La ansiedad vuelve, el cuerpo habla y el pasado insiste.
Pero incluso rota, elijo seguir.
El 28 de marzo de 2026, a las 19:28, el cuerpo volvió a hablar antes que yo. No hubo anuncio, no hubo una causa clara que pudiera nombrar con precisión, solo una sensación que empezó a crecer desde adentro, como si algo se desacomodara en silencio y de repente ya no hubiera forma de volver a ponerlo en su lugar. Un ataque de ansiedad. Así lo llaman. Pero lo que se siente no entra en esa palabra: es una mezcla de ahogo, de vértigo, de cansancio acumulado que encuentra una grieta por donde salir.
En ese momento pensé en la gente que creyó en mí.
En los que están.
Y en los que ya no.
Y entendí, con una claridad que duele, que muchas veces una sigue no porque esté bien, sino porque hay algo —o alguien— que la empuja a no caer del todo. Puse mi vida en una especie de balanza invisible, como si necesitara confirmar que todavía había razones, aunque fueran pocas, aunque fueran frágiles, para seguir intentando.

La depresión no llega de golpe.
Se instala.
Se va acumulando en el cuerpo, en la cabeza, en la forma en que una empieza a cansarse de todo sin saber bien por qué. Es un cansancio que no se va durmiendo, que no se cura descansando, porque no es solo físico, es también psicológico, emocional, profundo. Es arrastrar días enteros como si pesaran más de lo que deberían.
Recuerdo la primera vez que caí.
No como un momento exacto, sino como una sensación de derrumbe.
El día que mi esposo se fue.
No hubo explicación.
No hubo despedida.
Solo ausencia.
Y en esa ausencia algo dentro de mí se rompió de una forma que todavía hoy no termino de explicar, porque no fue solo la pérdida de una pareja, fue la caída de una idea, de ese modelo de familia que una construye aunque nadie se lo garantice: mamá, papá, los hijos, una vida que, aunque imperfecta, se sostiene.
Todo eso desapareció en silencio.
Y me dejó sola.
Otra vez.
Con mis hijos.
Y con una realidad que no tenía tiempo para procesarse porque había que seguir igual.
Durante meses no supe nada de él.
No respondía.
No estaba.
Y yo tuve que hacer lo que ya sabía hacer: seguir sin rumbo claro, sostener sin apoyo, avanzar aunque no hubiera dirección. Pero esta vez fue distinto, porque algo en mí empezó a soltarse, no como una liberación, sino como abandono.
Me fui apagando.
Sin ganas de vivir.
Cansada de luchar siempre en el mismo lugar.
Hasta que el cuerpo dijo basta.
Y caí.
Terminé internada.
Y en ese momento, el mismo que se había ido, el que había dicho amarme, apareció.
Se quedó.
Me acompañó al hospital.
Y eso fue confuso.
Porque por un lado, su presencia traía calma, como si una parte de mí todavía necesitara creer, y por otro lado, la tristeza seguía ahí, intacta, como si nada de eso alcanzara para reparar lo que se había roto.
Cuando me dieron el alta volví a casa con mis hijos.
Pero algo no estaba bien.
La soledad no era solo estar sola.
Era sentirme sola incluso acompañada.
Hubo momentos en los que no quise seguir.
No como una idea pasajera.
Sino como un cansancio profundo.
Pensé en quitarme la vida.
Lo intenté.
Y decir esto no es fácil, porque no es solo un recuerdo, es una parte de mí que todavía duele, pero también es el punto donde entendí que sola no podía.
Entonces pedí ayuda.
Le hablé a una amiga.
Y ella me llevó a una psicóloga.
Y ahí empezó otra cosa.
No mejor.
No más fácil.
Pero distinta.
Hablar fue abrir.
Y abrir fue encontrar.
Porque muchas de las cosas que me pasaban no empezaban ahí, no eran solo por esa relación, sino que venían de mucho antes, de vínculos que nunca se habían sanado, de heridas que yo creía cerradas pero que seguían activas.
Mi madre apareció en ese proceso como una de las causas más profundas de mi dolor.
No desde el odio.
Desde la herida.
Trabajé el desapego.
La idea de que no todo vínculo tiene que sostenerse.
Que no todo lo que duele merece quedarse.
Que aferrarse a alguien que no te quiere no es amor.
Es abandono propio.
Y tomar distancia fue una de las decisiones más difíciles que tuve que hacer.
No por mí.
Por mis hijos.
Porque ellos la querían.
Y aun así entendí que alejarme también era una forma de cuidarnos.
De no repetir.
De no seguir en un lugar que nos lastimaba.
Cuando creí que todo iba a mejorar, el cuerpo volvió a caer.
Ataques de pánico.
Miedo a estar con otras personas.
Sensación de no poder sostener lo cotidiano.
Y entonces llegó el psiquiatra.
Las pastillas.
Sertralina.
Litio.
Quetiapina.
Las tomé.
Pero no me reconocía.
Era como si mi cuerpo estuviera presente pero yo no.
Dormía.
Me desconectaba.
Y sentí que esa no era la forma.
No para mí.
No en ese momento.
Entonces decidí dejar.
Y buscar otra manera.
Mantener la cabeza ocupada.
Seguir.
A mi forma.
Hoy llevo casi dos años sin tratamiento psiquiátrico.
No porque esté todo bien.
Sino porque aprendí a sostenerme de otra manera.
Con lo que tengo.
Con lo que soy.
Con lo que pude construir después de todo.
Y aun así, hay días como hoy.
Donde el cuerpo vuelve a hablar.
Donde la ansiedad aparece.
Donde todo se mezcla.
Pero también hay algo que antes no estaba.
Una decisión.
Seguir.
Incluso rota.
Porque ahora sé algo que antes no sabía:
que no siempre se trata de estar bien.
A veces, se trata de no rendirse.
Y eso, aunque no se vea, también es una forma de estar viva.




























