La Rosada quiere suspender las PASO porque Milei teme que una campaña demasiado larga altere los mercados. Pero parte del oficialismo descubrió que sacarlas también podría facilitar que candidatos sueltos le muerdan votos y lo manden al ballotage. Mientras tanto, Kicillof, Massa y Zamora salen a buscar a los mismos gobernadores que cortejan Karina, Santilli y los Menem. Todavía falta más de un año y la política argentina ya está administrando 2027 como una sucesión.
Javier Milei encontró un nuevo factor de riesgo para la economía argentina.
Las elecciones.
No el déficit, no la deuda, no las reservas: la peligrosa costumbre democrática de contar votos cada tanto.
El Presidente quiere suspender las PASO porque considera que acumular elecciones entre agosto, octubre y eventualmente noviembre genera demasiado “ruido electoral” y pone nerviosos a los mercados.
Es entendible.
El mercado argentino ha soportado defaults, corralitos, devaluaciones, hiperinflaciones y ministros que duraron menos que una mozzarella abierta.
Pero una urna le parece demasiado.
La propuesta sería entonces reducir la exposición de los inversores a la democracia. Una especie de protector auditivo institucional: usted coloca su dinero, mira para otro lado y cuando vuelve ya tenemos presidente.
El problema apareció cuando algunos dirigentes libertarios hicieron cuentas y descubrieron algo desagradable: quizás las PASO sean útiles precisamente para Milei.
Sin primarias, podrían aparecer varias candidaturas capaces de quitarle pequeños porcentajes al oficialismo. Victoria Villarruel, Patricia Bullrich y otros nombres circulan como posibles aspiradoras de dos o tres puntos.
Ninguno necesitaría convertirse en presidente.
Alcanzaría con convertirse en mosquito.
Porque cuando una elección está ajustada, no hace falta comerse al león.
Con chuparle suficiente sangre alcanza.
Y ahí el plan destinado a evitar meses de incertidumbre podría producir exactamente aquello que Milei quiere impedir: una segunda vuelta.
Sería un avance espectacular de la ingeniería electoral.
Eliminar una elección para terminar necesitando otra.
Parte del oficialismo empezó entonces a defender indirectamente unas primarias que hasta ayer eran otro gasto absurdo de la política.
No porque hayan descubierto súbitamente la belleza de la participación ciudadana.
Descubrieron la calculadora.
En la Argentina, las instituciones tienen una propiedad extraordinaria: dejan de ser inútiles exactamente cuando pueden salvarte el culo.
Diego Santilli sostiene la posición contraria y apuesta a suspenderlas. Su sector descree que varios de esos nombres alternativos terminen efectivamente en la boleta.
Por ahora, entonces, el oficialismo tiene dos estrategias para garantizar la reelección de Milei:
hacer las PASO.
Y no hacerlas.
Difícil que falle.
Mientras la Casa Rosada discute cuántas veces conviene votar, el peronismo empezó a discutir cuántas personas conviene mandar a negociar.
Kicillof, Massa y Gerardo Zamora tienen previsto salir a conversar con los llamados “gobernadores del medio”, incluidos mandatarios que mantuvieron acuerdos con el Gobierno.
Son exactamente los mismos dirigentes provinciales que busca seducir el oficialismo.
Esto convierte a varios gobernadores en la única actividad económica argentina con exceso de demanda.
Karina llama.
Santilli negocia.
Los Menem tantean.
Massa pregunta cuándo pueden verse.
Kicillof manda mensaje.
Zamora prepara visita.
Si esto sigue así, en lugar de coparticipación van a pedir secretaria privada.
El peronismo decidió además que esas conversaciones se hagan en pares, para garantizar que nadie utilice la gira para construir exclusivamente su candidatura presidencial.
Un sistema basado en la confianza.
Con testigos.
Massa necesitará compañía para garantizar que no esté armando para Massa.
Kicillof llevará a alguien que certifique que Kicillof no trabaja exclusivamente para Kicillof.
Y quien acompañe deberá demostrar que tampoco está trabajando para sí mismo.
En tres meses van a llegar a Santiago del Estero en micro.
La medida responde a una preocupación bastante concreta de los dirigentes del interior, que pidieron algo extraordinariamente modesto: que el peronismo bonaerense no les lleve su interna a domicilio.
Porque aparentemente venía ocurriendo.
Llegaba un enviado de un sector, hablaba con algunos intendentes y poco después aparecía otra tribu a marcar territorio.
El federalismo argentino alcanzó así su etapa superior: las provincias dejaron de temer la intervención federal y empezaron a temer que les manden dos armadores bonaerenses el mismo martes.
El pedido fue claro: si van a construir una alternativa nacional, que las peleas de Buenos Aires no lleguen incluidas en el equipaje.
Es razonable.
Cada provincia ya tiene sus problemas.
No necesita importar Máximo contra Axel con régimen puerta a puerta.
El peronismo, de todos modos, viene envalentonado por algunos reveses parlamentarios del Gobierno y por encuestas que vuelven imaginable un ballotage.
Y la posibilidad concreta de poder ganar produce dentro del movimiento un efecto ancestral.
Todos empiezan a preguntarse quién sería el que gana.
Ahí aparecen Massa, Kicillof, Zamora, Cristina condicionando el armado, Máximo administrando poder, los intendentes reclamando protagonismo y los gobernadores exigiendo participación.
La unidad todavía no tiene candidato.
Pero ya tiene interna.
Por eso las PASO adquieren para la oposición un valor práctico: permiten resolver una competencia que difícilmente pueda ordenarse con una sobremesa y buena voluntad.
El oficialismo mira esa escena y quiere quitar las primarias.
El peronismo mira la misma escena y quiere conservarlas.
El PRO, mientras tanto, evita regalar su posición porque la discusión también sirve como moneda para negociar con la Casa Rosada.
De pronto, una elección primaria que supuestamente nadie quería se convirtió en el objeto más codiciado de la temporada.
No por la ciudadanía.
No exageremos.
Por los aparatos.
La ironía final es que Milei quiere evitar las PASO para proteger la estabilidad de los mercados, mientras algunos de sus propios dirigentes temen que eliminarlas complique su estabilidad política.
Y la oposición quiere defenderlas para ordenar una unidad que necesita mandar negociadores de a dos para asegurarse de que ninguno aproveche el viaje.
Unos quieren tranquilidad económica.
Los otros, tranquilidad interna.
Ninguno parece dispuesto a proporcionársela al país.
Así empieza 2027.
Milei tratando de decidir cuánta democracia soporta el mercado.
El peronismo tratando de decidir cuánto peronismo soporta el peronismo.
Y los gobernadores del medio atendiendo llamadas de ambos lados con la serenidad de quien acaba de descubrir que, por unos meses, el déficit más importante de la Argentina es de gobernadores disponibles.
Todavía ni siquiera empezó oficialmente la campaña.
Cuando empiece, el dólar va a ser lo de menos.
Habrá que ponerle bandas cambiarias a los candidatos.


























