Nació en 1906 en Misuri, fue estrella del Folies Bergère, espía de la Resistencia francesa y la única mujer en hablar junto a Martin Luther King en la Marcha sobre Washington de 1963. La historia de Josephine Baker demuestra que el arte también puede convertirse en una poderosa forma de resistencia.
“Yo tengo seis trajes de escena y puedo ponerme cualquiera… Pero no encuentro de la noche a la mañana un tipo que cante en español, en francés, en portugués y en italiano; que baile, que sea negro, que toque guitarra, cavaquinho, pandeiro, contrabajo, batería; y que además, sea buena persona. ¿Y vos me lo querés sacar ahora?”
En 1932, el guitarrista argentino Oscar Alemán era un baluarte de la orquesta de Josephine Baker. Cuenta la leyenda que Duke Ellington los vio actuar en el Casino de París y le pidió a Josephine que le cediera al guitarrista. Ella se negó y, cuando Alemán se enteró, esto le causó un gran enojo, pero Josephine tenía sus razones.
Esta anécdota pinta de cuerpo entero a Josephine Baker, una de esas artistas difíciles de catalogar. Fue una bailarina de vodevil que se consolidó como un ícono de la Era del Jazz, pero también alguien que utilizó su arte para desafiar las barreras raciales, las relaciones de género y las nociones establecidas sobre la sensualidad en su época. Además, fue espía durante la Segunda Guerra Mundial y activista por los Derechos Civiles.

Freda Josephine McDonald había nacido en 1906 en San Louis, Missouri. Abandonó la escuela a los 13 años y, de niña, fue testigo de linchamientos y actos de violencia contra la población negra. Desde su adolescencia fue artista y performer en varios espectáculos de vodevil, triunfó en el Teatro Apollo de Harlem y pronto vio la oportunidad de viajar a Europa, en donde se convirtió en una estrella.
Según su propio testimonio, cuando llegó por primera vez a París en 1925, se vio sorprendida por la ausencia de racismo institucional y segregación. “Existía la posibilidad de sentarse en un café y ser atendida por un camarero blanco, hablar con gente blanca, tener un romance con gente blanca”, declaró alguna vez. Esto no significa que el racismo no existiera en Francia en aquellos años, pero seguramente se manifestaba de maneras más sutiles o vedadas.
Su talento y carisma la llevaron a ser contratada para un revolucionario espectáculo de artistas negros en París. Su consagración definitiva llegó en abril de 1926 en el mítico Folies Bergère con su famosa «Danza salvaje». Vistiendo únicamente perlas y una falda de bananas, cautivó al público parisino con un provocativo baile que le valió 12 ovaciones en su estreno, convirtiéndola en la célebre «Venus de Bronce». Además, Baker protagonizó cuatro películas entre 1927 y 1940, un logro inédito para una artista negra de la época.

A partir de 1937 adquirió la nacionalidad francesa e, incluso después de su éxito en Francia y en toda Europa, Baker se encontró con una prensa negativa a su regreso a Estados Unidos. A mucha gente la incomodaba una mujer afroamericana sofisticada que hablaba francés. Durante un viaje a Nueva York con su marido Jo Bouillon, se les negó el servicio en 36 hoteles diferentes debido a su color de piel. Josephine volcó la experiencia de esos tratos en artículos publicados en el periódico Chicago Defender y también viajó al sur, donde dio discursos en diferentes universidades para estudiantes afroamericanos en los que hablaba de las diferencias en el trato hacia su comunidad tanto en su país como en Europa. Incluso habiendo recibido amenazas del Ku Klux Klan, nunca claudicó en sus ideales. La experiencia de Baker en Francia y la libertad que allí disfrutó influyeron enormemente en su perspectiva de las relaciones raciales.
Su participación en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial la convirtió en una figura vital en el mundo encubierto del espionaje francés. Tan importante fue ese capítulo de su vida que, en forma póstuma, se convirtió en la primera mujer negra en entrar en el Panteón de París, donde se encuentran las más veneradas figuras de ese país, lo cual representa un hecho histórico.

Sus siguientes visitas a Estados Unidos durante las décadas de 1950 y 1960, militó públicamente por la causa de los Derechos Civiles, se negó a actuar ante públicos segregados y exigió igualdad de trato como artista en los locales de élite. En 1963, en la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad organizada por el Dr. Martin Luther King, Jr., Josephine Baker fue la única mujer oradora de aquella tarde. En su discurso, Baker recordaba haber huido del racismo en EE. UU. para refugiarse en Francia y a pesar de su fama mundial y de actuar para la realeza, sus regresos a su país natal estuvieron marcados por la discriminación. “Había caminado por palacios de reyes… pero no podía entrar a un hotel en EE. UU. y tomar una taza de café”. Al exigir igualdad, el gobierno y la prensa habían intentado silenciarla tachándola falsamente de comunista. Finalmente, Baker instaba a los jóvenes a priorizar la educación, aconsejándoles defenderse con la «pluma y no con el arma» y pedía a las nuevas generaciones mantener encendida la lucha para que nadie más tenga que huir de su patria en busca de dignidad.
Ya dedicada de lleno al activismo durante la segunda mitad de su vida, en una de sus visitas a la Argentina hizo declaraciones contra el racismo y la realidad que le tocaba vivir en su país natal, e instó al presidente Perón a crear una asociación cultural para combatir los prejuicios raciales.

Desde los escenarios de París hasta el estrado de la Marcha sobre Washington, pasando por su audaz complicidad con el talento de Oscar Alemán, Josephine Baker demostró que el arte y el compromiso político no eran caminos separados. Su vida fue una performance continua de resistencia; una danza indomable que empezó bajo la violencia de Missouri y terminó conquistando la eternidad en el Panteón francés, recordándonos que se puede enfrentar al sistema con la misma gracia y firmeza con la que se sostiene el pulso de la música.




























