La soberanía para el discurso, el RIGI para Harbour

La británica Harbour Energy posee el 15% de Southern Energy, el primer proyecto de GNL incorporado al RIGI, aunque la misma sociedad —antes denominada Premier Oil— fue inhabilitada durante 15 años por operar sin autorización argentina cerca de Malvinas. El negocio recibió estabilidad fiscal, aduanera y cambiaria mientras la empresa promete invertir unos USD 100 millones. El beneficio privado es concreto; el costo jurídico, fiscal y político queda del lado argentino.

Javier Milei promete perseguir a las empresas vinculadas con la explotación petrolera en Malvinas, pero su propio Gobierno incorporó al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones un proyecto integrado por Harbour Energy, la petrolera británica que heredó la identidad jurídica de Premier Oil.

No se trata solamente de una contradicción discursiva. Detrás del caso aparece una arquitectura económica bastante más profunda: la Argentina entrega beneficios fiscales, libertad cambiaria y estabilidad regulatoria durante décadas; la compañía obtiene acceso privilegiado al gas de Vaca Muerta y a los mercados internacionales; mientras el Estado asume el costo de explicar por qué una empresa castigada por desconocer su soberanía consiguió ingresar por la puerta más importante del programa energético libertario.

El negocio funciona porque cada actor recibe algo. Harbour consigue rentabilidad y seguridad jurídica. Sus socios convierten el gas en dólares exportables. El Gobierno obtiene una inversión para exhibir como éxito del RIGI. La dirigencia puede hablar de soberanía por cadena nacional y, simultáneamente, garantizarles previsibilidad a las corporaciones conectadas con el entramado petrolero británico.

Quienes pierden son más difíciles de fotografiar: el Estado nacional, que resigna capacidad tributaria y regulatoria; las empresas locales que compiten sin privilegios equivalentes; los trabajadores y proveedores argentinos si no existen obligaciones suficientes de integración nacional; y la sociedad, que aporta el recurso natural, la infraestructura y la estabilidad jurídica sin conocer con precisión cuánto valor quedará en el país.

Harbour no recibió el RIGI sola, pero sí participa de sus beneficios

La Resolución 559/2025 aprobó el ingreso de Southern Energy al RIGI como vehículo de proyecto único para desarrollar una plataforma de exportación de gas natural licuado. Formalmente, el beneficiario es Southern Energy y no Harbour Energy de manera individual. Esa precisión jurídica importa: afirmar simplemente que el Gobierno “le dio el RIGI a Harbour” puede facilitar la defensa oficial.

Pero también importa la realidad económica. Harbour posee el 15% de Southern Energy y participa, en esa proporción, de las ganancias y ventajas obtenidas por el proyecto. El resto de la sociedad está integrado por Pan American Energy, con el 30%; YPF, con el 25%; Pampa Energía, con el 20%; y Golar LNG, con el 10%.

Harbour informó que su desembolso estimado hasta el comienzo de las operaciones comerciales será de aproximadamente USD 100 millones. A cambio, obtiene participación en un proyecto de dos buques flotantes, con una capacidad aproximada de seis millones de toneladas anuales de GNL y acceso directo a los mercados internacionales. La propia compañía destacó entre los beneficios del RIGI la posibilidad de dolarizar los ingresos después de tres años de producción.

El proyecto prevé iniciar operaciones hacia finales de 2027 y cuenta con autorizaciones para exportar durante treinta años. Eso significa que las decisiones tomadas por el actual Gobierno condicionarán la política energética, tributaria y cambiaria de varias administraciones futuras.

El RIGI no es solamente una promoción para construir instalaciones. Es un contrato político de largo plazo mediante el cual el Estado reduce su margen de intervención para disminuir el riesgo empresario.

El antecedente que no estaba escondido

Premier Oil fue declarada clandestina e inhabilitada en 2013 por realizar actividades hidrocarburíferas en la plataforma continental argentina, cerca de las Islas Malvinas, sin autorización del Estado nacional. La Resolución 481 dispuso expresamente la prohibición de desarrollar actividades en la Argentina durante quince años.

En 2021, Premier Oil PLC pasó a denominarse Harbour Energy PLC. No se creó simplemente una sociedad sin relación con la anterior: el registro británico continúa identificándola con el número societario SC234781.

La continuidad del número registral fortalece la hipótesis de que se trata de la misma persona jurídica con un nuevo nombre y una estructura accionaria reorganizada. Un cambio de accionistas puede transformar el control económico de una sociedad, pero no necesariamente borra sus obligaciones, sanciones o pasivos regulatorios.

La defensa empresarial sostiene que Harbour debe considerarse diferente de Premier por la combinación con Chrysaor y por la posterior modificación de su composición accionaria. También argumenta que su salida de Sea Lion eliminó la conducta que originó el conflicto.

