Tras la detención del consultor Fernando Cerimedo y el hallazgo de una “mini granja de bots” en Bolivia, las interacciones de Javier Milei se desplomaron y su cuenta se llenó de seguidores sin foto, sin publicaciones y sin seguidores propios. Un informe de Ad Hoc revela que las menciones al Presidente cayeron de 13 millones en febrero de 2025 a 3,7 millones en junio de 2026. Sin embargo, ningún estudio citado demuestra que más de la mitad de los tuits sean producidos por bots: hasta la militancia artificial merece que no le inventen el currículum.
La libertad avanzaba con tanta fuerza en X que cada mensaje de Javier Milei recibía miles de aplausos antes de que una persona normal terminara de leerlo. El Presidente podía publicar una cita económica, una amenaza política o una nueva variación de la palabra “mierda” y, en cuestión de minutos, aparecía una multitud digital dispuesta a celebrar su profundidad filosófica. Ahora las interacciones se desplomaron y muchos de los nuevos seguidores no tienen foto, publicaciones ni público. El milagro libertario finalmente mostró su secreto: también había que importarle los creyentes.
El cambio coincidió con la detención en Bolivia de Fernando Cerimedo, estratega digital vinculado a la campaña presidencial de Milei y fundador de La Derecha Diario. La Justicia boliviana lo imputó por tentativa de feminicidio contra su expareja embarazada y durante los procedimientos en propiedades relacionadas con él se informó el hallazgo de una “mini granja de bots”. Cerimedo pasó de fabricar tendencias a convertirse en tendencia sin necesidad de contratar refuerzos.
La relación directa entre aquella estructura y las cuentas que amplificaban a Milei en la Argentina, sin embargo, no está demostrada. El programador y analista Maximiliano Firtman advirtió que no existen pruebas concretas de que las granjas atribuidas a Cerimedo estuvieran activas en el país ni de que hayan sido desconectadas después de su detención. La coincidencia temporal despierta sospechas, pero no reemplaza una investigación técnica. Un bot puede repetir una consigna; la evidencia todavía necesita que alguien la programe correctamente.
Tampoco está probado el título que asegura que “más de la mitad de los tuits son bots”. La nota no presenta una auditoría capaz de sostener ese porcentaje ni determina el universo medido: tuits, respuestas, seguidores o interacciones. Identificar automatización en X exige acceder a datos que la propia plataforma cobra a precios elevados y distinguir entre programas, cuentas coordinadas, perfiles comprados y personas reales remuneradas para publicar. En las redes libertarias puede haber inteligencia artificial; lo que falta precisar es la proporción de cada una de las dos palabras.
Lo comprobable es el deterioro del poder digital del oficialismo. El informe Fatiga Digital, elaborado por la consultora Ad Hoc, señala que Milei pasó de registrar aproximadamente 13 millones de menciones en febrero de 2025 a 3,7 millones en junio de 2026: una caída cercana al 71,5%. El punto de inflexión fue el escándalo de la criptomoneda $LIBRA, un caso nacido en internet para un Gobierno que también había nacido allí. Milei prometió convertir a la Argentina en potencia y terminó convirtiendo un tuit en expediente judicial.
El descenso no mide por sí solo intención de voto ni cantidad de seguidores reales. Sí muestra que el Presidente perdió capacidad para dominar la conversación y colocar sus mensajes en el centro del debate. Los quince usuarios libertarios más destacados también lo mencionan menos y generan menos interacciones. Entre ellos aparecen el Gordo Dan, Traductor Te Ama y La Derecha Diario. Los soldados digitales siguen en la trinchera, pero ahora disparan publicaciones con munición vencida.
El ecosistema sufrió además un episodio que habría sido rechazado por poco creíble en una sátira. Decenas de cuentas respondieron consignas antikirchneristas acompañadas por la palabra “reply”, aparentemente incluida por error en la instrucción automatizada. Los nombres de algunos perfiles —“oxhusk”, “glyphrot”, “kip.eth” o “gr8test”— tampoco ayudaron a sostener la imagen de una movilización espontánea de argentinos preocupados por la República. La militancia salió tan orgánica que todavía traía pegada la etiqueta de fábrica.
