Paula Gudiño: pintar es buscar lo sagrado en lo cotidiano

Paula Margarita Gudiño tiene 89 años, es bisabuela y, tras enviudar recientemente, sigue creando con una vitalidad que desarma cualquier idea de retiro. Nacida en Helvecia, en la costa santafesina, su pintura transforma la memoria en imágenes de lo sagrado: fondos dorados ardientes, vírgenes y cristos de mirada profunda. Pero su arte no termina en el lienzo: sus poemas también respiran hoy en música, como en el álbum “Paula Margarita”, y en proyectos colectivos como “Aquelarre de Negras: Unidas por la lucha”, Paula sigue creando con la serenidad de quien tiene cosas que decir.

Frente a las pinturas de Paula Margarita Gudiño ocurre algo que no suele suceder con frecuencia en el arte contemporáneo: el espectador llega creyendo que viene a mirar y, sin darse cuenta, termina siendo mirado. No se trata de un recurso técnico ni de una ilusión óptica; es algo más profundo, más antiguo, una especie de intercambio silencioso que se produce cuando esos ojos grandes, ligeramente desproporcionados, cargados de una melancolía que parece haber atravesado varias vidas, empiezan a interrogar a quien se detiene frente al cuadro. Entonces la escena cambia de lugar: ya no estamos ante una imagen devocional, ni ante un ejercicio pictórico sobre la iconografía cristiana, sino ante un gesto que pertenece a otra tradición más antigua, esa en la que la pintura no representa lo sagrado sino que lo convoca.

A sus ochenta y nueve años, Paula sigue pintando con la obstinación de quien entiende que el arte no es una actividad sino una forma de permanecer en el mundo. Las figuras religiosas que pueblan sus lienzos —el rostro sufriente de Jesús, la Virgen de Guadalupe envuelta en su manto estrellado— no aparecen como reproducciones de la imaginería popular sino como presencias que emergen de una memoria donde lo vivido y lo soñado se mezclan hasta volverse indistinguibles. Allí conviven la infancia en Helvecia, los años en México, los viajes que la llevaron por distintos continentes, la fe heredada y la mística íntima que se construye lentamente con el paso del tiempo, con la soledad, con esa persistencia casi física de seguir mirando incluso cuando el mundo parece haberse vuelto opaco.

LO SAGRADO EN LO COTIDIANO

Lo que impulsa la pintura de Paula Margarita no es la devoción religiosa en el sentido tradicional, sino algo más cercano a una búsqueda: la tentativa de descubrir, en los pliegues más discretos de la experiencia cotidiana, ese punto donde la memoria se transforma en revelación. En sus lienzos, el acto de pintar funciona como una forma de transmutación, un procedimiento silencioso mediante el cual los recuerdos, los paisajes interiores y las figuras heredadas de la tradición popular se reorganizan hasta producir un territorio nuevo donde lo visible y lo invisible se tocan.

El lienzo, en ese sentido, se convierte en una especie de refugio de la memoria. Allí sobreviven cosas que ya no están: las voces de la infancia, la religiosidad rural del litoral, las imágenes que alguna vez colgaron en las paredes de las casas humildes donde la fe se transmitía sin teología, apenas como una certeza silenciosa. En esa operación, Paula logra algo que no es fácil en la pintura contemporánea: convertir el símbolo en experiencia.

Eso se percibe especialmente en sus vírgenes. Los ojos almendrados, deliberadamente alejados de la perfección anatómica, no buscan reproducir un canon clásico sino expresar un estado interior, una mezcla de angustia y serenidad que parece provenir del mismo lugar donde habitan los recuerdos. Hay en esa deformación un gesto cercano al expresionismo, esa tradición que prefirió sacrificar la fidelidad óptica para capturar la vibración emocional de la imagen.

LA TÉCNICA COMO ARCHIVO

Pero si algo sorprende al observar estas piezas es la materia misma de la pintura. Paula no trabaja el lienzo como una superficie neutra sobre la que se deposita una imagen; lo construye lentamente, como quien levanta un territorio. Las capas de color, las texturas y los pequeños relieves forman una topografía que se percibe casi antes con la piel que con la vista.

En algunas obras, los puntos de pintura aplicados como pequeñas perlas añaden una dimensión táctil que rompe con la distancia tradicional entre espectador y obra. El cuadro ya no se presenta como una ventana sino como un objeto que reclama proximidad, como si la mirada tuviera que acercarse hasta rozar la superficie para comprender lo que sucede allí.

El uso del pan de oro que envuelve a las figuras marianas evoca inevitablemente la tradición de los retablos coloniales. Pero, a diferencia de aquellos fondos dorados que separaban lo divino de lo humano mediante una luminosidad distante, el oro de Paula parece cálido, casi doméstico, como si perteneciera más a los altares rurales que a las catedrales monumentales. Es el oro de las iglesias pequeñas, el de los templos donde la virgen comparte la misma piel curtida que las mujeres que vienen a rezarle.

LA MUJER QUE ATRAVESÓ EL MUNDO PARA VOLVER A PINTAR LO QUE SIEMPRE SUPO

La biografía de Paula Margarita Gudiño podría leerse como la historia de una artista cosmopolita. Estudió en la Escuela Municipal de Bellas Artes de Santa Fe, luego en la Escuela Panamericana de Arte en Buenos Aires, y más tarde cursó Ciencias de la Comunicación en México. Vivió en la Unión Soviética, en Japón, en Francia, en Finlandia y en Egipto. Escribió baladas y boleros que fueron musicalizados por un profesor italiano. Publicó un libro de poemas en Bulgaria en 1993.

