Las ventas minoristas pyme cayeron 1,2% interanual en mayo y acumulan una retracción de 3,1% en los primeros cinco meses de 2026. Casi el 60% de los comerciantes considera que no es momento para invertir y el 45,1% asegura que su situación es peor que hace un año.
La desaceleración de la inflación no logra traducirse en una recuperación sostenida del mercado interno. El último relevamiento de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) muestra que las ventas minoristas pyme volvieron a caer en mayo y consolidan un escenario que ya se transformó en una de las principales preocupaciones para el sector comercial. Detrás de los números aparece una economía donde los hogares priorizan gastos básicos, postergan consumos no esenciales y obligan a miles de pequeños comercios a sobrevivir con márgenes cada vez más reducidos.
Según el informe, las ventas minoristas registraron una caída interanual de 1,2% a precios constantes durante mayo. Aunque la medición mensual mostró una leve mejora de 1,2% respecto de abril, el acumulado anual continúa en terreno negativo con una contracción de 3,1% en los primeros cinco meses del año. El índice general se ubicó en 89,2 puntos, reflejando una actividad comercial todavía lejos de recuperar los niveles previos al ajuste económico.
Lo más relevante del informe es que permite observar cómo cambió el comportamiento de consumo de millones de argentinos. Las familias no dejaron de gastar, pero sí modificaron profundamente sus prioridades. La pérdida de poder adquisitivo, el aumento de tarifas, alquileres, transporte y servicios básicos empujó a una reasignación del ingreso hacia consumos indispensables.
Los propios datos sectoriales reflejan ese fenómeno. Los únicos rubros que lograron sostener o mejorar su actividad fueron aquellos vinculados a necesidades básicas. Farmacia creció 8,2%, impulsada por el aumento de enfermedades estacionales y campañas de vacunación. Alimentos y bebidas avanzó apenas 0,2%, mostrando una estabilidad muy frágil. Perfumería registró una mejora de 2,3%, aunque apoyada principalmente en promociones y ventas digitales.
En contraste, los sectores vinculados al consumo de la clase media fueron los más castigados. Bazar, decoración, textiles para el hogar y muebles sufrió una caída de 8,9%, mientras que textil e indumentaria retrocedió 5,2%. Calzado y marroquinería cayó 0,2%, y ferretería y materiales para la construcción permaneció estancada sin crecimiento alguno.
La explicación es simple: cuando el dinero no alcanza, las familias eliminan primero las compras que pueden postergar. Nadie puede dejar de comprar medicamentos o alimentos, pero sí puede retrasar la compra de una mesa, una heladera, una campera o una renovación del hogar. Por eso los bienes no esenciales absorbieron el mayor impacto recesivo.
El informe identifica además una transformación estructural en los hábitos de consumo. Los comerciantes reportan una creciente migración hacia segundas marcas, una reducción en la cantidad de productos adquiridos por ticket y una búsqueda permanente de promociones. En muchos casos, el nivel de actividad se sostiene exclusivamente gracias a descuentos por pago en efectivo, financiación en cuotas o eventos masivos de comercio electrónico.
Sin embargo, vender más barato no significa ganar más dinero. Y ahí aparece uno de los problemas centrales que enfrentan las pymes argentinas.
Desde la perspectiva de la oferta, CAME advierte que el volumen de ventas depende cada vez más de herramientas financieras, promociones agresivas, liquidaciones de stock y campañas especiales como el Hot Sale. Esa estrategia permite sostener cierta circulación comercial, pero genera una fuerte presión sobre la rentabilidad.
Al mismo tiempo, los comercios enfrentan aumentos permanentes en alquileres, energía eléctrica, gas, logística, servicios financieros y otros costos operativos. La combinación de menores márgenes y mayores gastos está produciendo una compresión de rentabilidad que preocupa crecientemente al sector.
En términos económicos, esto significa que muchas empresas venden pero ganan menos. Algunas incluso mantienen niveles de facturación relativamente estables mientras su resultado operativo se deteriora mes a mes. El problema ya no pasa solamente por cuánto venden, sino por cuánto les queda después de afrontar todos los costos.
La situación comienza a impactar directamente sobre las decisiones de inversión. El dato más preocupante del relevamiento es que el 59,4% de los empresarios considera que el contexto actual es desfavorable para invertir. Apenas el 12,5% cree que existen condiciones adecuadas para expandir negocios o incorporar capital. Otro 28,1% ni siquiera logra definir expectativas claras sobre el futuro inmediato.
Este indicador suele ser uno de los mejores anticipos de la actividad económica futura. Cuando las empresas dejan de invertir, se reducen las posibilidades de ampliar producción, contratar personal o incorporar nuevas tecnologías. La cautela empresarial termina transformándose en menor crecimiento económico.
La percepción sobre la situación actual tampoco es alentadora. El 45,1% de los comerciantes considera que está peor que hace un año, mientras que apenas una minoría observa mejoras concretas. Aunque el 38,8% mantiene expectativas de recuperación para los próximos doce meses, la mayoría de esas proyecciones dependen de una eventual mejora del consumo que todavía no aparece en los números actuales.
Lo que muestran los datos de mayo es una economía que funciona a dos velocidades. Por un lado, los rubros esenciales logran sostener cierto movimiento porque responden a necesidades básicas. Por otro, los sectores asociados al consumo de clase media siguen enfrentando una demanda debilitada por la pérdida de ingresos reales.
La paradoja es que mientras el Gobierno destaca la desaceleración inflacionaria como principal logro económico, buena parte del comercio sigue sin percibir una recuperación concreta. La inflación baja, pero los consumidores continúan administrando cuidadosamente cada peso. Los salarios muestran dificultades para recomponer el terreno perdido durante los últimos años y una porción creciente de los ingresos se destina a cubrir gastos fijos como servicios públicos, transporte, alquileres y salud.
Por eso el informe de CAME deja una señal que va mucho más allá del dato puntual de ventas. Lo que aparece es una economía donde el consumo se concentra en la supervivencia cotidiana, donde los bienes esenciales desplazan a los gastos discrecionales y donde la mayoría de las pequeñas empresas no encuentra condiciones para crecer. Mientras esa dinámica no cambie, la recuperación seguirá siendo más visible en algunos indicadores macroeconómicos que en las cajas registradoras de miles de comercios distribuidos a lo largo del país.


























