárcel silenciosa. Nadie la ve, pero ordena todos los movimientos. Una puede estar siendo destruida por la violencia de una pareja, por la crueldad de una madre, por el agotamiento del trabajo y por la pobreza, pero aun así lo que más le duele es pensar que no está siendo la madre que sus hijos merecen. Yo me miraba a mí misma con una dureza despiadada. Si lloraba, me culpaba. Si me cansaba, me culpaba. Si necesitaba ayuda, me culpaba. Si deseaba desaparecer un minuto del mundo para no sentir más, también me culpaba, porque ellos no habían pedido nacer, porque ellos dependían de mí, porque yo sabía demasiado bien lo que podía hacerle a un niño una ausencia.

Y, sin embargo, esa misma culpa fue a veces el último hilo. La muerte no llegó a mis pensamientos como una decisión dramática, sino como una promesa de descanso. Primero apareció de lejos, casi sin forma, como una idea que me asustaba y me aliviaba al mismo tiempo. Después empezó a acercarse. Se volvió posibilidad. Se volvió imagen. Se volvió pregunta. Hubo tres intentos, tres momentos en los que sentí que no podía más, y todavía hoy escribirlo me deja un sabor extraño, no de vergüenza solamente, sino de compasión por esa mujer que era yo, por esa mujer que no quería morir exactamente, sino dejar de doler, apagar por un rato la cabeza, descansar de una vida que le pedía demasiado sin devolverle casi nada.

No los concreté por cobardía, pensé entonces, porque en aquel momento incluso mi instinto de supervivencia me parecía una falta. Hoy sé que no fue cobardía. Fue amor, aunque no tuviera todavía la forma luminosa con que a veces se habla del amor. Fue un amor desesperado, lleno de miedo, aferrado a las caras de mis hijos, a sus voces, a la idea insoportable de lo que podrían hacerles sufrir si yo no estaba. Pensaba en ellos quedando a merced de otros, escuchando mentiras, creciendo con una herida que yo conocía demasiado bien, preguntándose por qué su madre los había dejado. Y entonces retrocedía. No porque la vida me pareciera hermosa, no porque hubiera encontrado esperanza, sino porque ellos seguían ahí, pequeños, concretos, necesitándome, y esa necesidad era más fuerte que mi deseo de desaparecer.

Así fueron pasando los días, con esa mezcla de funcionamiento y derrumbe que solo entiende quien alguna vez siguió haciendo la cena mientras pensaba en morirse. Yo no era una mujer quieta en una cama, no era la imagen que muchos tienen de alguien deprimido. Era una mujer que trabajaba, que cuidaba, que pagaba, que se bañaba aunque no tuviera ganas, que respondía mensajes, que escuchaba reclamos, que se tragaba lágrimas para no preocupar a sus hijos, que volvía a levantarse cada mañana con una voluntad que ya no parecía voluntad sino costumbre. Por dentro, sin embargo, estaba cada vez más lejos de mí, como si me hubiera ido retirando de mi propio cuerpo para dejar en funcionamiento apenas lo necesario.

Lo que más me asustaba era la sensación de estar perdiendo el control de mí misma. No de hacer una escena, no de gritar, no de romper algo, sino de cometer una locura en silencio, de cruzar un límite sin avisarle a nadie, de no alcanzar a pedir ayuda a tiempo. Esa frase empezó a crecer en mí antes de que pudiera decirla: tengo miedo. Miedo de mí, miedo de mi cabeza, miedo de la oscuridad que aparecía incluso a plena luz del día. Pero también tenía miedo de hablar, porque hablar significaba exponer una parte que yo había protegido durante años, aceptar que no podía sola, admitir que la fuerza que todos me atribuían ya no alcanzaba.

Había, en medio de todo, una vida que seguía reclamando su lugar. Mis hijos pedían comida, atención, respuestas, abrazos. El trabajo pedía horario. Las cuentas pedían plata. La casa pedía orden. El mundo no se detenía porque yo estuviera rota, y esa indiferencia de lo cotidiano fue quizás una de las cosas más crueles de aquel tiempo. Una puede estar hundiéndose y aun así el agua hierve, la ropa se ensucia, el colectivo pasa, el jefe llama, los chicos tienen hambre. La vida continúa con una brutalidad doméstica que no deja espacio para el derrumbe completo.

Por eso, cuando pienso en esa etapa, no la recuerdo como una sucesión de episodios sino como una habitación sin ventanas. Todo estaba ahí adentro: mi esposo, mi madre, el trabajo, la culpa, mis hijos, el cansancio, la vergüenza, el miedo, la idea de la muerte rondando como una sombra cada vez menos ajena. Yo caminaba dentro de esa habitación buscando una salida que no sabía nombrar. Tal vez la puerta existía desde antes, pero una no siempre puede verla cuando está demasiado ocupada sobreviviendo.

Lo cierto es que llegué al borde sin estruendo. Llegué con la ropa limpia, con obligaciones cumplidas, con hijos cuidados, con cuentas hechas en papeles sueltos, con el cuerpo más flaco y la mirada más cansada. Llegué después de haber callado demasiado, después de haber confundido silencio con dignidad, aguante con amor, resistencia con destino. Y cuando ya no pude seguir sosteniendo la mentira de que estaba bien, cuando incluso mi cuerpo empezó a denunciar lo que mi boca todavía escondía, apareció una posibilidad mínima, casi accidental, en un lugar donde yo no había ido a salvarme sino apenas a pasar unas horas lejos de mi propia cabeza.

Ese lugar fue un taller de huerta, pero esa ya es otra parte de la historia, porque antes de poder hablar tuve que llegar hasta ahí, hasta ese cansancio absoluto en el que una comprende que no está viviendo, sino haciendo todo lo posible para no caer delante de nadie.

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