El director del OIEA se reunió con el jefe de Rosatom en Kaliningrado y pidió máxima moderación tras el impacto de un misil estadounidense en el perímetro de la planta iraní. El organismo no confirma un ataque directo a los reactores, pero advierte que cualquier acción cerca de una instalación nuclear puede desencadenar una catástrofe radiológica.
Rafael Grossi volvió a encender las alarmas. En una reunión con el director de la corporación nuclear rusa Rosatom, Alexei Likhachev, en Kaliningrado, el titular del OIEA afirmó que los ataques contra cualquier central nuclear son inaceptables, sin importar su ubicación. La declaración, clara y contundente, llega en medio de una peligrosa escalada militar entre Estados Unidos e Irán que ya ha puesto en la mira la planta de Bushehr.
Grossi fue cuidadoso al señalar que el OIEA no ha observado ni confirmado un ataque directo contra los reactores de la central iraní. No obstante, confirmó que el organismo, junto a Rosatom, está monitoreando de cerca los acontecimientos en la instalación, y urgió a todas las partes a ejercer la máxima moderación. Su mensaje fue tajante: «La integridad física de cualquier instalación nuclear es una prioridad absoluta para la seguridad. Cualquier acción que afecte esa integridad es absolutamente inaceptable».
El blanco: la central de Bushehr
La preocupación se centra en la central nuclear de Bushehr, la única planta de energía nuclear operativa en Irán, construida con asistencia rusa y considerada un punto especialmente sensible por la presencia de material nuclear y las potenciales consecuencias contaminantes de un ataque. El jueves, el vicegobernador de la provincia iraní de Bushehr, Ehsan Jahanian, declaró a medios estatales que un misil estadounidense impactó en el perímetro de la central.
Este no es un incidente aislado. Desde el inicio del conflicto a gran escala contra Irán el 28 de febrero, las instalaciones nucleares del país han sido atacadas en múltiples ocasiones. Los bombardeos han ocurrido con tal frecuencia que el jefe de la Organización de Energía Atómica de Irán (AEOI), Mohammad Eslami, ya calificó estos ataques como un «crimen de guerra» en una carta dirigida al propio Grossi. Eslami criticó la falta de acción contundente del OIEA, advirtiendo que expresiones de «profunda preocupación» sin una condena clara solo incentivan nuevas agresiones.
Un historial de impactos y advertencias
Los informes muestran una creciente tensión. Un ataque previo en marzo impactó una estructura a unos 350 metros del reactor. Más recientemente, el OIEA confirmó, mediante su propio análisis de imágenes satelitales, que un ataque había impactado a solo 75 metros del perímetro de la planta. En uno de los incidentes, un guardia de seguridad de la planta, un ciudadano iraní, perdió la vida por la metralla de un proyectil.
Hasta el momento, Grossi ha confirmado que los reactores de Bushehr no han sufrido daños y que no se ha reportado un aumento en los niveles de radiación. Sin embargo, la advertencia del OIEA es clara y recurrente: los ataques, incluso en las áreas adyacentes a una planta en funcionamiento, representan un «peligro muy real» que podría causar un «grave accidente radiactivo con consecuencias perjudiciales para las personas y el medio ambiente en Irán y más allá».
El mensaje de Grossi y la respuesta internacional
La postura del OIEA no es nueva. Grossi ha insistido en que las centrales nucleares y sus alrededores nunca deben ser atacados, independientemente del objetivo militar que se persiga. Este principio ha sido discutido de manera consistente en el Consejo de Seguridad de la ONU y en la Junta de Gobernadores del OIEA. En una reunión especial de la Junta, el diplomático argentino enfatizó que una solución duradera al problema nuclear iraní solo es posible a través de medios diplomáticos, y recordó que la agencia estará lista para jugar su papel «cuando y donde sea llamada».
Mientras la comunidad internacional observa con preocupación, el riesgo de un accidente nuclear en Medio Oriente se ha convertido en una sombra que se alarga sobre la región. Cada impacto, cada advertencia, subraya la fragilidad de una situación donde la geopolítica y la seguridad global se juegan a pocos metros de material radiactivo.



























