Después de que Milei fuera el primer presidente argentino en asistir al festejo del 4 de Julio en la embajada de Estados Unidos, la Fragata Libertad navegó por Nueva York para homenajear los 250 años de la independencia norteamericana. Al ritmo que viene la política exterior, cualquier día el Cabildo termina pidiendo visa.
La Fragata Libertad siempre fue el orgullo flotante de la Argentina. Surcó océanos formando oficiales, llevando la bandera nacional a todos los continentes y mostrando que un país también puede ejercer diplomacia sin arrodillarse. Hasta que apareció este gobierno y descubrió que la mejor forma de representar la soberanía nacional era usarla de escenografía en la fiesta patria de otro.
Mientras los guardiamarinas desplegaban las velas sobre el río Hudson, la escena parecía escrita por un guionista con demasiado humor negro: el barco que lleva por nombre Libertad navegando para celebrar la independencia ajena, mientras en casa se discute vender tierras, regalar ciudadanía al mejor postor y convertir la política exterior en un club de fans de Donald Trump.
La metáfora venía sola.
Porque una cosa es participar de un evento internacional entre decenas de países, algo habitual para un buque escuela, y otra muy distinta es convertir cada gesto diplomático en una demostración pública de devoción política. Ya no alcanza con sacarse selfies con la bandera estadounidense, ir al cóctel del embajador o repetir el libreto de Washington. Ahora también hay que llevar el velero más emblemático del país para que haga de telón de fondo del cumpleaños del anfitrión.
Parece que la doctrina de las «relaciones carnales» quedó anticuada. Esto ya pertenece a otra categoría. Es el «all inclusive geopolítico»: tragos, desfile, saludos protocolares, discursos sobre la libertad y una fragata argentina decorando el paisaje para que la postal salga completa.
Como broche de oro, Milei saludó el aniversario asegurando que Estados Unidos debe seguir siendo «el faro de la libertad en el Norte», mientras Argentina será «el faro de la libertad en el Sur». Traducido al castellano criollo: uno pone el faro y el otro paga la electricidad.
Mientras tanto, la Fragata Libertad abrió sus puertas a los turistas en Nueva York para que conocieran una parte de la historia naval argentina. Un gesto noble, como ocurre en cada puerto que visita. Lo curioso es que, en estos tiempos, cuesta distinguir dónde termina la diplomacia y dónde empieza la necesidad permanente del Gobierno de demostrar fidelidad ideológica ante cualquier cámara que apunte hacia Washington.
La paradoja resulta exquisita. El oficialismo se llena la boca hablando de soberanía, patria y traidores, pero cada semana parece encontrar una nueva oportunidad para practicar una política exterior donde la autonomía nacional entra siempre en segundo plano y el entusiasmo por agradar ocupa el escenario principal.
La Fragata sigue llamándose Libertad.
Solo que, últimamente, parece navegar con GPS prestado.



























