En su debut como vocero presidencial, Adrián Ravier reconoció que la industria, el comercio y miles de argentinos atraviesan dificultades económicas, defendió el rumbo del Gobierno y dejó abierta la posibilidad de investigar internamente el legado administrativo de Manuel Adorni. Después de un año y medio culpando a la herencia, el relato finalmente chocó con la góndola.
La Casa Rosada inauguró una nueva etapa. No cambió el modelo económico, no bajó el dólar, no repuntó el consumo ni aparecieron los brotes verdes que vienen prometiendo desde diciembre de 2023. Lo que cambió fue el libreto. Después de meses explicando que el país estaba viviendo un milagro económico sólo interrumpido por periodistas, gobernadores, jubilados, universidades, artistas, científicos, comerciantes, industriales y cualquier argentino que tuviera la mala costumbre de mirar la heladera antes que la planilla de Excel, apareció Adrián Ravier para anunciar un descubrimiento revolucionario: hay gente que no la está pasando bien.
Qué conmovedor.
Resulta que las persianas bajas no eran un efecto óptico. Los comercios vacíos no eran inteligencia cubana. Las fábricas trabajando al cuarenta por ciento de su capacidad no eran una conspiración de la CGT. Los despidos no los organizaba el Instituto Patria y el changuito del supermercado efectivamente seguía llegando más liviano que el discurso oficial.
La realidad, después de un año y medio golpeando la puerta, finalmente consiguió acreditación para entrar a la conferencia de prensa.
Ravier recurrió a la metáfora médica para explicar el momento económico. Dijo que el país salió de terapia intensiva y ahora está de pie. El problema es que millones de argentinos sienten que el único paciente que recibió el alta fue el PowerPoint del Ministerio de Economía, porque la economía real sigue esperando que alguien le saque el respirador. Debe ser el único tratamiento del mundo donde el médico felicita la evolución mientras el enfermo vende la heladera para comprar remedios.
La explicación sobre el dólar fue todavía más creativa. Según el nuevo vocero, los argentinos siguen comprando dólares porque tienen miedo de que algún día vuelva otro gobierno. Es brillante. La culpa ya ni siquiera la tiene el pasado. Ahora también la tiene el futuro. El oficialismo administra el presente, pero las consecuencias siempre pertenecen a otra administración, aunque todavía no exista.
El peso, según esa lógica, es una maravilla. El único inconveniente es que los propios argentinos insisten en no creerle al Gobierno que les explica todos los días por qué deberían confiar en una moneda de la que el propio Presidente descreía hasta hace poco. Una rareza nacional: el Gobierno hace campaña por el peso mientras la gente hace fila para comprar dólares.
Como si eso no alcanzara, Ravier dejó flotando otra bomba política. Consultado sobre los gastos atribuidos a Manuel Adorni, reconoció que una investigación interna «se está evaluando». Traducido del castellano burocrático, significa que el funcionario que hasta hace una semana era defendido como víctima de una persecución ahora empezó a convertirse en material de auditoría. En la Casa Rosada las lealtades duran exactamente hasta que aparece el primer resumen de la tarjeta.
El nuevo vocero también presentó el desembarco de Diego Santilli como el comienzo de una etapa de acuerdos políticos. Es un giro fascinante. Durante la campaña los acuerdos eran casta. Los gobernadores eran degenerados fiscales. La negociación parlamentaria era una inmundicia de la vieja política. Hoy todo eso cambió de nombre. Ahora se llama gobernabilidad. La motosierra descansa prolijamente en un rincón mientras la rosca volvió a ocupar el despacho principal.
Ni siquiera los combustibles escaparon a la épica. Ravier defendió haber cuadruplicado su precio porque había que corregir distorsiones. Una explicación impecable para cualquiera… salvo para el que tiene que llenar el tanque. La libertad de mercado funciona con una precisión admirable: el surtidor siempre entiende el concepto antes que el salario.
La primera conferencia de Adrián Ravier terminó dejando una imagen bastante más potente que cualquiera de sus respuestas. Después de meses asegurando que todo marchaba mejor que nunca, el Gobierno finalmente tuvo que admitir que hay sectores enteros que están cayéndose a pedazos. No porque haya cambiado la economía. Cambió el vocero. Y cuando un gobierno cambia de relator sin modificar el partido, generalmente no es porque mejoró el resultado.
Es porque ya no alcanza con negar el marcador.



























