El Gobierno llega a sus primeros mil días exhibiendo superávit fiscal y desaceleración inflacionaria, pero detrás de la estabilización aparece otra economía: el empleo privado registrado cayó 4,3%, la industria produce 12% menos que en 2023, la construcción retrocedió 13,4% y seis de cada diez endeudados de barrios populares pidieron dinero para comprar alimentos.
Los primeros mil días de Javier Milei permiten empezar a medir su programa económico más allá de la discusión sobre un indicador aislado. El Gobierno consiguió reducir considerablemente la velocidad de la inflación respecto del comienzo de su gestión y sostuvo el superávit fiscal mediante un fuerte recorte del gasto. Pero cuando la comparación se extiende a producción, empleo, inversión, salarios y consumo, el balance muestra que la estabilización tuvo un costo profundo sobre el mercado interno.
La economía creció 4,4% durante 2025 y las proyecciones citadas para 2026 anticipan una expansión del 3,6%. Sin embargo, buena parte de ese crecimiento se concentra en energía, minería y agro, sectores con fuerte capacidad exportadora pero menor generación relativa de empleo que la industria, la construcción o el comercio. Estas últimas actividades, mucho más conectadas con el salario y el consumo de los hogares, permanecen rezagadas.
Esa diferencia explica una de las principales contradicciones de la economía de Milei: el PBI puede crecer mientras cientos de miles de trabajadores pierden sus empleos formales y una parte considerable de las fábricas continúa con sus máquinas apagadas.
La industria produce 12% menos que antes de Milei
La industria ofrece una de las fotografías más contundentes. Comparada con el primer semestre de 2023, la producción manufacturera cayó 12% y la utilización de la capacidad instalada pasó del 66,6% al 57,6%. En términos concretos, las fábricas no solamente producen menos: también utilizan una proporción mucho menor de las máquinas e instalaciones que ya poseen.
El deterioro alcanza a prácticamente todo el entramado manufacturero: once de los doce bloques analizados registraron una utilización inferior de su capacidad instalada.
La industria automotriz pasó de utilizar 59,6% de su capacidad a 41,7%; la metalmecánica no automotriz cayó del 55,4% al 38% y los textiles, del 53,7% al 39,2%. La refinación de petróleo fue la excepción.
La producción también muestra diferencias enormes entre sectores. Los textiles acumularon una contracción del 34%, maquinaria y equipo retrocedió 33,4% y otros equipos e instrumentos, 30%.
La apertura comercial agrava el escenario para actividades que deben enfrentar simultáneamente dos problemas: más competencia importada y un mercado interno con menor capacidad de compra. Durante el primer semestre de 2026, el Índice de Producción Industrial se ubicó 2,2% por debajo del mismo período de 2025 y el promedio de la gestión Milei quedó 10,2% debajo del período anterior.
Casi 100.000 empleos industriales desaparecieron
La menor producción terminó trasladándose al empleo. Entre noviembre de 2023 y mayo de 2026, la industria perdió 97.312 trabajadores registrados, una reducción del 8%.
El sector pasó de 1.215.092 trabajadores registrados en unidades productivas industriales a 1.117.780.
Pero la destrucción no se limitó a los puestos laborales. Durante los primeros 30 meses de gestión desaparecieron más de 30.600 empresas empleadoras, alrededor del 6% del total, y el universo quedó reducido a aproximadamente 481.000 firmas.
La combinación es especialmente preocupante porque cuando desaparece una empresa no solamente se pierde el empleo existente. También se elimina capacidad productiva, conocimiento, proveedores, relaciones comerciales y potencial de contratación futura.
La construcción tampoco volvió al punto de partida
La construcción siguió una trayectoria similar, golpeada especialmente por la paralización de la obra pública.
La actividad pasó de un promedio de 153,1 puntos durante el primer semestre de 2023 a 132,6 puntos en igual período de 2026: una caída del 13,4%.
Los despachos de cemento muestran un deterioro todavía mayor. El promedio mensual cayó desde 1.029.965 toneladas hasta 780.201, una contracción del 24,2%. La producción de minerales no metálicos vinculada directamente con la construcción retrocedió 25,7%.
El problema de industria y construcción es particularmente relevante porque se trata de actividades con capacidad para generar empleo directo y, al mismo tiempo, movilizar extensas cadenas de proveedores y servicios.
274.600 empleos privados registrados menos
La fotografía general del trabajo formal confirma que el deterioro excede a una actividad específica.
Entre diciembre de 2023 y mayo de 2026, el empleo asalariado privado registrado cayó de 6.382.700 a 6.108.100 trabajadores.
Son 274.600 puestos menos, una contracción del 4,3%.
La pérdida alcanzó a 19 de las 24 jurisdicciones argentinas. Buenos Aires encabezó el retroceso en términos absolutos con aproximadamente 100.900 empleos menos, mientras Santa Cruz, Tierra del Fuego y Chubut sufrieron las mayores caídas porcentuales.
Este dato ayuda a entender por qué el crecimiento del PBI no necesariamente se traduce en una recuperación perceptible para los hogares. Una economía impulsada principalmente por energía, minería y determinadas actividades agroexportadoras puede aumentar producción y exportaciones sin generar una cantidad de puestos comparable con una expansión basada en industria, construcción y comercio.
Puede crecer la economía y, al mismo tiempo, achicarse el universo de trabajadores con empleo privado registrado.
El salario mínimo perdió cerca del 40%
Quienes conservaron su trabajo tampoco necesariamente recuperaron lo perdido durante el comienzo del ajuste.
El salario mínimo acumula una pérdida cercana al 40% de su poder adquisitivo respecto de noviembre de 2023, mientras los trabajadores del sector público aparecen entre los más perjudicados por la política salarial.
