Una creadora de libros textiles, un viaje por 14 provincias para escuchar historias y más de tres décadas tejiendo relatos convergen en La Libroscopiería, una crónica que explora cómo la escucha puede transformarse en arte, memoria y comunidad porque esta editorial textil teje historias con hilo y palabras
El sábado 6 de junio llegué a La Maja Libros, en Villa Devoto, con la expectativa habitual de quien asiste a una presentación literaria y terminé encontrándome con algo bastante difícil de encasillar. Sobre una mesa convivían libros tejidos, ovillos de lana, pequeñas figuras textiles y objetos que parecían salidos de un cuento. El espacio invitaba a quedarse. No solamente a escuchar una presentación, sino a habitar por un rato ese universo construido con palabras, hilos y memorias.
Quienes amamos los libros solemos desarrollar cierta fascinación por estos lugares donde la literatura sigue funcionando como una experiencia compartida y no solamente como un producto. Librerías como La Maja conservan algo que el ritmo acelerado de la época parece empeñado en borrar: la posibilidad de detenerse, conversar, escuchar historias y descubrir proyectos que difícilmente encontrarían lugar en los grandes circuitos comerciales. Fue en ese contexto donde conocí a María Fernanda Gutiérrez y a Libroscopiería, una editorial textil que propone pensar el libro más allá del papel y convertir la lectura en una experiencia donde también intervienen el tacto, la observación y la imaginación.
«Soy muy viajera, bastante nómade», así empieza María, tejiendo su historia. Lo dice mientras acomoda algunos de los libros que descansan sobre la mesa. Sus manos parecen continuar una tarea que comenzó mucho antes de nuestra conversación. Entre los libros, las lanas y las pequeñas figuras tejidas, resulta fácil entender que en su caso la escritura y el tejido forman parte de una misma búsqueda. Entonces habla de los viajes en micro, de las horas de ruta y de cómo el crochet terminó convirtiéndose en compañero de camino. En los micros no se puede ir con las dos agujas, entonces era más fácil estar con una aguja de crochet y un ovillo de lana. «Tejo, no es una cuestión terapéutica, pero de alguna manera termina siéndolo.»
Recién después de escucharla un rato empiezo a comprender la dimensión del proyecto que tiene delante de ella. Libroscopiería no es solamente una editorial artesanal. Es una forma de entender la literatura. María es escritora, narradora oral y pionera en la creación de libros textiles tejidos a mano. Cada ejemplar es una pieza única donde la lectura se transforma en una experiencia visual, táctil y emocional. Literatura infantil, educación emocional y cuentos arquetípicos para adultos conviven dentro de un mismo universo creativo donde el hilo ocupa el lugar que otras editoriales reservan para la tinta.
Le gustan mucho los libros y siempre trata de hacer libros diferentes. Hizo papel y sus propios libros con el papel que había fabricado, y mientras reconstruye ese recorrido parece difícil separar la escritura del tejido. Si tejía, pensó: «¿por qué no hacer un libro tejido?». Nos muestra su primer libro, realizado hace aproximadamente treinta años: El libro del invierno, creado para ser contado en un jardín de infantes. Más que un libro, parece un objeto construido para ser recorrido con las manos. Allí comenzó una búsqueda que continúa hasta hoy y que cuestiona una idea que solemos dar por sentada: que los libros necesariamente tienen que estar hechos de papel.

La conversación avanza por caminos inesperados. María habla del matrimonio como analogía de los proyectos personales, de las separaciones y los procesos. Habla de las idas y vueltas, de esos vínculos a los que una regresa porque todavía queda algo por aprender. Mientras la escucho, tengo la sensación de que está hablando tanto de las relaciones humanas como de los procesos creativos. Algunas ideas también necesitan alejarse para encontrar su forma definitiva.
Hace veinticuatro años tuvo un bar de arte en Villa Urquiza junto a dos amigos. Allí conoció a un gran amigo cuentacuentos, alguien que narra oralmente historias. Ese encuentro terminó transformando muchas cosas. Él daba un taller de narración y ella decidió anotarse. Siempre había escrito, pero no le gustaba decir que escribía. Lo hacía para sí misma o para regalar textos a personas especiales. Sin embargo, la narración oral abrió una puerta distinta. A medida que comenzó a contar historias entendió algo que terminaría atravesando todo su trabajo posterior: para contar un cuento, antes hay que aprender a escuchar.
Eso que le pasa a un cuentacuentos: que para contar historias, sobre todas las cosas, hay que saber escuchar. Sintió que quería seguir escuchando más y mejor. Y quizás sea allí donde se encuentra el verdadero corazón de Libroscopiería. Porque detrás de los libros tejidos, de los relatos y de los encuentros aparece una convicción profunda: todas las personas tienen algo que decir y merecen ser escuchadas.
En 2008 tuvo una idea loca, como dice ella, e hizo un viaje por catorce provincias del país. Viajó para contar, pero sobre todo para escuchar. Si bien el proyecto se llamó Caminando Cuentos, el propósito era volver a escucharnos. En una época donde las conversaciones suelen quedar atrapadas entre pantallas, agendas y urgencias, la propuesta tenía algo profundamente sencillo y profundamente revolucionario: sentarse frente a otra persona y prestar atención a su historia.
Y así, como buena tejedora de cuentos, nos encontramos en el entramado de su recorrido. Gabriela formó parte de sus primeros pasos. Su biblioteca en Concordia fue la primera en invitar a Caminando Cuentos. A medida que recuerda aquel viaje aparecen nombres, ciudades y encuentros que terminaron formando parte de una misma red afectiva. Las historias parecen surgir siempre del contacto con otras personas.