Podría haberse quedado en cualquiera de esos lugares, sumando experiencias exóticas que luego se convertirían en material para una obra decorativa y globalizada. Pero ocurrió lo contrario. Cuando Paula volvió a pintar con intensidad, lo que apareció en sus lienzos no fueron los paisajes extranjeros ni los monumentos que había conocido en sus viajes, sino las imágenes de su infancia: las vírgenes de los altares domésticos, los Cristos sufrientes de las iglesias rurales, los rostros silenciosos de la religiosidad popular.

Hay algo profundamente revelador en ese gesto. Uno puede atravesar el mundo entero, aprender lenguas, habitar ciudades lejanas, pero aquello que se lleva en la memoria suele permanecer intacto, esperando el momento de regresar.

LA PALETA Y SUS RUIDOS

En términos cromáticos, la pintura de Paula no busca la armonía complaciente. Su paleta es audaz, incluso inquietante. Los naranjas cálidos chocan contra verdes profundos, los fondos metálicos aíslan a las figuras en un espacio ambiguo que no pertenece del todo a lo terrenal ni a lo celestial.

En algunas piezas, como el bote al atardecer, la pincelada se vuelve más libre, más gestual, permitiendo que el paisaje respire con una autonomía que recuerda ciertos momentos del expresionismo latinoamericano.

La figura del personaje con ropajes de colores vibrantes y cuello voluminoso introduce una dimensión teatral, casi mascarada. Allí aparece otra pregunta: qué ocultamos bajo las superficies que mostramos al mundo.

LA SANGRE DE SU TÍO LUIS

Paula es sobrina de Luis Gudiño Kramer, el escritor entrerriano que retrató con una sensibilidad extraordinaria la vida de los colonos y paisanos del litoral. Esa filiación no es un simple dato biográfico: se percibe en la manera en que Paula observa las cosas.

Gudiño Kramer hablaba de la “aquerenciada soledad”, esa mezcla de pertenencia y extrañamiento que habita en quienes viven entre la tierra que trabajan y la que imaginan. Paula pinta algo similar, pero desde el interior de la experiencia. Si su tío narraba historias del paisaje, ella parece narrar historias del alma.

CUANDO LA PALABRA SE HACE MÚSICA

Hay otra dimensión en esta historia, una que conecta la pintura con la música. El 1 de enero de 2026, la artista dominico-argentina Melina Orquídea lanzó el álbum “Paula Margarita”, nacido del deseo de honrar la esencia poética de esta artista santafesina. En ese disco, la canción Celestina de Amores transforma los versos de Paula en una atmósfera sonora donde la cadencia caribeña dialoga con la melancolía de su poesía.

LA POETA QUE CIERRA EL AQUELARRE

El pasado 8 de marzo, el Colectivo Flota Negra abrió la preventa de “Aquelarre de Negras: Unidas por la lucha”, una antología que reúne voces afrodescendientes, originarias y disidentes de Sudamérica y el Caribe. Entre ellas aparece la voz de Paula Margarita Gudiño, cuyos poemas trazan un puente inesperado entre la memoria de los pueblos originarios y la negritud.

LO QUE ESTAS OBRAS PIDEN

Las pinturas de Paula Margarita no son objetos decorativos ni imágenes para mirar de paso. Exigen algo que el mundo contemporáneo parece haber olvidado: tiempo y silencio. Frente a ellas ocurre algo extraño: el espectador descubre que esos ojos que lo observan no pertenecen a una virgen intemporal, sino a alguien que ha vivido, que ha sufrido, que ha esperado.

Tal vez allí resida la fuerza de esta obra. Después de haber atravesado medio mundo —de Rusia a Bulgaria, de México a China, y de tantos otros países que también formaron parte de su vida— Paula Margarita Gudiño volvió a Santa Fe y hoy pinta cerca de la Laguna Picada, en ese territorio donde el agua y la tierra del litoral parecen mezclarse con los recuerdos. No hay contradicción en ese regreso, sino una coherencia silenciosa: uno puede recorrer continentes, pero las imágenes que lo habitan casi siempre vienen de mucho antes.

En uno de sus poemas escribió:

«Quiero ser piedra para no sucumbir en las trampas que nos tiende la vida.»

Sus pinturas parecen responder a esa misma voluntad: permanecer allí, silenciosas y firmes, como piedras que el tiempo no consigue mover.

FICHA TÉCNICA

Artista: Paula Margarita Gudiño de Schweizer
Edad: 89 años
Lugar de nacimiento: Helvecia, Santa Fe, Argentina
Formación: Escuela Municipal de Bellas Artes (Santa Fe), Escuela Panamericana de Arte (Buenos Aires), Ciencias de la Comunicación (Instituto Nacional de Comunicación Humana, México)
Temática recurrente: Imágenes religiosas (Jesús, Virgen de Guadalupe), transmutación de la memoria, búsqueda de lo sagrado en lo cotidiano
Exposiciones destacadas: Quinta Muestra Cultural de los Trabajadores, Salón 18 de Febrero, Congreso del Trabajo (México, 1994)
Publicaciones: «Soledad, Amor y Sueños» (Sofía, Bulgaria, 1993). Coautora en «Aquelarre de Negras: Unidas por la lucha» (Colectivo Flota Negra, Buenos Aires, 2026)
Parentesco: Sobrina del escritor Luis Gudiño Kramer
Álbum dedicado: «Paula Margarita» de Melina Orquídea (lanzado el 1 de enero de 2026, disponible en todas las plataformas digitales). Destaca la canción «Celestina de Amores».

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    Melina Schweizer

    Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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