La desaceleración inflacionaria modificó la velocidad a la que aumentan los precios, pero no devuelve automáticamente el poder adquisitivo perdido previamente. Si un salario sufrió una fuerte caída real durante el salto inflacionario inicial y después comienza a acompañar a una inflación menor, deja de deteriorarse al mismo ritmo, pero continúa partiendo desde un escalón considerablemente más bajo.
Esa diferencia resulta central para entender por qué una inflación más baja puede coexistir con hogares que continúan sintiendo que sus ingresos no alcanzan.
Jubilaciones: el bono sigue congelado en $70.000
Los jubilados también absorbieron una parte importante del ajuste. La fórmula de movilidad actualiza los haberes siguiendo la inflación, pero el bono destinado a quienes perciben la mínima permanece congelado en $70.000 desde marzo de 2024.
Para septiembre de 2026, el haber mínimo llegó a $428.633,20 y, sumando el bono, el ingreso bruto alcanzó $498.633,20.
Además, después del vencimiento de la moratoria previsional en marzo de 2025, las nuevas altas jubilatorias se redujeron fuertemente. Durante la primera mitad de 2026 se registraron 99.673 hasta el 16 de junio: 45% menos que durante igual período de 2025 y 53% menos que en 2024.
Cuando el salario no alcanza, aparece la deuda
La consecuencia de salarios deteriorados y empleo formal en retroceso aparece directamente en el consumo.
El comercio mayorista y minorista se ubicó 5,6% por debajo del primer semestre de 2023. Más revelador todavía es lo que ocurre dentro de los hogares.
Un relevamiento realizado sobre 5.000 casos en 15 provincias encontró que el 74,4% de los hogares consultados no consigue cubrir con sus ingresos los gastos mínimos mensuales. El 61,8% tiene alguna deuda y, entre quienes están endeudados, el 59,8% utilizó ese financiamiento para comprar alimentos.
Ese último número explica un cambio cualitativo. Endeudarse para comprar un electrodoméstico, un vehículo o afrontar un gasto extraordinario implica trasladar consumo futuro hacia el presente. Endeudarse para comprar comida significa algo distinto: el ingreso corriente ya no alcanza para financiar el consumo corriente.
La tarjeta, la billetera virtual o el préstamo permiten cerrar momentáneamente esa brecha, pero trasladan parte del gasto al mes siguiente. Cuando llega el próximo vencimiento, la familia debe afrontar simultáneamente los gastos nuevos y la deuda vieja.
Así comienza una rueda de refinanciación cada vez más difícil de abandonar.
La morosidad familiar llegó al nivel más alto desde 2001
Después de una interrupción en junio vinculada, entre otros factores, al cobro del medio aguinaldo, la morosidad volvió a aumentar en julio y retomó una tendencia que llevaba 19 meses consecutivos.
La irregularidad de las familias llegó al 12,94% y la correspondiente a las empresas al 3,61%, niveles que el material relevado identifica como los más elevados desde la crisis de 2001.
La deuda termina funcionando así como puente entre dos indicadores que pueden parecer separados: salarios que no alcanzan y consumo que resiste durante un tiempo.
Una familia puede mantener sus compras aunque pierda poder adquisitivo utilizando crédito. Pero esa resistencia tiene un límite. Cuando las cuotas empiezan a absorber el ingreso futuro, el consumo termina cayendo y la mora aumenta.
El superávit también enfrenta su propia encerrona
El Gobierno presenta el equilibrio fiscal como uno de los principales resultados de estos mil días. Sin embargo, el propio ajuste comienza a producir una dificultad adicional: una economía interna debilitada recauda menos impuestos.
Durante agosto, el gasto primario devengado cayó 10,3% interanual en términos reales. Las transferencias a las provincias se redujeron 86,1% y los programas sociales —sin contar AUH y asignaciones familiares— retrocedieron 40,6%.
Al mismo tiempo, durante los primeros ocho meses de 2026 la recaudación tributaria acumuló una caída real del 3,7%.
Ahí aparece un círculo difícil de romper: menor actividad interna deteriora la recaudación; para preservar el resultado fiscal se ajusta nuevamente el gasto; menos gasto significa menor demanda pública; esa reducción vuelve a golpear actividades económicas y termina presionando otra vez sobre los ingresos fiscales.
El superávit puede mantenerse, pero cada nueva vuelta de ajuste necesaria para sostenerlo puede profundizar el problema que erosiona la recaudación.
Mil días después, la estabilización tiene una factura
El balance económico de los primeros mil días no puede reducirse a afirmar que todo empeoró ni tampoco a mostrar solamente la inflación y el resultado fiscal.
Milei consiguió desacelerar la inflación y consolidar un superávit mediante una transformación profunda del esquema económico. Pero los datos permiten identificar con bastante precisión quién absorbió buena parte del costo: la industria produce 12% menos que en 2023; la construcción cayó 13,4%; desaparecieron 274.600 empleos privados registrados; el salario mínimo perdió cerca del 40% de su poder adquisitivo y casi seis de cada diez endeudados relevados en barrios populares tuvieron que recurrir al crédito para comprar alimentos.
Al mismo tiempo, las actividades vinculadas con energía, minería y agro sostienen buena parte del crecimiento agregado.
Esa es la verdadera discusión después de mil días: no solamente cuánto crece la economía argentina, sino qué sectores crecen, cuántos puestos de trabajo generan y cuánto de esa recuperación llega finalmente al ingreso de las familias.
Porque una economía puede mostrar mejores números fiscales, menor inflación y crecimiento del PBI. Pero si para conseguirlos produce menos industria, destruye empleo formal y empuja a las familias a endeudarse para comer, la estabilización deja de ser solamente un logro macroeconómico: también tiene una factura, y alguien la está pagando.


