Sin embargo, una modificación societaria no equivale automáticamente a una revocación administrativa. Si la sanción argentina fue dejada sin efecto, debería existir un acto formal que lo dispusiera y explicara sus fundamentos. Una autorización posterior para adquirir activos o integrar un proyecto no reemplaza necesariamente esa decisión.

En el escenario más favorable para Harbour, los quince años se cuentan desde septiembre de 2013 y la inhabilitación vence en 2028. Aun bajo esa interpretación, estaba vigente cuando la petrolera ingresó a Southern Energy y cuando el Ministerio de Economía aprobó el RIGI en abril de 2025.

La interpretación según la cual el plazo comenzaría cuando Harbour abandonó efectivamente Sea Lion, en septiembre de 2022, podría extender la restricción hasta 2037. Pero esa tesis necesita una determinación administrativa o judicial: no puede presentarse como una conclusión legal firme.

El primer ganador es Harbour

Harbour ingresó al país mediante la adquisición de los activos internacionales de Wintershall Dea y convirtió a la Argentina en una pieza central de su estrategia global. La empresa reconoce que posee más de 700 millones de barriles equivalentes de petróleo en recursos contingentes, principalmente asociados con Vaca Muerta, además de participaciones en Tierra del Fuego y Neuquén.

Southern Energy le permite resolver uno de los mayores problemas comerciales del gas argentino: salir al mercado mundial. Sin plantas de licuefacción, gasoductos y terminales exportadoras, los enormes recursos de Vaca Muerta permanecen condicionados por la demanda interna y la infraestructura regional.

El RIGI reduce el riesgo para hacer esa inversión. Harbour accede a estabilidad normativa, facilidades tributarias y aduaneras y disponibilidad progresiva de las divisas generadas por las exportaciones. Además, comparte el costo del proyecto con YPF y algunas de las compañías energéticas más importantes de la región.

La empresa invierte USD 100 millones, pero participa de una plataforma exportadora respaldada por recursos argentinos, autorizaciones por treinta años y un régimen excepcional diseñado para impedir que futuros gobiernos modifiquen las condiciones sustanciales del negocio.

Desde la perspectiva corporativa, es una operación extraordinaria. Desde la perspectiva argentina, la pregunta es si la contraprestación resulta proporcional.

También ganan los socios y el Gobierno

Pan American Energy, Pampa Energía, Golar y YPF ganan una salida exportadora para el gas. El proyecto puede generar actividad, infraestructura, empleo, divisas y una nueva inserción de la Argentina en el mercado mundial de GNL.

Esos beneficios potenciales existen y negarlos convertiría el análisis en propaganda. La Argentina necesita ampliar su capacidad de transporte y exportación; también necesita reducir la estacionalidad del gas, aprovechar Vaca Muerta y sustituir la lógica histórica de importar energía cara por otra basada en exportaciones.

El problema no consiste en exportar GNL, sino en determinar bajo cuáles condiciones se exporta, quién captura la renta y qué obligaciones asumen las compañías a cambio de recibir un régimen extraordinario.

Milei también obtiene un beneficio político inmediato. Southern Energy funciona como demostración de que el RIGI puede atraer capital, destrabar decisiones finales de inversión y producir proyectos que sobrevivan más allá de un mandato presidencial. El Gobierno necesita mostrar barcos, gasoductos y contratos porque los anuncios sin ejecución ya no alcanzan.

Harbour, además, aporta una conexión con los grandes mercados financieros y energéticos internacionales. Para un gobierno obsesionado con atraer divisas, esos antecedentes pesan más que una sanción vinculada con Malvinas.

Ahí aparece lo que el discurso oficial no dice: el pragmatismo económico venció a la soberanía hasta que la soberanía volvió a resultar electoralmente rentable.

El Estado resigna recursos y capacidad de decisión

Los incentivos del RIGI no son dinero entregado directamente mediante un cheque, pero tampoco son gratuitos. Las reducciones tributarias, exenciones aduaneras, facilidades cambiarias y garantías de estabilidad representan ingresos que el Estado deja de percibir y decisiones que futuros gobiernos tendrán menos libertad para modificar.

El costo de oportunidad existe. Cada ventaja concedida a una gran compañía internacional debe evaluarse frente a otras necesidades: infraestructura pública, desarrollo científico, educación técnica, protección ambiental y financiamiento para empresas nacionales.

El Gobierno sostiene que, sin esos incentivos, la inversión no ocurriría y el Estado tampoco recaudaría. Esa es la principal defensa económica del régimen. Pero para verificarla se necesita conocer cuánto invertirá realmente cada socio, cuánto empleo estable producirá, qué porcentaje de proveedores será argentino, cuánto gas se exportará, qué rentabilidad obtendrán las empresas y cuál será el saldo fiscal neto.

Sin esa información, el RIGI corre el riesgo de convertirse en una subasta inversa: gana quien consigue que la Argentina cobre menos por ofrecer sus recursos.

