Murió en el hundimiento del ARA General Belgrano.
Una fuente lo nombra como “negro” y relata su historia de discriminación.
Su caso expone lo que el Estado nunca registró: la presencia afro en la guerra.
Una vida, una guerra, una marca
Jorge Enrique Cicotti era cabo primero de la Armada Argentina y murió el 2 de mayo de 1982, cuando el crucero ARA General Belgrano fue torpedeado en el Atlántico Sur, convirtiéndose en uno de los 323 tripulantes que perdieron la vida en uno de los episodios más trágicos de la guerra. Su nombre quedó inscripto en los registros oficiales, donde figura junto a otros caídos identificado por su grado, su destino y la circunstancia de su muerte, pero esa inscripción, aunque precisa en términos administrativos, resulta profundamente insuficiente para reconstruir su biografía en toda su dimensión, ya que deja fuera aspectos centrales de su identidad, su trayectoria social y las experiencias que marcaron su vida antes del conflicto.
En ese vacío aparece una fuente narrativa contemporánea que introduce un elemento que no figura en ningún registro estatal: Cicotti es nombrado explícitamente como “negro” y su historia se vincula a situaciones de discriminación vividas en ámbitos familiares y escolares, lo que permite identificar un proceso de racialización que formó parte de su experiencia cotidiana. Este señalamiento no constituye una prueba genealógica en términos estrictos, ya que no está respaldado por documentación civil o familiar que permita confirmar su ascendencia afrodescendiente, pero sí funciona como un indicio fuerte de cómo fue percibido y tratado socialmente, revelando una dimensión de su vida que los archivos oficiales, centrados exclusivamente en la lógica militar-administrativa, no registran ni contemplan.
La investigación establece con claridad los límites de esa evidencia, señalando que en Argentina términos como “negro” pueden tener múltiples significados —desde marcas de clase hasta usos afectivos o discriminatorios— y que, por lo tanto, no pueden ser tomados de manera automática como prueba de ascendencia afro, lo que obliga a mantener una cautela metodológica al momento de clasificar identidades. Sin embargo, esa misma cautela no elimina el núcleo del problema: Cicotti fue racializado, y esa experiencia, independientemente de su confirmación genealógica, forma parte constitutiva de su biografía, lo que pone en evidencia una tensión entre lo que puede probarse documentalmente y lo que efectivamente fue vivido.
A partir de este caso, se vuelve visible una falla estructural más amplia vinculada a la forma en que el Estado argentino registró la guerra de Malvinas, ya que los listados oficiales de veteranos y caídos, aun siendo exhaustivos en términos administrativos, no incluyen variables de raza, etnicidad o ascendencia, lo que impide identificar de manera directa la posible presencia afrodescendiente entre los combatientes. Este vacío no es menor ni accidental, sino que se inscribe en una tradición histórica de invisibilización en la que determinadas dimensiones identitarias quedan sistemáticamente fuera de los sistemas de registro, generando una memoria pública que reconoce nombres y trayectorias militares, pero omite las condiciones sociales, culturales y raciales que también formaron parte de esas vidas.
En ese sentido, el caso de Cicotti permite entender con mayor claridad qué es lo que no fue registrado y, por lo tanto, qué es lo que hoy resulta más difícil de reconstruir, ya que en los documentos oficiales no aparecen su posible identidad étnica o racial, ni las experiencias de discriminación que atravesó, ni su origen social y las condiciones materiales de su vida previa a la guerra, ni sus trayectorias educativas, muchas veces interrumpidas en contextos de exclusión, ni sus vínculos familiares y comunitarios, ni las marcas culturales que pudieron haber definido su identidad. Esta ausencia de información no solo limita el conocimiento histórico, sino que también define qué aspectos de la vida de los combatientes son considerados relevantes y cuáles quedan relegados al silencio, configurando una memoria parcial que privilegia lo militar por sobre lo humano.
Lo que emerge entonces no es solo la historia incompleta de un individuo, sino una evidencia concreta de los límites de la memoria institucional, ya que Cicotti aparece en los registros porque fue parte de una estructura estatal que documentó su muerte, pero su identidad social solo se vuelve visible a través de fuentes externas, narrativas y fragmentarias, lo que sugiere que otras historias similares podrían haber quedado completamente invisibilizadas al no haber sido registradas ni contadas. Esta situación obliga a repensar las formas de investigación, desplazando el eje desde los listados oficiales hacia un trabajo más complejo que incluya el acceso a legajos militares, el cruce con registros civiles y genealógicos, la reconstrucción de historias familiares y el trabajo con testimonios orales y archivos comunitarios, en un intento por recuperar aquello que el Estado no documentó.





























