Una investigación del Instituto De Machos a Hombres (IDMAH), realizada durante 45 días sobre seis perfiles masculinos en Instagram, identificó que el algoritmo conduce progresivamente a los usuarios desde contenidos de fitness y autoayuda hacia discursos misóginos y antifeministas. El estudio advierte que la radicalización digital no comienza con el odio, sino con la búsqueda de pertenencia, identidad y respuestas frente a la frustración.
La violencia digital ya no circula únicamente en los márgenes de internet. Tampoco necesita foros clandestinos, grupos cerrados o comunidades extremistas para expandirse. Hoy puede comenzar con un video sobre entrenamiento físico, una rutina de productividad o un consejo de desarrollo personal. El recorrido es casi imperceptible, pero responde a una lógica precisa: captar la atención, prolongar el tiempo de permanencia y construir comunidades cada vez más homogéneas alrededor del resentimiento.
Esa es una de las principales conclusiones de la investigación desarrollada por el Instituto De Machos a Hombres (IDMAH) y difundida por el diario español El País. Durante 45 días, el equipo dirigido por Nicko Nogués, especialista en transformación de masculinidades y director del instituto, analizó sesión por sesión las recomendaciones que el algoritmo de Instagram ofrecía a seis perfiles de varones con distintos niveles de interés en contenidos sobre masculinidad. El objetivo era comprender si la denominada «manósfera» era producto de una búsqueda deliberada de los usuarios o si las propias plataformas contribuían a conducirlos hacia esos espacios.
Los resultados modifican profundamente esa discusión.

Lejos de encontrar un salto abrupto hacia contenidos de odio, los investigadores observaron un proceso gradual de radicalización algorítmica. La secuencia comienza con publicaciones sobre ejercicio físico, liderazgo, disciplina, inversiones, emprendimientos o coaching motivacional. A continuación aparecen mensajes que reivindican modelos tradicionales de masculinidad y cuestionan los cambios culturales impulsados por el feminismo. En una tercera etapa emergen discursos que explican las frustraciones personales a partir de una supuesta pérdida de privilegios masculinos. Finalmente, el algoritmo termina recomendando contenidos abiertamente misóginos, antifeministas o vinculados con comunidades conocidas como la «manósfera».
Desde la psicología educativa, este hallazgo resulta especialmente relevante porque demuestra que la radicalización no se construye únicamente mediante la exposición a ideas extremas, sino a través de procesos de aprendizaje progresivo. La repetición constante de determinados mensajes produce lo que la literatura especializada denomina normalización cognitiva: ideas inicialmente percibidas como extremas comienzan a parecer razonables simplemente porque aparecen reiteradamente dentro del mismo ecosistema informativo.
La investigación también cuestiona una creencia ampliamente extendida: que quienes consumen estos contenidos ya poseen previamente una ideología misógina. Según el IDMAH, el punto de partida suele ser muy distinto. Los perfiles analizados muestran que el algoritmo aprovecha situaciones de vulnerabilidad emocional, incertidumbre económica, soledad o crisis identitarias para ofrecer explicaciones simples a problemas complejos.

Esta interpretación coincide con décadas de investigación sobre masculinidades. El sociólogo estadounidense Michael Kimmel, director del Centro para el Estudio de los Hombres y las Masculinidades de la Universidad de Stony Brook, sostiene que muchos movimientos masculinistas reclutan jóvenes apelando precisamente a sentimientos de frustración, pérdida de reconocimiento e incertidumbre frente a los cambios sociales. La propuesta resulta atractiva porque ofrece una identidad colectiva y un responsable claramente identificado: las mujeres y el feminismo.
Lo novedoso es que ahora ese proceso ya no depende exclusivamente de líderes de opinión como Andrew Tate, Myron Gaines o Harrison Sullivan. La propia arquitectura algorítmica de las plataformas parece facilitar ese recorrido.
Desde las ciencias de la computación se sabe que los sistemas de recomendación optimizan principalmente dos variables: tiempo de permanencia e interacción. Los contenidos que generan enojo, indignación o polarización suelen producir mayores niveles de comentarios, compartidos y visualizaciones. Como consecuencia, el algoritmo aprende que ese tipo de publicaciones mantienen cautiva la atención del usuario durante más tiempo.

El problema, entonces, no reside necesariamente en una decisión ideológica explícita de las plataformas, sino en un modelo de negocio donde la atención constituye el principal recurso económico. Si el conflicto genera más interacción, el sistema tenderá a mostrar más conflicto.
Las consecuencias educativas son profundas. La adolescencia y la juventud representan etapas centrales en la construcción de la identidad, el desarrollo moral y la formación del pensamiento crítico. Cuando una plataforma organiza progresivamente el universo informativo de un usuario mediante recomendaciones cada vez más homogéneas, disminuyen las posibilidades de confrontar perspectivas diferentes y aumenta el riesgo de construir explicaciones simplificadas de la realidad.
Este fenómeno se potencia con otro proceso ampliamente documentado por la psicología social: las cámaras de eco digitales. Los usuarios terminan interactuando casi exclusivamente con personas, discursos y contenidos que refuerzan sus propias creencias, consolidando procesos de polarización y reduciendo la capacidad de cuestionamiento.
La investigación del IDMAH desplaza así el foco del debate. Durante años la preocupación estuvo centrada en los influencers misóginos o las comunidades incel. Hoy la pregunta es mucho más incómoda: ¿qué responsabilidad tienen las plataformas digitales cuando sus algoritmos favorecen trayectorias que terminan normalizando la violencia simbólica contra mujeres y diversidades?
La respuesta no es sencilla, pero los datos obligan a revisar una idea instalada durante años: que los algoritmos son neutrales.
Cada recomendación seleccionada, cada contenido priorizado y cada perfil sugerido participa activamente en la construcción de subjetividades. Las plataformas ya no solo distribuyen información. También organizan emociones, producen identidades y modelan formas de comprender el mundo.
En ese escenario, la violencia digital deja de ser únicamente un problema de contenidos para convertirse en un problema de diseño tecnológico. Y comprender cómo operan esos mecanismos constituye uno de los mayores desafíos educativos, culturales y democráticos de la inteligencia artificial contemporánea.



























