El fracaso del capítulo sobre la extranjerización de tierras desató una guerra interna en el Gobierno. En la Casa Rosada acusan a Patricia Bullrich de haber inflado el número de votos, ocultar deserciones clave y empujar al Presidente a una jugada política que terminó en retirada. La revolución libertaria descubrió que una mayoría imaginaria sirve para los discursos, pero no para abrir una sesión.
En el Gobierno ya no hablan de una derrota parlamentaria.
Hablan de un caso de matemática creativa.
Y el principal sospechoso tiene nombre propio: Patricia Bullrich.
Según cuentan en Balcarce 50, la ministra llevaba días caminando por el Senado con la misma seguridad con la que Manuel Adorni anunciaba brotes verdes, recuperaciones históricas y triunfos que la realidad demoraba en conocer.
La diferencia es que Adorni contaba puntos de rating.
Bullrich contaba senadores.
Y ambos compartían el mismo instrumento de precisión.
La famosa calculadora libertaria.
Ese aparato extraordinario donde treinta y cuatro votos aparecen como treinta y siete, las dudas cuentan como apoyos y los ausentes figuran como presentes hasta que suena la campana de la sesión.
En la Casa Rosada ya bromean con que la calculadora sobrevivió a la salida de Adorni.
Simplemente cambió de despacho.
Bullrich repetía una cifra con la fe de un pastor evangelista.
—Tenemos treinta y siete.
Treinta y siete.
Lo decía tantas veces que algunos empezaban a creer que el Senado había incorporado senadores invisibles.
Hasta que Diego Santilli decidió hacer una locura impropia de la política argentina.
Llamó a los supuestos votos.
No a un operador.
No a un periodista amigo.
No a un consultor.
A los senadores.
La primera sorpresa fue Flavia Royón.
—Voy a votar en contra.
La segunda fue descubrir que Beatriz Ávila tampoco.
Después apareció Corroza.
Más tarde Rodolfo Suárez directamente eligió la elegante estrategia de no aparecer.
La mayoría empezó a achicarse con la velocidad de un billete argentino después de una devaluación.
Cada llamado telefónico le quitaba un voto a Bullrich.
Y le agregaba una úlcera a Karina Milei.
La escena dentro del oficialismo era desopilante.
Mientras Bullrich seguía asegurando que alcanzaban los números, los teléfonos iban confirmando exactamente lo contrario.
Era como contratar un GPS que dijera «siga derecho» mientras el auto ya estaba cayendo al río.
Los aliados empezaron a ponerse nerviosos.
Una senadora habría resumido el clima con una frase que debería imprimirse en todos los manuales de campaña.
—Si no tenés los votos, no nos expongas.
Traducción simultánea.
—No me uses de extra en una película que termina en fracaso.
Pero Patricia siguió adelante.
Porque si algo caracteriza a la ministra es que jamás deja que la realidad interfiera demasiado con el entusiasmo.
Hasta que la realidad decidió asistir personalmente.
Y entró al Senado sin pedir acreditación.
Cuando la Casa Rosada comprendió que los votos positivos existían solamente en la planilla de Bullrich, ya era tarde.
No quedaba margen para heroicidades.
Había que retirar el capítulo antes de que el Senado lo retirara a patadas reglamentarias.
Fue la primera privatización suspendida por falta de compradores políticos.
Lo verdaderamente entretenido empezó después.
Encontrar al responsable.
Y como ocurre en toda buena interna libertaria, el enemigo estaba sentado en la mesa de al lado.
En Balcarce 50 algunos ya ironizan con que Bullrich utilizó exactamente el mismo método que hizo famoso a Adorni.
Primero anunciar el triunfo.
Después esperar que la realidad haga el favor de confirmarlo.
Sólo que esta vez la realidad respondió con un «voto en contra».
La bronca presidencial no pasa únicamente por la ley.
Lo que enfureció a Javier Milei fue haber movido toda su agenda internacional para evitar una eventual derrota parlamentaria… y terminar retirando el proyecto porque la derrota era todavía más grande de lo que le habían contado.
Una obra de ingeniería política difícil de repetir.
Mover un presidente.
Cambiar una gira.
Alterar una sesión.
Y descubrir, al final del recorrido, que los votos nunca estuvieron.
La sesión terminó convirtiéndose en una auditoría sobre la confianza interna.
Ahora en la Rosada ya no sólo revisan los proyectos.
También revisan quién hace el poroteo.
Porque una cosa es perder una votación.
Otra muy distinta es enterarse de que la mayoría existía únicamente en el Excel de la ministra.
En el fondo, el Gobierno acaba de comprobar que la calculadora de Adorni nunca desapareció.
Simplemente pasó de inflar anuncios… a inflar votos.



























