Durante años Tecnópolis fue presentado como monumento al despilfarro, la propaganda y el Estado elefantiásico. Pero aparecieron 54 hectáreas, un estadio, dos mil cocheras y una concesión por 25 años y el predio experimentó una recuperación milagrosa. Los Saguier esperaban una disculpa de Milei; podrían recibir algo menos emotivo pero bastante más rentable.
El Gobierno finalmente encontró para qué servía Tecnópolis.
No era para divulgar ciencia.
No era para acercar tecnología a los pibes.
No era para exposiciones.
No era para actividades culturales.
Era para La Nación.
Costó algunos años de discusión pública, motosierra, déficit, batalla cultural y puteadas al kirchnerismo, pero el misterio habría quedado resuelto.
Según publicó LPO, el Gobierno ya tendría preparado el decreto para adjudicar durante 25 años la explotación del predio de Villa Martelli a la propuesta integrada por los Saguier y Live Nation.
Tecnópolis acaba de protagonizar uno de los fenómenos más extraordinarios de la economía argentina: pasó de ser un gasto público escandaloso a convertirse en un negocio privado tentador sin moverse un centímetro.
Ni siquiera tuvieron que pintarlo.
La reconciliación tiene además una ternura particular.
La relación entre Javier Milei y Fernán Saguier estaba rota después de que el Presidente, según LPO, lo echara de Olivos porque el empresario se negó a despedir periodistas de La Nación.
Saguier habría quedado esperando una disculpa pública.
Milei no se la dio.
Entonces apareció Karina.
Porque donde un hermano ve un conflicto personal, la hermana ve una licitación.
Y en lugar de un “perdón, Fernán”, podría terminar llegando una concesión por un cuarto de siglo.
No es exactamente terapia de pareja.
Es terapia patrimonial.
Además, pedir disculpas tiene un inconveniente: no genera entradas para recitales.
Tecnópolis sí.
El predio tiene 54 hectáreas, pabellones, espacio para espectáculos al aire libre, alrededor de dos mil lugares de estacionamiento y un estadio cerrado con capacidad para unas diez mil personas que, con inversiones, podría llevarse a doce mil y competir con grandes arenas.
Resultó bastante equipado el símbolo de la decadencia.
Durante años parecía que allí sólo había kirchnerismo concentrado.
Uno abría una puerta y salía Zamba.
Ahora hicieron las cuentas y encontraron un venue.
Ese es el verdadero triunfo de la batalla cultural: donde antes veías adoctrinamiento, ahora ves VIP, campo delantero y estacionamiento preferencial.
La conversión fue inmediata.
Porque el Estado puede ser ineficiente, corrupto, elefantiásico y moralmente repugnante, pero si ya dejó construido un estadio conviene no ponerse dogmático.
Construir una arena nueva semejante demandaría, según las estimaciones recogidas por LPO, unos USD 50 millones. Poner en condiciones la existente rondaría los USD 15 millones.
Treinta y cinco millones de razones para reconciliarse con lo público.
Adam Smith tampoco era boludo.
El futuro concesionario debería realizar inversiones mucho mayores sobre el conjunto del predio, cercanas a USD 150 millones. Pero el esquema contemplaría además que durante los primeros diez meses no pague el canon mensual, calculado en unos $650 millones, y que ese monto sea prorrateado posteriormente.
Una especie de período de adaptación.
Porque después de aplicar terapia de shock a medio país, el Gobierno descubrió que algunos organismos necesitan una transición cuidadosa.
A las empresas no se las puede largar así nomás al mercado.
Se asustan.
Primero hay que acompañarlas.
Que conozcan el predio.
Que encuentren los baños.
Que prueben la acústica.
Después hablamos de pagar.
Mientras tanto, el Estado desembolsa actualmente —siempre según las cifras publicadas por LPO— alrededor de mil millones de pesos mensuales para mantener Tecnópolis.
Y acá aparece el prodigio conceptual.
Si esos mil millones los pone el Estado para sostener el predio, son gasto.
Si mañana alguien vende entradas ahí, es inversión.
La arquitectura no cambió.
Cambió el CUIT que factura.
También compitió por el negocio Marcelo Fígoli, dueño de Fénix Entertainment. Antes había aparecido Foggia Group, empresa de la que Mara Gorini —una colaboradora muy cercana a Karina— había sido accionista hasta 2023 y que, según LPO, quedó luego en manos de su pareja y su hijo. Ese grupo terminó fuera de carrera junto con los Werthein.
Finalmente, la definición habría quedado entre Fígoli y la sociedad La Nación-Live Nation.
Toda una reivindicación de la libre competencia argentina:
competís libremente hasta que alguien gana.
Y ahí sale el decreto.
Pero el episodio tiene una belleza superior porque ocurre bajo un gobierno que construyó buena parte de su identidad alrededor de la reducción del Estado.
Tecnópolis era prácticamente el espécimen perfecto para la motosierra.
Grande.
Público.
Creado durante el kirchnerismo.
Relacionado con ciencia y cultura.
Con presupuesto.
Era difícil fabricar algo más serruchable sin agregarle un busto de Néstor Kirchner en la entrada.
Pero sobrevivió.
Porque aparentemente la motosierra libertaria posee sensor de rentabilidad.
Cuando detecta un activo que puede producir buenos negocios, deja de cortar y empieza a concesionar.
No era necesario destruir Tecnópolis.
Había que liberarlo.
¿De quién?
Del Estado.
¿Para entregárselo a quién?
Bueno, tampoco convirtamos esto en un interrogatorio.
Lo interesante será observar qué ocurre con la vieja narrativa alrededor del predio si finalmente se concreta la adjudicación.
Porque Tecnópolis pasó años funcionando como sinónimo de despilfarro populista.
Ahora podría tener recitales, ferias, eventos corporativos, estacionamiento, gastronomía y espectáculos administrados privadamente.
Y seguramente entonces descubriremos que aquello nunca fue tan horrible.
El problema era quién cobraba.
Hasta el lenguaje se volverá más elegante.
Ya no será “predio”.
Será venue.
No habrá visitantes.
Habrá público.
No habrá actividades.
Habrá experiencias.
Y donde antes existía gasto público tendremos una unidad de negocios.
Hasta las goteras van a cotizar en dólares.
Fernán Saguier, mientras tanto, puede seguir esperando la disculpa de Javier Milei.
Quizás algún día llegue.
Pero después de esta historia debería revisar el correo antes de ponerse exigente.
Porque en la Argentina hay gente a la que le dicen “perdón”.
Y hay gente a la que, según LPO, podrían darle 54 hectáreas durante 25 años.
Cada gobierno tiene su lenguaje del amor.
El de Milei será anarco-capitalista.
Pero Karina aparentemente habla inmobiliario.


























