Guido Sandleris, expresidente del Banco Central de Macri, encontró la paradoja que atormenta al oficialismo: hay equilibrio fiscal, dólar estable y crecimiento, pero los argentinos insisten en mirar el sueldo, el empleo y las tarifas antes de votar. Encima recomendó obra pública. Dos años de motosierra para descubrir, a meses de 2027, que las rutas también eran populismo electoralmente útil.
Guido Sandleris llegó a la Bolsa de Comercio de Córdoba con una noticia verdaderamente dramática para el Gobierno: los votantes siguen comiendo.
El descubrimiento altera bastante el programa económico.
Porque según el expresidente del Banco Central de Mauricio Macri, la economía argentina está “mucho mejor” que cuando asumió Javier Milei. Hay equilibrio fiscal, superávit comercial, estabilidad cambiaria, menor inflación y crecimiento.
Todo precioso.
El pequeño desperfecto es que Milei está perdiendo apoyo.
Una ingratitud estadística difícil de comprender.
El Gobierno ordenó las planillas y la gente todavía pretende ordenar la heladera.
Sandleris lo llamó “paradójico”. Y tiene razón. En un país económicamente serio, una familia debería emocionarse cuando descubre que el balance comercial dio superávit mientras calcula cuál tarjeta todavía tiene margen para comprar carne.
Pero el argentino conserva costumbres primitivas.
Quiere cobrar.
Quiere conseguir trabajo.
Quiere pagar la luz sin organizar un crowdfunding.
Después, si queda tiempo, festeja el equilibrio fiscal.
Según Sandleris, si las elecciones fueran ahora Milei rondaría el 40%, pero la dinámica de confianza viene deteriorándose. Y ahí aparece el detalle que arruina el PowerPoint: el empleo registrado cayó, creció el no registrado y los salarios privados reales permanecen aproximadamente 4% por debajo de los niveles anteriores.
Es decir, la macroeconomía se recuperó.
Al trabajador todavía no le avisaron.
Debe estar en spam.
El problema es particularmente incómodo porque el Gobierno construyó buena parte de su relato alrededor de la idea de que acomodando las variables macroeconómicas llegaría después la recuperación.
Y llegó.
Sólo que aparentemente tomó otro colectivo.
Vaca Muerta crece.
El campo exporta.
Las cuentas cierran.
Los sectores más dinámicos avanzan.
Y el empleo de calidad contempla el fenómeno desde una distancia prudencial para no interferir.
Eso también lo explicó Sandleris: buena parte de los sectores que impulsan el crecimiento son menos intensivos en mano de obra.
Una maravilla tecnológica.
La economía aprendió a crecer sin la molesta participación del trabajador.
Finalmente conseguimos eliminar otro intermediario.
Pero todavía faltaba la tarifa.
Porque mientras los salarios no despegaron, aumentó el peso de los servicios públicos sobre los ingresos familiares.
Entonces el consumidor hizo algo completamente irracional: consumió menos.
El Gobierno debería investigar este comportamiento.
Quizás haya detrás una organización kirchnerista coordinando personas para que, después de pagar electricidad, gas, transporte, alquiler y tarjeta, no tengan plata.
No puede ser casualidad.
Sandleris también habló del endeudamiento y la mora récord de los consumidores.
Otro sector que aparentemente no comprendió las virtudes del programa.
Hay argentinos que se endeudaron, dejaron de pagar y ahora tampoco parecen dispuestos a dinamizar alegremente el crédito.
Hace unos días Milei explicó que a nadie le pusieron “una pistola en la cabeza para endeudarse”.
Correcto.
En muchos casos alcanzó con ponerles un supermercado adelante.
Pero el momento sublime de la exposición llegó cuando Sandleris propuso una herramienta para conseguir que la recuperación llegue más rápido a la calle antes de las elecciones:
obra pública.
Perdón.
¿La qué?
Obra pública.
Después de dos años explicando que era una guarida de contratistas, corrupción, gasto improductivo y keynesianismo con casco amarillo, resulta que ahora podría servir para generar actividad y empleo.
El cadáver todavía estaba tibio y ya preguntaron si podía fiscalizar.
La sugerencia es especialmente deliciosa porque Sandleris advierte que existe una ventana de aproximadamente seis meses. Después del primer trimestre de 2027, dice, sería demasiado tarde para que ese impulso económico llegue antes de las elecciones.
Traducido del economista:
si van a convertirse en populistas, háganlo rápido.
No alcanza con inaugurar la ruta.
Tiene que secarse el asfalto antes de que empiece la campaña.
Y ahí aparece una escena extraordinaria.
El Gobierno que hizo de la eliminación de la obra pública una demostración de superioridad moral podría llegar a 2027 buscando una pala para mejorar la actividad.
No por nostalgia desarrollista.
Por calendario electoral.
La pala no vuelve como instrumento del Estado presente.
Vuelve como consultora de imagen.
Sandleris aclara que habría margen para hacerlo sin romper el equilibrio fiscal. También sostiene que el rumbo debe mantenerse y reconoce que Milei recibió una economía explosiva.
No está proponiendo exactamente un giro keynesiano.
Está señalando algo bastante más incómodo: que una macroeconomía ordenada que no produce mejoras perceptibles en empleo e ingresos puede ser económicamente defendible y electoralmente venenosa.
Porque las elecciones tienen esa costumbre vulgar de contabilizar personas en lugar de planillas.
Un voto por ciudadano.
Ni siquiera ponderan por reservas.
Caputo, mientras tanto, se mostró “sumamente optimista” respecto de la reelección.
Y es lógico.
Economía observa superávit, inflación, actividad, reservas, balance comercial.
Después están los hogares.
Ese indicador todavía no cotiza.
Lo fascinante es que la advertencia venga de Sandleris, un economista del macrismo.
No exactamente Hebe de Bonafini resucitada pidiendo control de precios.
Un expresidente del Banco Central de Macri tuvo que viajar a Córdoba para comunicarle al libertarismo una revelación revolucionaria:
la estabilidad tiene que llegar eventualmente hasta el ser humano.
Y rápido.
Porque 2027 se acerca.
El Gobierno todavía tiene tiempo para que el crecimiento alcance al empleo, mejore el salario, afloje la morosidad y se recupere el consumo.
También podría reactivar reparaciones y obras.
Lo complicado será explicarlo.
Después de llamar “casta” a medio sistema político, “curro” a la obra pública y “degenerados fiscales” a quienes pedían gastar más, quizás Milei termine entrando al año electoral con una cinta para cortar inauguraciones.
No sería una contradicción.
Sería una desregulación ideológica.
Al final, Sandleris no diagnosticó que la economía esté mal.
Diagnosticó algo mucho peor para un gobierno que quiere reelegirse:
que puede estar bien sin que suficientes argentinos sientan que ellos también lo están.
Y contra ese problema todavía no inventaron motosierra.
Porque para ganar una elección no alcanza con que cierren las cuentas.
También tiene que llegar a fin de mes el que las vota.


























