La caída de Manuel Adorni terminó de desnudar quién administra el poder real en la Casa Rosada. Mientras Javier Milei coleccionaba premios en España, Karina Milei y los Menem redibujaban el mapa del Gobierno y ahora la última dirigente con autonomía política quedó en la mira.
Las internas del oficialismo ya dejaron de parecerse a una discusión política. Se parecen cada vez más a un reality donde, todas las semanas, alguien escucha la frase más temida del programa: «Traé la credencial y apagá la luz cuando salgas». Esta vez le tocó a Manuel Adorni, que pasó de ser el custodio de la palabra presidencial a convertirse en el primer fusible descartable del experimento libertario. Pero la novela no terminó ahí. Apenas terminó un capítulo, ya empezó el casting para la próxima eliminación.
Y todos los reflectores apuntan hacia Patricia Bullrich.
La salida de Adorni dejó una enseñanza que vale más que cien comunicados oficiales: en este Gobierno las decisiones importantes ya no esperan al Presidente. Mientras Javier Milei recorría España levantando diplomas honoríficos y recibiendo premios con nombres tan largos como desconocidos, en Buenos Aires ya estaba resuelto quién caía y quién ocupaba el sillón. La Rosada funcionó con normalidad, sólo que sin el detalle menor de consultar al inquilino principal.
Cuando trascendió que Diego Santilli era el elegido para reemplazar a Adorni, la Casa Rosada salió desesperadamente a instalar otros nombres, como si el problema fuera la primicia y no la velocidad con la que la realidad había dejado viejo al relato oficial. Pablo Quirno apareció durante algunas horas como candidato, pero duró menos que un discurso libertario sin mencionar a la casta. Nunca estuvo realmente en carrera. El pecado había sido demasiado grande: mostrar simpatía por el sector equivocado de la interna.
Porque en el universo libertario las ideologías duran poco. Las lealtades todavía menos. Lo único permanente es la geografía del poder.
Y ese mapa hoy tiene un único centro de gravedad: Karina Milei.
Aunque muchos siguen hablando del poder de la hermana presidencial, cada vez queda más claro que ese poder también tiene apellido. Los Menem ya controlan Diputados, el armado electoral, buena parte de la relación con la Justicia, la Jefatura de Gabinete y ahora avanzan sobre el Senado. Algunos todavía creen que Karina concentra poder. Otros empiezan a sospechar que Karina y los Menem ya son prácticamente la misma oficina con distintos escritorios.
Bullrich es la última dirigente que todavía conserva un territorio propio. Y justamente por eso empezó a transformarse en un problema.
La senadora ya recibió el primer aviso cuando fue cruzada en plena reunión del bloque libertario por dirigentes alineados con la Casa Rosada. No fue una discusión casual ni un exabrupto parlamentario. Fue un mensaje con destinataria, remitente y acuse de recibo. Después vino el grupo de WhatsApp con Karina incluida, las convocatorias directas desde Balcarce 50 y el progresivo vaciamiento de la autoridad política que Bullrich todavía conservaba sobre los senadores.
En otras palabras, ya empezaron a medirle el despacho.
La paradoja resulta deliciosa. Patricia Bullrich llegó prometiendo terminar con la vieja política y ahora descubre que la vieja política siempre encuentra maneras nuevas de comerse a los propios. Después de años sobreviviendo al menemismo, la Alianza, el macrismo y el mileísmo, podría terminar convertida en otra víctima del deporte favorito de la Casa Rosada: la motosierra aplicada puertas adentro.
Mientras tanto, Diego Santilli desembarca en la Jefatura de Gabinete con un manual de supervivencia bastante más sofisticado que el de su antecesor. Sabe perfectamente cuáles son los casilleros que ya tienen dueño y entiende que, en este Gobierno, administrar no siempre significa mandar. A veces alcanza con no molestar demasiado a quienes realmente toman las decisiones.
La gran incógnita es cuánto tiempo durará ese equilibrio.
Porque si algo enseñó la caída de Adorni es que nadie tiene estabilidad garantizada. En la Argentina libertaria ya no existen ministros permanentes.
Existen funcionarios en período de prueba.
Y la que acaba de recibir el telegrama de preaviso, aunque todavía conserve el despacho, parece ser Patricia Bullrich.




























