La fragilidad laboral alcanzó niveles récord: cada vez resulta más difícil ingresar y permanecer en un empleo registrado. De cada 100 asalariados privados formales que trabajaban a comienzos de 2025, solo 76 conservaron esa condición un año después. Entre quienes lograron salir del desempleo en 2026, el 80% terminó trabajando en la informalidad.
Conseguir trabajo dejó de ser necesariamente sinónimo de recuperar estabilidad económica. Los últimos datos del mercado laboral argentino muestran una transformación más profunda que la pérdida de puestos registrados: el empleo que desaparece está siendo reemplazado, en gran medida, por ocupaciones informales, cuentapropismo y trabajos sin estabilidad ni protección social. El resultado es un mercado capaz de generar alguna ocupación, pero cada vez menos capaz de garantizar empleos de calidad.
La magnitud del deterioro aparece con claridad cuando se observa qué ocurrió con quienes estaban desocupados. De los trabajadores que habían quedado sin empleo durante 2024 y 2025 y consiguieron alguna ocupación en lo que va de 2026, ocho de cada diez ingresaron al mercado informal y solamente dos de cada diez consiguieron un empleo registrado.
El dato cambia la lectura tradicional del desempleo. Una persona puede dejar estadísticamente de estar desocupada porque comenzó a trabajar algunas horas, consiguió una changa o encontró una actividad informal, pero eso no significa necesariamente que haya recuperado los ingresos, derechos y previsibilidad de un empleo registrado. Bajar del casillero de “desocupado” no equivale automáticamente a salir de la precariedad.
Tener empleo formal tampoco garantiza conservarlo
El segundo indicador preocupante es la permanencia. De cada 100 asalariados privados registrados observados durante el primer trimestre de 2025, solo 76 continuaban en esa condición doce meses después. Es el peor resultado de la última década. Durante 2024-2025 permanecían 80 y, aun durante la crisis de 2018-2019, la cifra era de 79.
Esto significa que la fragilidad no afecta únicamente a quien está buscando empleo. También alcanza a quien ya consiguió un puesto formal.
La combinación de ambos fenómenos resulta especialmente significativa: es más difícil conservar un trabajo registrado y, cuando se pierde, es mucho más probable regresar al mercado mediante una ocupación informal que recuperar otro empleo protegido. Así se produce un desplazamiento progresivo desde el núcleo formal hacia zonas cada vez más precarias del mercado laboral.
No se trata solamente de una percepción. La participación del empleo asalariado privado registrado sobre el total de ocupados cayó del 32,4% en el primer trimestre de 2024 al 30,5% al comenzar 2026. En paralelo, los asalariados informales aumentaron del 26,4% al 27,2%, mientras el trabajo por cuenta propia pasó del 25% al 28%.
Se perdieron 235.000 empleos privados registrados
La transformación ocurre después de una importante destrucción de puestos formales. Entre noviembre de 2023 y abril de 2026 desaparecieron más de 235.000 empleos asalariados privados registrados, una contracción del 3,7%. La caída fue incluso superior a la registrada durante la crisis de 2018-2019, cuando el retroceso había alcanzado el 2,7%.
A ellos se agregaron más de 70.000 empleos públicos y más de 20.000 puestos de trabajadoras de casas particulares. El segmento que avanzó durante el mismo período fue el monotributo, con alrededor de 150.000 nuevos registros.
Ese último dato resulta fundamental para comprender qué está sucediendo. La caída del trabajo asalariado no necesariamente expulsa permanentemente a las personas de toda actividad económica. Una parte vuelve a ingresar mediante formas más débiles de inserción laboral.
Por eso puede coexistir una economía con personas trabajando y, simultáneamente, una reducción del empleo de calidad.
La informalidad contiene el desempleo, pero esconde otra crisis
La expansión del trabajo informal también ayuda a explicar por qué el desempleo no aumentó todavía más. Un documento de la Gerencia de Estudios Económicos del Banco Provincia, elaborado a partir de datos de la EPH-INDEC, señaló que los asalariados informales alcanzaron su mayor participación dentro del total de asalariados de los últimos veinte años.
Los especialistas estimaron que, sin esa expansión de la informalidad, la desocupación habría crecido con mayor velocidad. Entre el primer trimestre de 2023 y el mismo período de 2026, la tasa pasó del 6,9% al 7,8%.
La informalidad funciona así como una especie de amortiguador estadístico: absorbe personas que de otro modo podrían quedar directamente desempleadas. Pero lo hace a costa de deteriorar la calidad general del mercado laboral.
El fenómeno también aparece en estudios recientes sobre informalidad y pobreza laboral, que describen una fuerte asociación entre inserciones laborales precarias, menores ingresos y vulnerabilidad económica.
Más personas necesitan salir a buscar ingresos
Existe otro dato que ayuda a completar la fotografía. La tasa de actividad pasó del 48,3% al 48,6% en los últimos tres años, pero ese incremento no estuvo acompañado por una expansión equivalente del empleo formal ni por una mejora del poder adquisitivo.
Es decir, hay más personas participando del mercado laboral sin que eso implique necesariamente que existan mejores empleos.
Cuando el ingreso principal de un hogar pierde capacidad de compra, aparecen estrategias complementarias: otro integrante de la familia comienza a trabajar, se realizan changas, se extienden jornadas o se combinan diferentes actividades. El aumento de la participación laboral puede expresar entonces dinamismo económico, pero también la necesidad de sumar ingresos porque uno solo dejó de alcanzar.
El problema llega directamente al consumo
La precarización tampoco termina en el trabajador. Cuando aumentan los empleos inestables y de menores ingresos, la consecuencia se traslada al mercado interno.
Una persona que desconoce cuánto cobrará el próximo mes difícilmente tenga la misma capacidad de consumo que alguien con un salario estable. Puede postergar compras, reducir gastos, evitar compromisos de largo plazo y tener mayores dificultades para acceder al crédito.
Por eso, desde Banco Provincia advierten que resulta difícil identificar de dónde podría surgir una recuperación importante del consumo en estas condiciones. A la pérdida de poder adquisitivo se agregan el retroceso del crédito familiar, los elevados niveles de mora y la reducción del gasto público. Bajo ese escenario, los especialistas consideran que incluso un mercado interno estancado podría convertirse en una previsión optimista.
La nueva frontera laboral: trabajar sin seguridad
Los datos muestran finalmente una transformación que no puede resumirse solamente contando empleados y desempleados. Entre tener trabajo y no tenerlo apareció una enorme zona de precariedad: personas ocupadas, pero sin aportes; trabajadores con ingresos variables; monotributistas sin estabilidad; changas; asalariados informales y hogares obligados a combinar varias fuentes de ingreso para sostenerse.
Por eso, el dato de que ocho de cada diez desocupados que consiguieron empleo en 2026 terminaron en la informalidad es mucho más importante que una estadística aislada. Describe hacia dónde se está desplazando el mercado laboral argentino.
La Argentina no enfrenta solamente una crisis de cantidad de puestos registrados. Enfrenta también una crisis de calidad y permanencia del trabajo.
Y allí está la contradicción que las cifras generales pueden ocultar: una persona puede conseguir empleo, abandonar formalmente el desempleo y seguir siendo pobre, inestable y vulnerable. Porque cuando ocho de cada diez oportunidades aparecen fuera del mercado formal, conseguir trabajo ya no necesariamente significa conseguir seguridad.


























