El economista griego Yanis Varoufakis convirtió la final entre España y Argentina en un sermón sobre multiculturalismo y superioridad moral. Celebró a la «España diversa» y cuestionó implícitamente a la Argentina, pero las respuestas no tardaron en recordarle los centros de detención de migrantes en Grecia, las contradicciones españolas y la vieja costumbre europea de dar lecciones al resto del mundo mientras evita mirarse al espejo.
Hay personas que miran una final del Mundial para disfrutar del fútbol. Yanis Varoufakis decidió verla como si fuera un seminario de sociología comparada. Cuando España levantó la Copa, el exministro griego no vio un equipo campeón. Vio una metáfora de la multiculturalidad, una victoria de los buenos sobre los malos y una oportunidad irresistible para repartir certificados internacionales de virtud.
Según Varoufakis, la «genialidad colectiva» española derrotó al «individualismo deslumbrante» y la «multiculturalidad sana y funcional» terminó imponiéndose sobre la mercantilización del fútbol. Noventa minutos alcanzaron para explicar la historia de Europa, la inmigración, el capitalismo y, de paso, insinuar que la Argentina representaba exactamente lo contrario. Nunca un contraataque sirvió para escribir una tesis doctoral tan rápido.
Europa tiene esa maravillosa habilidad de transformar cualquier acontecimiento en una clase de moral para exportación. Si gana una elección, demuestra la fortaleza de sus instituciones. Si organiza un festival, confirma la riqueza de su diversidad. Si conquista un Mundial, automáticamente derrota al racismo global. Lo único que nunca logra convertir en símbolo universal son sus propios problemas.

Las respuestas llegaron con una velocidad que ni Lamine Yamal. Varios usuarios le recordaron a Varoufakis que Grecia mantiene centros cerrados para migrantes en islas como Samos, donde miles de personas permanecen retenidas mientras esperan la resolución de sus solicitudes de asilo. Resultó una escena incómoda: el profesor del multiculturalismo terminaba rindiendo examen sobre la política migratoria de su propio continente.
Varoufakis respondió que precisamente esas políticas lo avergüenzan y que un verdadero patriota critica a su gobierno cuando se equivoca. La respuesta fue correcta. El problema es que había decidido convertir a España en ejemplo planetario antes de recordar que Europa también carga con fronteras militarizadas, devoluciones en caliente, discursos xenófobos y una crisis migratoria que lleva años dividiendo al continente.
Porque la «España multicultural» que tanto celebró también recibió a los campeones en el Palacio de la Zarzuela junto al rey Felipe VI. Poco después, uno de los futbolistas apareció festejando con una gorra inspirada en el famoso «Make America Great Again», adaptada al orgullo nacional español. Parece que la diversidad europea puede convivir perfectamente con la monarquía, el nacionalismo y el marketing político. El multiculturalismo, evidentemente, es bastante más flexible de lo que dicen los manuales.
Mientras tanto, miles de jóvenes de origen magrebí siguen enfrentando discriminación, controles policiales selectivos y enormes dificultades para acceder a las mismas oportunidades que otros ciudadanos españoles. Pero cuando alguno de ellos convierte un gol en una final, Europa descubre de golpe que siempre fue un ejemplo de integración. La igualdad suele llegar exactamente cuando empieza la transmisión internacional.
También recordaron otro detalle poco compatible con el relato épico: durante años existieron presiones para que Lamine Yamal eligiera representar a España antes que otras selecciones con las que también tenía vínculos familiares. Europa suele defender el derecho de los pueblos a elegir su destino… salvo cuando aparece un extremo izquierdo capaz de gambetear tres defensores.
Lo curioso es que nadie necesita inventar los problemas argentinos. El racismo existe, la discriminación también y la invisibilización histórica de afroargentinos, pueblos originarios y migrantes forma parte de una realidad documentada. Pero reconocer eso no convierte automáticamente a Europa en el paraíso de la convivencia. Una cosa es asumir los propios problemas; otra muy distinta es que quien también los tiene aparezca repartiendo diplomas de civilización.
El fútbol, además, parece haber adquirido poderes extraordinarios. Si España gana una Copa del Mundo, ya no ganó solamente un campeonato: derrotó al colonialismo, al capitalismo, al racismo y al neoliberalismo, todo en una misma tarde. Una eficacia admirable que ningún parlamento europeo consiguió en décadas de legislación.
Varoufakis conoce bastante bien el peso de las palabras grandilocuentes. Como ministro de Finanzas desafió a la Unión Europea, impulsó un referéndum histórico contra las condiciones impuestas por los acreedores y terminó renunciando mientras Grecia aceptaba un ajuste todavía más duro. Ahora volvió a apostar por una explicación total, solo que esta vez el laboratorio no fue la economía sino una cancha de fútbol.
Las redes sociales hicieron el resto. De un lado aparecieron quienes utilizaron los centros para migrantes en Grecia y los problemas españoles para invalidar cualquier crítica a la Argentina. Del otro, quienes pretendieron demostrar que una selección campeona resolvía automáticamente siglos de discriminación europea. En cuestión de horas el Mundial dejó de ser un torneo deportivo para convertirse en el campeonato internacional de la hipocresía.
Europa tiene enormes avances democráticos, sociedades diversas y valiosas políticas de integración. También convive con el crecimiento de la extrema derecha, leyes migratorias cada vez más restrictivas, centros de detención para solicitantes de asilo, violencia racial y profundas desigualdades. La Argentina, por su parte, arrastra su propio racismo estructural y deudas históricas que todavía espera saldar. La diferencia es que uno de los dos lados sigue convencido de que puede dar clases magistrales cada vez que gana un partido.
Al final, España levantó la Copa, Varoufakis levantó el dedo acusador y las redes levantaron archivos. Los jugadores celebraron con el rey, Europa volvió a descubrir que era moralmente superior y la realidad hizo lo de siempre: aparecer unos minutos después para recordar que las fronteras siguen llenas de alambradas, los migrantes continúan esperando del otro lado y ninguna final del mundo alcanza para esconderlas.
Porque si algo volvió a demostrar este Mundial es que los campeonatos duran un mes. La superioridad moral europea, en cambio, lleva siglos jugando de local.



























