Milei anunció por DNU más recursos para una base militar en Tierra del Fuego y habló de Malvinas, Antártida y defensa del Atlántico Sur. El problema es que las Fuerzas Armadas llegan a la nueva epopeya con 0,6% del PBI para Defensa, $40 mil millones menos en horas de entrenamiento, submarinos congelados, cuatro barcos según una de las fuentes militares y pilotos de F-16 cobrando $1,3 millones. En ese cuadro, dentro de las FFAA aparece una sospecha deliciosa: que la futura base termine mantenida y operada con fuerte presencia estadounidense. La soberanía sería argentina. La contraseña, a confirmar.
Milei decidió fortalecer militarmente el Atlántico Sur después de que su gobierno pasara buena parte de la gestión explicando que el problema de las Fuerzas Armadas era que sobraban militares.
Federico Sturzenegger sostenía que estaban sobredimensionadas: demasiados hombres para los recursos disponibles. Ahora el Presidente necesita una estructura militar capaz de proyectarse sobre el Atlántico Sur y la Antártida.
La doctrina cambió de “sobran soldados” a “faltan barcos” sin necesidad de escalas.
Y faltan cosas.
Según las fuentes militares citadas, Defensa dispone del 0,6% del PBI y necesitaría acercarse al 2% para un reequipamiento relativamente rápido. El Gobierno eliminó el Fondef y recortó $40.000 millones en horas de entrenamiento.
Traducido del presupuesto al castellano: menos vuelos, menos navegación y menos inmersiones.
Las Fuerzas Armadas están listas para entrar en combate siempre que el enemigo acepte modalidad virtual.
También están congelados los proyectos de submarinos.
La ventaja estratégica es evidente: el adversario nunca puede hundir un submarino que todavía está en PowerPoint.
Mientras tanto, Milei anuncia una gran base militar en Tierra del Fuego.
La infraestructura parece seguir el método libertario de construcción estatal:
primero se desarma lo existente y después se anuncia con entusiasmo lo que falta.
La situación salarial aporta el toque de alta tecnología. Fernando Morales, presidente de la Liga Naval, afirma que un piloto de F-16 cobra alrededor de $1.300.000.
Un caza cuesta millones de dólares.
El profesional entrenado para volarlo, bastante menos.
Argentina finalmente consiguió abaratar la guerra: lo caro es el avión; el ser humano viene en oferta.
Morales agrega otro detalle poco compatible con la épica: antes de hablar de combate habría que garantizar salud y atención a los militares. Su ejemplo es brutalmente sencillo: nadie quiere arriesgarse si no sabe dónde será atendido si pierde un dedo.
Ahí termina Top Gun y empieza la obra social.
“Defender la Patria hasta las últimas consecuencias” suena distinto cuando las últimas consecuencias requieren conseguir turno.
Los F-16 tampoco resuelven mágicamente el problema. La nota señala restricciones vinculadas con componentes británicos que limitan capacidades necesarias para operar en el Atlántico Sur.
Es difícil fabricar una metáfora mejor.
Argentina compra aviones para recuperar capacidad militar y, en la zona donde mantiene su principal disputa de soberanía, aparece Gran Bretaña hasta adentro del avión.
Malvinas queda tan lejos que hasta para acercarse hay que leer los términos y condiciones de Londres.
Hay además terrenos de bases navales en venta y un militar retirado advierte una enorme distancia entre el discurso presidencial y la realidad material de las Fuerzas Armadas.
Y entonces llega el giro argumental.
Dentro del ámbito militar, según esa fuente, sospechan que el anuncio podría preparar un esquema de fuerte presencia estadounidense en Ushuaia, semejante al de instalaciones utilizadas por Estados Unidos en España: los norteamericanos participarían de la operación y el mantenimiento mientras Argentina conservaría su sector.
No está anunciado. Es la sospecha expresada por la fuente militar.
Pero políticamente tiene una belleza funeraria.
Después de achicar recursos propios para Defensa, la solución podría consistir en descubrir que falta plata para ejercer soberanía y conseguir una potencia extranjera que ayude a ejercerla.
El Estado era demasiado grande hasta que hubo que defender el territorio.
Entonces apareció Donald Trump.
Sería el capitalismo libertario llevado a la defensa nacional: Argentina aporta ubicación estratégica, mar, acceso antártico y bandera; Estados Unidos aporta capacidad operativa.
Una especie de Airbnb geopolítico.
“Hermosa base austral con vista al Atlántico. Anfitrión argentino. Administración a consultar.”
Y todo ocurre mientras Milei endurece su discurso sobre Malvinas y sostiene que las islas fueron arrebatadas a la Argentina.
El mensaje soberanista puede sonar impecable.
El inventario tiene menos épica.
Cuatro barcos. Submarinos congelados. Menos entrenamiento. Pilotos de $1,3 millones. Defensa en 0,6% del PBI.
No hace falta una invasión.
Con ese presupuesto, alcanza con esperar el desgaste natural.
Milei quiere ahora una gran base en el extremo sur para proyectar presencia argentina sobre una de las regiones estratégicamente más importantes del planeta.
Puede construirla.
Puede inaugurarla.
Puede poner una bandera gigantesca.
Puede hasta cortar la cinta hablando de San Martín, Belgrano y los héroes de Malvinas.
El verdadero examen llegará después, cuando haya que pagar barcos, aviones, mantenimiento, combustible, entrenamiento, salarios y sanidad.
Porque la soberanía tiene una pésima costumbre:
después del discurso, manda factura.
Y si las sospechas de esos militares alguna vez se convirtieran en realidad, la Argentina habría conseguido una hazaña difícil de superar: levantar una base para reafirmar que nadie decide sobre nuestro territorio mientras otro país ayuda a operarla.
La bandera seguirá siendo celeste y blanca.
Eso no se negocia.
Para todo lo demás, MasterTrump.


























