Javier Milei será el primer presidente argentino en asistir al festejo de la Independencia de Estados Unidos en su embajada. Ni las célebres «relaciones carnales» se habían animado a semejante demostración de entusiasmo diplomático. La motosierra podrá ser nacional, pero el cotillón ya viene con estrellas y franjas.
Dicen que la historia siempre ofrece segundas oportunidades. A veces para corregir errores y, otras, para superarlos con entusiasmo. Javier Milei acaba de encontrar una nueva forma de romper récords: será el primer presidente argentino que asista oficialmente al festejo del 4 de Julio en la embajada de Estados Unidos. Ni Carlos Menem, que convirtió las «relaciones carnales» en doctrina de Estado, llegó tan lejos. Ni siquiera la dictadura militar, que veía comunistas hasta en las plantas de interior, consideró necesario aparecer con un vaso de bourbon en la mano cantando el himno estadounidense.
Desde la Casa Rosada explican que la ocasión lo amerita porque se cumplen 250 años de la independencia norteamericana. Una explicación encantadora, aunque incompleta. Porque en los 200 años tampoco fue nadie. Parece que el cuarto de milenio despertó un fervor patriótico… por la patria ajena.
La escena promete ser inolvidable. Mientras medio gabinete desfila por la residencia del embajador Peter Lamelas para brindar por la independencia de Estados Unidos, millones de argentinos siguen intentando independizarse del precio del supermercado, de las tarifas y del alquiler. Cada uno celebra la libertad que puede.
El Gobierno insiste en que se trata de un gesto diplomático. Claro. Tan diplomático como llevar una torta al cumpleaños del vecino y olvidarse del aniversario de tu propia casa. El calendario presidencial ya parece un catálogo de efemérides importadas: primero Washington, después Israel, más tarde Madrid. Falta que el 9 de Julio lo celebren en una sucursal de Amazon Prime.
La presencia de catorce gobernadores completa una postal difícil de mejorar. Algunos irán por convicción, otros por protocolo y varios porque, en tiempos de ajuste, nunca viene mal quedar bien con quien maneja la chequera internacional. La geopolítica también tiene su versión de la fila para sacarse una selfie.
Por supuesto, el oficialismo dirá que todo esto fortalece la relación bilateral. Y puede ser. Lo curioso es que mientras el Presidente prepara el brindis por la independencia estadounidense, acá cada vez resulta más difícil encontrar un rincón donde todavía sobreviva la independencia política, económica o diplomática.
La frutilla del postre es que Milei podría incluso cancelar su viaje a Washington porque necesita quedarse ordenando el caos que dejó la salida de Manuel Adorni. Es decir, no llegará a tiempo para los fuegos artificiales en Estados Unidos, pero igual quiso asegurarse un lugar en la previa. Como buen alumno aplicado: si no alcanza para el acto central, al menos que le sellen la asistencia en Buenos Aires.
En definitiva, la política exterior argentina acaba de inaugurar una nueva etapa. Ya no alcanza con alinearse.
Ahora también hay que soplar las velitas.
Porque una cosa eran las relaciones carnales.
Y otra muy distinta es aparecer voluntariamente en el cumpleaños del Imperio con el regalo debajo del brazo y cara de invitado de honor.



