La cuenta presidencial también sumó numerosos seguidores creados recientemente, sin fotografía, con cero seguidores y radicados aparentemente en países tan diversos como India, Polonia, Nigeria, Taiwán o Indonesia. Esos indicios son compatibles con cuentas artificiales o compradas, aunque no constituyen por sí mismos una certificación técnica. Quizás todos sean admiradores genuinos de la política fiscal argentina que casualmente decidieron abrir una cuenta el mismo mes y olvidaron ponerle rostro. La Escuela Austríaca no reconoce fronteras, fotografías ni actividad humana.
Los bots cumplen una función política concreta: aumentan respuestas, repeticiones y “me gusta”, señales que pueden ayudar a que el algoritmo muestre una publicación a más usuarios. También producen una ilusión de consenso. Una posición minoritaria puede parecer masiva, una frase irrelevante puede convertirse en tema nacional y un insulto presidencial puede presentarse como estado de ánimo colectivo. Es la vieja plaza llena, pero sin colectivos, choripanes ni manifestantes: únicamente se necesita electricidad y una tarjeta internacional.
La operación resulta especialmente eficaz cuando los medios confunden tendencia con noticia. Primero miles de cuentas coordinadas repiten una consigna; después los portales informan que “las redes estallaron”; finalmente los dirigentes responden a una conversación que quizá nunca existió fuera de las pantallas. La granja planta un mensaje, el algoritmo lo riega y el periodismo recoge la cosecha. Todo muy espontáneo, salvo la espontaneidad.
Pero el desgaste del oficialismo no puede explicarse solamente por una eventual falla en la maquinaria digital. Desde $LIBRA, las denuncias por corrupción, las internas gubernamentales y el deterioro económico erosionaron la conversación favorable. Ad Hoc registró que las menciones sobre Milei no solo disminuyeron: también se volvieron más negativas. Los bots pueden inflar un aplauso, pero todavía no consiguen bajar la factura de electricidad ni llenar una heladera. La realidad conserva la desagradable costumbre de ingresar a las redes sin pedir contraseña.
Entre el 18 y el 27 de agosto, Cerimedo acumuló alrededor de 417 mil menciones dentro de la conversación digital sobre Milei, según los datos publicados por Ad Hoc y citados por LPO. El 85,4% tuvo tono negativo, el 10,7% neutral y apenas el 3,9% resultó positivo para el Presidente. Esta vez, el estratega logró instalar agenda como nunca: solo tuvo que terminar detenido.
La caída de las interacciones expone un problema más profundo que la posible desaparición de una granja. Milei construyó una parte importante de su autoridad política sobre la idea de que las redes expresaban directamente “la voz de la gente”, sin intermediarios ni estructuras. Si esa voz estaba amplificada por cuentas falsas, operadores pagos y militantes coordinados, entonces no era el pueblo hablando: era marketing con foto de huevo.
Aún falta una investigación capaz de determinar cuántas cuentas son automatizadas, quién las financia y qué relación tuvieron con Cerimedo. Hasta entonces, afirmar que más de la mitad de los tuits son bots sería repetir con formato periodístico la misma lógica que se cuestiona: instalar una certeza mediante repetición antes de demostrarla.
Lo que ya puede afirmarse es menos espectacular, pero más devastador: Milei perdió cerca del 70% del volumen de conversación que había alcanzado y su tropa digital ya no consigue imponer agenda como antes. El Presidente todavía tiene millones de seguidores. El problema es saber cuántos lo siguen por convicción, cuántos por contrato y cuántos porque alguien olvidó escribir “end” después de “reply”.


























