Los hogares unipersonales crecen en todo Occidente, las parejas duran menos, aumenta la autonomía femenina y las ciudades siguen construyéndose para un modelo familiar que pierde centralidad. La jurista argentina Marcela Iacub sostiene que no estamos frente a una crisis de la familia, sino ante el nacimiento de una nueva forma de organizar la vida social.
Durante décadas, el gran debate cultural consistió en preguntarse si la familia estaba en crisis. La izquierda discutía la emancipación de las mujeres; la derecha denunciaba la pérdida de valores; las religiones advertían sobre la destrucción del matrimonio y los sociólogos medían divorcios, natalidad y cambios demográficos. Quizá todos estaban formulando la pregunta equivocada. Tal vez la familia no esté muriendo. Tal vez simplemente dejó de ocupar el lugar central que tuvo durante los últimos dos siglos.
La hipótesis parece provocadora, pero no surge de una especulación filosófica. La desarrolla la jurista e investigadora argentina radicada en Francia Marcela Iacub, quien sostiene que Occidente ya ingresó en una sociedad posfamiliar. No significa que las personas dejarán de enamorarse, convivir o tener hijos. Significa algo mucho más profundo: la familia nuclear dejó de ser la estructura dominante que organizaba la economía, la arquitectura, el trabajo, la educación y la vida cotidiana.
Los datos parecen darle la razón. En Francia, el tamaño promedio de los hogares cayó desde cuatro integrantes en el siglo XIX a poco más de dos en la actualidad, mientras que los hogares unipersonales ya constituyen el grupo más numeroso. En Argentina, según el Censo Nacional de 2022, el promedio descendió a 2,9 personas por hogar y cerca de una cuarta parte de las viviendas está habitada por una sola persona. España sigue la misma tendencia y proyecta que los hogares unipersonales serán el formato predominante durante las próximas décadas. No se trata de una moda urbana ni de un comportamiento excepcional. Es una transformación demográfica de gran escala.
La explicación simplista atribuye este fenómeno al individualismo. Sin embargo, esa lectura resulta insuficiente. Lo que muestran las estadísticas es una reorganización profunda de la autonomía. Los jóvenes ya no abandonan la casa familiar para casarse, sino para construir proyectos propios; muchas personas separadas deciden no volver a convivir; y millones de adultos mayores eligen conservar su independencia antes que mudarse con sus hijos. La autonomía dejó de ser una etapa transitoria para convertirse en una forma legítima de habitar el mundo.
Aquí aparece una de las contradicciones más interesantes de nuestro tiempo. Mientras la sociedad cambia aceleradamente, nuestras ciudades parecen haberse detenido en el siglo XX. Seguimos diseñando departamentos para parejas con hijos, barrios pensados alrededor de la familia nuclear y políticas públicas que continúan suponiendo que la principal red de cuidado se encuentra dentro del hogar. La consecuencia es paradójica: millones de personas viven solas en espacios concebidos para quienes no viven solos.
Marcela Iacub dirige entonces la mirada hacia un actor poco mencionado en los debates sobre familia: la arquitectura. Las viviendas modernas fueron diseñadas como fortalezas privadas donde toda la vida afectiva debía desarrollarse puertas adentro. El exterior quedó reducido al trabajo, el consumo y el tránsito. Esa lógica funcionaba cuando la familia era el centro de la sociabilidad. Hoy produce un efecto inesperado: convierte la autonomía en aislamiento. No porque vivir solo implique necesariamente soledad, sino porque el espacio urbano dificulta la construcción cotidiana de nuevos vínculos.
La crítica alcanza incluso a referentes como Le Corbusier, considerado uno de los padres de la arquitectura moderna. Según Iacub, detrás de sus edificios revolucionarios seguía escondiéndose una idea profundamente tradicional: la vivienda organizada para una pareja heterosexual con hijos, donde la mujer permanecía ligada al espacio doméstico y la cocina. La modernidad arquitectónica innovó en materiales y formas, pero conservó intacta la estructura familiar sobre la que descansaba.
