Carlos Melconian demolió el relato económico de Javier Milei al advertir que los dólares que genera Vaca Muerta terminan financiando ahorro, turismo y consumo en el exterior. La Argentina produce la vaca; el asado se lo comen en South Beach.
La revolución libertaria acaba de inventar un modelo económico que seguramente estudiarán las universidades… siempre y cuando antes no las cierren por déficit. Se llama «extractivismo turístico». El mecanismo es sencillo: la Argentina rompe el lomo sacando petróleo, gas, soja y minerales; después junta los dólares con una pala y, acto seguido, los despide emocionada desde Ezeiza mientras parten rumbo a Miami, Orlando y Punta Cana. Nunca el concepto de libre circulación de capitales fue tan literal.
El encargado de pinchar el globo no fue un economista de La Cámpora ni un nostálgico del cepo. Fue Carlos Melconian, un hombre al que difícilmente puedan acusar de esconder un póster del Che en el placard. Desde el Congreso Nacional PyME describió una escena que duele más que una factura de gas: «El saldo comercial fue de 2.700 millones de dólares y las personas nos llevamos 2.600 millones». Traducido al castellano de barrio: Vaca Muerta ordeña dólares y el shopping de Miami agradece el esfuerzo patriótico.
La imagen es extraordinaria. Mientras un obrero se rompe la espalda en Neuquén para que entren divisas, un argentino aterriza en Florida convencido de que también está colaborando con el crecimiento económico… pero de Estados Unidos. Es la primera vez que un yacimiento petrolero tiene salida directa al Dolphin Mall.
Melconian fue todavía más cruel cuando sentenció que «los dólares de Vaca Muerta terminan en la Comuna 16, que es Miami». Y cuesta discutirle. Porque el Gobierno celebra cada superávit comercial como si hubiera encontrado la fuente de la juventud, pero la película termina siempre igual: los dólares hacen check-in, acumulan millas y desaparecen más rápido que un funcionario cuando aparece una comisión investigadora.
Eso sí, desde la Casa Rosada seguramente explicarán que no hay fuga de divisas. Lo que existe es libertad. Libertad para comprar dólares. Libertad para gastarlos afuera. Libertad para vacacionar en el exterior. Libertad para dejar las reservas con anemia mientras el Banco Central hace respiración boca a boca con cada desembolso del FMI. Una libertad tan completa que los únicos que siguen encerrados son los pesos.
Melconian también describió la famosa economía de dos velocidades. Aunque, siendo generosos, se quedó corto. Acá no hay dos velocidades: hay un puñado de sectores que facturan como si vivieran en Noruega y millones de argentinos que llegan al supermercado con la calculadora en una mano y la dignidad en la otra. La minería, el petróleo y el agro pisan el acelerador; el almacén del barrio mira la persiana preguntándose si mañana conviene abrir.
Mientras tanto, el Gobierno insiste con que el modelo funciona porque baja la inflación. Es cierto. También baja el consumo, baja la producción industrial, baja el poder adquisitivo y baja la paciencia social. La diferencia es que esas variables no suelen aparecer en los posteos triunfalistas.
La gran contradicción del experimento empieza a quedar al desnudo. El oficialismo vende el relato de una economía fuerte porque genera dólares, pero esos mismos dólares salen del país con la misma velocidad con la que entran. Es como llenar una pileta con una manguera mientras alguien abrió el tapón del fondo y encima festejar que el agua sigue corriendo.
Al final, el famoso derrame sí existía.
Sólo que el derrame nunca cayó sobre la economía argentina.
Terminó regando las playas de Miami, los hoteles de Punta Cana y las cajas registradoras de los shoppings estadounidenses, mientras acá siguen explicando que el sacrificio de hoy será la prosperidad de mañana.
Un mañana que, por lo visto, también queda en el exterior.



























