El uso de la SUBE cayó 11,6% interanual en julio y completó doce meses consecutivos en retroceso. La baja ya alcanza incluso a los pagos con QR, pese a las promociones bancarias. Desde septiembre habrá nuevos aumentos: el boleto mínimo de colectivo llegará a $887,87 en CABA y $1.158,97 en Provincia, mientras el subte costará $1.753,04 y los trenes subirán hasta 14,29%.
El deterioro del transporte público en el Área Metropolitana de Buenos Aires ya no puede explicarse simplemente por un cambio en la forma de pagar el boleto. En julio se registraron alrededor de 317,9 millones de viajes con SUBE, un 11,6% menos que durante el mismo mes del año pasado, y el indicador completó doce meses consecutivos de caídas interanuales. Al mismo tiempo, también retrocedieron frente a junio los viajes abonados mediante QR, el mecanismo hacia el que habían migrado muchos pasajeros para aprovechar descuentos de bancos y billeteras virtuales.
La combinación de ambos datos apunta hacia un problema bastante más profundo: no solamente está cayendo el uso de la tarjeta SUBE; está disminuyendo la cantidad de viajes realizados en transporte público.
El retroceso coincide con una transformación extraordinaria del costo de trasladarse. Desde el comienzo del gobierno de Javier Milei, las tarifas acumularon aumentos que, según el relevamiento publicado por El Destape, superan el 1.000%, mientras que solamente durante 2026 los colectivos porteños acumularán una suba del 43,7% y los bonaerenses llegarán al 68,76% después del incremento previsto para septiembre.
El transporte, que durante años funcionó como uno de los servicios relativamente accesibles para trabajadores y sectores populares del AMBA, comenzó así a ocupar una proporción mucho mayor del presupuesto familiar. Y cuando viajar se encarece mucho más rápido que la capacidad de los hogares para absorber ese gasto, la consecuencia no necesariamente aparece únicamente en las estadísticas de inflación: también aparece en la cantidad de veces que una persona decide subirse a un colectivo, tren o subte.
Doce meses consecutivos viajando menos
Los 317,9 millones de viajes registrados en julio prolongan una tendencia negativa que viene mostrando caídas especialmente fuertes durante los últimos años.
Enero de 2026 había dejado apenas 240,4 millones de viajes y una contracción interanual del 18,4%. En junio, la caída fue del 17,3%; en mayo, del 15,9%. Diciembre de 2025 había retrocedido 16,4%, mientras enero y febrero de ese año registraron bajas de 14,4% y 13,9%, respectivamente.
No se trata, por lo tanto, de un único mes excepcional.
La persistencia es precisamente lo que vuelve relevante al indicador. Una caída puntual podría responder a feriados, vacaciones, condiciones meteorológicas o alteraciones temporales de la actividad. Doce meses consecutivos en terreno negativo describen un cambio más estructural en la movilidad.
Detrás de esos viajes que desaparecen pueden convivir distintas razones: menor actividad económica, expansión del trabajo remoto, modificaciones en los hábitos de movilidad o sustitución por otros medios. Pero la magnitud de los aumentos tarifarios introduce inevitablemente otra explicación: hay desplazamientos que dejaron de hacerse porque comenzaron a resultar demasiado caros.
Y ese fenómeno tiene consecuencias que exceden al transporte.
Cuando viajar también obliga a elegir
Para un trabajador que debe trasladarse cinco o seis días por semana, el boleto no constituye un consumo opcional. Es parte del costo necesario para generar su propio ingreso.
Cuando ese costo aumenta, la familia debe retirar recursos de alguna otra parte de su presupuesto. Pero en un escenario donde alimentos, alquileres, servicios y deudas ya absorben una proporción elevada de los ingresos, el margen para hacerlo se vuelve cada vez menor.
Por eso la reducción de viajes puede implicar decisiones que difícilmente aparezcan en una planilla del sistema de transporte: visitar menos familiares, concentrar trámites en una misma jornada, rechazar actividades alejadas del domicilio, caminar trayectos más extensos o reducir salidas recreativas.
También puede afectar la búsqueda laboral. Un empleo ubicado a varios kilómetros no solamente debe ofrecer un salario suficiente: debe compensar el dinero y el tiempo necesarios para llegar hasta él.
