La desaceleración de la inflación ya no alcanza para sostener el respaldo social al Gobierno. Encuestadores y analistas coinciden en que el deterioro del empleo, la pérdida del poder adquisitivo, la morosidad récord y el aumento del costo de vida comenzaron a pesar más que los indicadores macroeconómicos y explican el retroceso de Javier Milei en los sondeos.
La desaceleración de la inflación, principal bandera económica del Gobierno, dejó de ser suficiente para sostener el respaldo político de Javier Milei. Mientras la Casa Rosada continúa mostrando como principal logro la estabilidad cambiaria y la baja del índice de precios, distintos consultores y analistas coinciden en que la preocupación de los argentinos se desplazó hacia la economía cotidiana: salarios, empleo, tarifas, consumo y capacidad de llegar a fin de mes.
Las últimas mediciones de opinión pública muestran un retroceso de la imagen presidencial y un aumento del malestar social, particularmente en los sectores medios y populares. Según los especialistas, la mejora de los indicadores macroeconómicos pierde capacidad de generar apoyo cuando no se refleja en una recuperación perceptible del ingreso real.
Uno de los diagnósticos más repetidos es que la denominada «microeconomía» comenzó a imponerse sobre la macro. Lucas Romero, director de Synopsis Consultores, sostiene que las encuestas responden cada vez menos a variables como la inflación o el dólar y cada vez más a la experiencia cotidiana de los hogares. Para el consultor, si los ingresos continúan estancados y el consumo no se recupera, el oficialismo enfrentará crecientes dificultades para ampliar su base electoral de cara a 2027.
Cristian Buttié, director de CB Global Data, coincide en que la estabilidad económica representa un activo político, pero advierte que el voto se define finalmente por la realidad del bolsillo. En ese sentido, afirma que los niveles actuales de aprobación presidencial reflejan precisamente la distancia entre una economía que exhibe cierta estabilidad financiera y otra donde millones de personas continúan perdiendo capacidad de compra.
El deterioro de las condiciones sociales acompaña esa lectura. Durante los últimos meses crecieron la morosidad bancaria, el empleo informal y la demanda de créditos para financiar gastos básicos, mientras las tarifas de los servicios públicos y el transporte continúan aumentando por encima de muchos ingresos familiares.
La situación laboral también aparece como uno de los principales factores de preocupación. Diversos informes muestran una reducción del empleo registrado y un crecimiento del trabajo informal y del cuentapropismo. Ese fenómeno afecta no sólo los ingresos actuales de los trabajadores sino también la recaudación previsional y la estabilidad del sistema de seguridad social.
El impacto resulta especialmente visible en el conurbano bonaerense y en otras grandes áreas urbanas, donde la caída del consumo, el cierre de pequeños comercios y el aumento de la morosidad reflejan con mayor intensidad las dificultades económicas que atraviesan los hogares.
A este escenario económico se suman los costos políticos derivados de las últimas controversias que involucraron al Gobierno. Diversos analistas consideran que el desgaste provocado por esos episodios debilitó uno de los principales atributos con los que Javier Milei llegó al poder: la promesa de representar una alternativa diferente frente a la dirigencia tradicional.
Sin embargo, algunos consultores creen que el escenario aún permanece abierto. Si los salarios logran recuperar parte del terreno perdido y la población percibe una mejora sostenida de su situación económica, el oficialismo podría reconstruir expectativas positivas, aun cuando los ingresos todavía permanezcan por debajo de los niveles previos a la crisis.
La incógnita para los próximos meses será si la estabilización macroeconómica consigue finalmente trasladarse a la vida cotidiana de la población. Hasta ahora, las encuestas parecen enviar un mensaje claro: para una parte creciente de los argentinos, la inflación dejó de ser el único problema y el verdadero termómetro político vuelve a estar en el bolsillo.



