Ella cree que todos siempre tenemos algo que decir, algo que contar.
Trabajó un tiempo en México contando historias para adolescentes y formando parte de festivales, donde también cambió su escritura. Cuando terminaba de narrar cuentos, siempre se le acercaba un grupo de chicos a contarle cosas a ella. Tiene su segunda colección de libros, Llamkay, inspirada en uno de esos encuentros. Un chico le contó su historia, sus historias y las de otros chicos. Llamkay en quechua significa «tocar suavemente con la punta de los dedos», y ella sintió que escuchar las historias de ellos tenía exactamente eso implícito. Si no se acercaba con cuidado, con respeto y con verdadera disposición a escuchar, iba a ser imposible comprender lo que necesitaban decir.
La palabra parece resumir buena parte de su filosofía. Escuchar no consiste solamente en oír. También implica acercarse con delicadeza a experiencias que requieren confianza para ser compartidas. Tal vez por eso sus libros, sus cuentos y sus proyectos parecen construidos desde la misma sensibilidad.

Su último trabajo se tituló Cuentos de cardamomo. Son las historias de una princesa de la India que tuvo que escapar de su país después de la partición de 1947. A partir de esa partida aparecen otras mujeres, otros territorios y otras experiencias marcadas por el desarraigo. La migración atraviesa el relato como una herida, pero también como una posibilidad de encuentro. Escuchándola hablar del libro, pienso que muchas de las historias que la conmueven tienen algo en común: personas obligadas a reconstruir su vida lejos de casa.
Como último punto de este tejido, y también de forma simbólica, nos pidió que eligiéramos uno de los cuentos que descansaban sobre la mesa. Una señora tomó la posta y señaló el cuento fucsia que estaba relacionado con una bailarina tejida utilizada como decoración del espacio. El cuento se llama Lizeth.
A simple vista podría parecer un cuento infantil. Sin embargo, debajo de esa apariencia emerge una historia atravesada por la experiencia migrante. Una parte quedó resonando en mí incluso después de terminar la actividad:
«Lizeth siguió caminando con sus pies de bailarina por el mismo sueño fronterizo; sin embargo, algunas noches sujeta su pelo en un rodete firme y escucha la música más hermosa que le regala el mar de su Haití amado, y baila: para taxistas, para camioneros, para señoras del mandado, los que saben sobre la magia de cisnes, de bailarinas y de migrantes.»

La escena adquiere otro significado cuando se piensa en las miles de personas que atraviesan fronteras llevando consigo recuerdos, lenguas, costumbres y nostalgias. Lizeth no es solamente una bailarina. También es una metáfora de quienes intentan sostener su identidad lejos de su lugar de origen.
Cuando termina la presentación, observo nuevamente los libros tejidos sobre la mesa. Comprendo entonces que Libroscopiería no se trata únicamente de una editorial textil. Se trata de una forma de relacionarse con las historias. Una manera de entender la lectura, la escucha y los vínculos humanos desde la paciencia que exige el tejido. María no sólo fabrica libros. También construye espacios donde las personas pueden sentirse escuchadas. Y en tiempos donde casi todos hablan al mismo tiempo, esa puede ser una de las formas más valiosas de la literatura.
Sus libros, sus cuentos y sus ovillos pueden encontrarse @lalibreradelalma
Y si querés vivir una tarde así, La Maja Libros es el lugar: @lamaja.libros
Y si alguna vez quieren vivir una tarde como esta, La Maja Libros sigue siendo uno de esos lugares donde las historias encuentran la forma de quedarse un rato más, porque a veces las historias también se tejen.


