La pregunta entonces cambia radicalmente. Ya no se trata de cómo proteger a la familia del mundo exterior, sino de cómo permitir que individuos autónomos construyan comunidades sin depender exclusivamente de ella. La vivienda deja de ser un refugio cerrado para convertirse en una plataforma desde la cual establecer redes múltiples de cooperación, amistad, trabajo y cuidado.
Lejos de la teoría, algunas experiencias ya comenzaron a ensayar respuestas. Entre 2015 y 2020, el antiguo hospital Saint-Vincent-de-Paul de París fue transformado en Les Grands Voisins, un experimento urbano donde convivieron personas sin vivienda, trabajadores, artistas, emprendedores, organizaciones sociales y vecinos. El predio integró talleres, restaurantes, huertas, espacios culturales y proyectos económicos bajo una lógica sencilla: favorecer el encuentro cotidiano entre personas que normalmente jamás compartirían un mismo espacio. La sociabilidad dejó de depender exclusivamente del parentesco para construirse a partir de la cooperación voluntaria.
Iacub encuentra un antecedente todavía más sorprendente en el pensamiento del socialista utópico Charles Fourier, quien a comienzos del siglo XIX imaginó comunidades donde cada individuo disponía de un espacio privado mientras compartía amplias áreas comunes destinadas al trabajo, el ocio, la cultura y la convivencia. Para Fourier, la independencia material no destruía los vínculos; los volvía libres. Dos siglos después, muchas experiencias de coworking, coliving y comunidades colaborativas parecen recuperar, sin mencionarlo, aquella intuición.
Sin embargo, reducir este debate a una simple sustitución de la familia sería un error. La familia sigue siendo para millones de personas un espacio de afecto, protección, identidad y solidaridad. El problema consiste en asumir que debe seguir siendo el único. Allí reside el verdadero aporte de Iacub: no propone abolir la familia, sino terminar con su monopolio como forma casi exclusiva de organizar el cuidado, la convivencia y la vida social.
Desde la psicología social, esta transición obliga a revisar conceptos profundamente arraigados. Durante generaciones, pertenecer significó pertenecer a una familia. Hoy la identidad se construye también en redes profesionales, comunidades digitales, colectivos culturales, organizaciones territoriales y vínculos elegidos. La pertenencia deja de estar determinada únicamente por la sangre para construirse mediante afinidades compartidas. Esa transformación modifica incluso nuestra comprensión del amor, la amistad y la responsabilidad colectiva.
También desafía al Estado. Si aumenta el número de personas que viven solas, ¿cómo deben diseñarse las políticas de vivienda? ¿Qué ocurre con los sistemas de cuidados? ¿Cómo se reorganizan las ciudades cuando la unidad básica ya no es necesariamente la pareja con hijos? Persistir en un modelo pensado para la sociedad industrial puede terminar profundizando el aislamiento, el acceso desigual a la vivienda y la precariedad emocional de millones de personas.
Por supuesto, la sociedad posfamiliar no constituye una utopía garantizada. Las nuevas formas de convivencia también pueden reproducir desigualdades, abusos y relaciones de poder. Cambiar la estructura no elimina automáticamente los conflictos humanos. Pero negar la transformación tampoco los resuelve. La historia demuestra que ninguna institución social permanece inmóvil. El matrimonio, la propiedad, el trabajo y la ciudadanía cambiaron una y otra vez. La familia no parece ser la excepción.
Quizá el mayor mérito del planteo de Marcela Iacub no consista en ofrecer respuestas definitivas, sino en formular una pregunta incómoda: ¿seguimos construyendo nuestras ciudades para la sociedad que realmente existe o para una que dejó de ser mayoritaria hace varias décadas?. Porque detrás del debate sobre la familia se esconde otro mucho más profundo. No discutimos solamente con quién vivimos. Discutimos cómo imaginamos la libertad, el cuidado, la autonomía y la comunidad en el siglo XXI.
Y tal vez ahí resida la verdadera provocación. No en afirmar que la familia desaparecerá, sino en aceptar que ya no ocupa el trono desde el cual organizó durante dos siglos la vida occidental. La posfamilia no es un futuro posible. Es un presente que muchos todavía se resisten a mirar.




