Cuanto más caro resulta trasladarse, más pequeño se vuelve en términos económicos el territorio al que puede acceder una persona de bajos ingresos.
El transporte deja entonces de ser solamente un servicio público y se convierte en una barrera de acceso al trabajo, la educación, la salud y la vida social.
Ni las promociones consiguieron frenar la caída
Durante los últimos meses, las promociones ofrecidas por bancos y billeteras virtuales impulsaron el pago mediante QR como alternativa para reducir el costo efectivo de los viajes. Esa migración permitía introducir una duda sobre las estadísticas tradicionales: parte de la caída de la SUBE podía explicarse porque los pasajeros simplemente habían cambiado el medio de pago.
Los números de julio debilitan esa explicación.
Durante el mes se realizaron 24,4 millones de viajes mediante QR, por un total de $32.500 millones. De ellos, 21,8 millones correspondieron a colectivos, el 89,4% del total, mientras otros 2,6 millones fueron realizados en el subte.
Pero incluso esas operaciones retrocedieron respecto de junio.
El dato es importante porque muestra que los descuentos financieros pueden amortiguar el tarifazo para determinados usuarios, pero no necesariamente consiguen revertir la contracción general de la movilidad.
Además, existe una desigualdad adicional: no todas las personas tienen cuenta bancaria, tarjeta, teléfono compatible, billetera virtual o acceso a las mismas promociones. Cuando el precio nominal del transporte aumenta y la forma de hacerlo tolerable depende de conseguir un reintegro financiero, el acceso al boleto barato comienza también a depender de la bancarización del pasajero.
Septiembre llega con otra ronda de aumentos
La tendencia negativa encontrará desde septiembre tarifas todavía más altas.
En la Ciudad de Buenos Aires, los colectivos bajo jurisdicción porteña aumentarán 4,1%. El boleto mínimo para recorridos de hasta tres kilómetros pasará de $852,90 a $887,87, mientras los trayectos de entre 12 y 27 kilómetros llegarán a $1.138,61.
Con esta actualización, las líneas porteñas acumularán durante 2026 un incremento del 43,7%.
En la provincia de Buenos Aires el aumento será del 4,3%. El boleto mínimo subirá de $1.111,19 a $1.158,97, mientras un recorrido superior a 27 kilómetros llegará a $2.043,84.
En este caso, el incremento acumulado durante el año alcanzará el 68,76%.
El subte también volverá a subir. La tarifa general para pasajeros con SUBE registrada pasará de $1.684 a $1.753,04, aunque continuará vigente el sistema de descuentos progresivos según la cantidad mensual de viajes.
Los trenes metropolitanos tendrán el salto porcentual más elevado de esta ronda: 14,29%. El boleto mínimo para pasajeros con SUBE registrada aumentará de $420 a $480 en las líneas Mitre, Sarmiento, San Martín, Urquiza, Roca, Belgrano Norte y Belgrano Sur.
El costo oculto de viajar menos
Existe una diferencia fundamental entre reducir el consumo de determinados productos y reducir transporte. Una familia puede postergar la compra de ropa o un electrodoméstico. Postergar un viaje puede significar no ir a trabajar, estudiar, atenderse en un hospital o visitar a alguien.
Por eso una caída persistente de pasajeros no debería interpretarse automáticamente como eficiencia del sistema ni como una simple modificación de hábitos.
También puede funcionar como indicador indirecto del deterioro del ingreso disponible y del nivel de actividad. Menos trabajadores trasladándose, menos consumidores circulando y menos estudiantes viajando tienen efectos sobre comercios, centros urbanos y economías barriales.
En una región metropolitana construida alrededor de enormes distancias entre vivienda, empleo y servicios, la movilidad es una condición para participar de la economía. Encarecerla modifica esa participación.
Y los números empiezan a mostrar ese límite.
Después de doce meses consecutivos de caída, el problema ya no es que los pasajeros hayan abandonado la SUBE: también están desapareciendo viajes. Mientras septiembre traerá colectivos por encima de los $1.000 en buena parte del conurbano, subtes de $1.753 y otro salto en los trenes, la estadística empieza a revelar la consecuencia más sencilla del tarifazo: cuando viajar cuesta demasiado, una parte de la población directamente viaja menos.


