Los trabajadores y las provincias pueden ganar, pero no automáticamente

Río Negro puede recibir inversiones portuarias, actividad logística y empleo asociado con las terminales flotantes. Neuquén y Tierra del Fuego pueden beneficiarse por una mayor producción de gas. Los sindicatos vinculados con la construcción, la energía, la industria naval y el transporte también podrían captar una parte del movimiento económico.

Pero la modalidad flotante reduce parte del efecto multiplicador local. Los buques de licuefacción concentran fuera del territorio buena parte de la tecnología y del valor industrial que produciría una planta construida íntegramente en tierra.

Si los equipos se importan, los servicios especializados se contratan en el exterior y el régimen no impone integración nacional suficiente, la Argentina puede terminar exportando gas mientras importa la mayor parte de la tecnología necesaria para hacerlo.

La generación de divisas tampoco garantiza por sí sola una mejora social. Las exportaciones pueden fortalecer las cuentas externas, pero si los dólares quedan disponibles para las compañías, se giran al exterior o se destinan prioritariamente al pago de deuda, el beneficio no se traduce necesariamente en salarios, servicios públicos más baratos o mayor inversión social.

La promesa es macroeconómica; la distribución sigue sin estar resuelta.

La posible responsabilidad de los funcionarios

El expediente administrativo atravesó distintas instancias: la Secretaría de Energía, la Unidad de Coordinación RIGI, el Comité Evaluador y el servicio jurídico del Ministerio de Economía. Finalmente, Luis Caputo firmó la resolución.

La sucesión de controles hace difícil sostener que nadie tuvo oportunidad de revisar los antecedentes. La inhabilitación de Premier Oil estaba publicada oficialmente y la continuidad societaria podía verificarse en registros públicos británicos.

Pero de allí no se deriva automáticamente la comisión de un delito. Para atribuir responsabilidad penal será necesario identificar una conducta concreta, el deber funcional incumplido, el perjuicio producido y, según la figura penal invocada, la intención de favorecer indebidamente a la empresa.

El interrogante más inmediato es administrativo: si Harbour podía legalmente integrar el vehículo beneficiado; si la sanción continuaba vigente; si existió un dictamen específico; y si el Ministerio de Economía consultó a Cancillería y a las autoridades responsables de aplicar la legislación sobre exploraciones ilegales en Malvinas.

Si el Gobierno concluyó que Harbour era jurídicamente distinta de Premier o que la sanción había cesado, debe publicar el dictamen. Si no existe, el problema deja de ser una diferencia interpretativa y pasa a ser una posible falla grave de control.

Una red demasiado grande para sancionarla sin costo

Harbour no es una excepción aislada. La industria petrolera funciona mediante fondos de inversión, aseguradoras, traders, contratistas, navieras, estudios jurídicos y compañías de servicios que operan simultáneamente en distintos países.

Los mismos actores que participan directa o indirectamente en Sea Lion aparecen en proyectos de Vaca Muerta, Tierra del Fuego o el GNL argentino. Aplicar sanciones amplias contra toda la “red vinculada” podría afectar proyectos que el Gobierno considera estratégicos.

La promesa de castigar a accionistas, proveedores y financiadores choca así contra la estructura real del capitalismo energético. Si se interpreta la vinculación de manera demasiado extensa, casi todo el negocio internacional del petróleo queda alcanzado. Si se interpreta de manera demasiado estrecha, las sanciones se vuelven decorativas.

Harbour expone ese dilema con crudeza. El Gobierno puede priorizar la aplicación estricta de la política soberana y asumir un conflicto con inversores internacionales, o puede proteger los proyectos locales y admitir excepciones. Lo que no puede hacer sin pagar un costo político es sostener ambos discursos al mismo tiempo.

Quién gana y quién pierde

Harbour gana acceso al gas argentino, ventajas regulatorias y una plataforma de exportación global. Pan American Energy, Pampa, Golar e YPF ganan escala y mercados. El Gobierno obtiene dólares futuros, una inversión para mostrar y un caso emblemático con el cual defender el RIGI.

Los fondos, bancos, estudios jurídicos y proveedores cobran por estructurar, financiar y ejecutar la operación. También gana el capital internacional que consigue convertir los recursos naturales argentinos en un activo protegido frente a los cambios políticos nacionales.

La Argentina puede ganar exportaciones, infraestructura y capacidad energética, pero solo si conserva una porción suficiente de la renta, exige encadenamientos productivos y evita que la libertad exportadora comprometa el abastecimiento interno.

Pierden las empresas nacionales que no acceden a condiciones similares. Pierde el Estado si la recaudación resignada supera los beneficios económicos inducidos. Pierden los trabajadores si el proyecto genera pocos empleos locales y concentra la renta. Pierde la política exterior si Malvinas se utiliza únicamente para discursos mientras las excepciones comerciales se negocian en los despachos.

Y pierde la sociedad cuando se le exige aceptar un negocio de treinta años sin acceso completo a los dictámenes que justificaron favorecer a una empresa sancionada.

El caso Harbour no demuestra todavía un delito, pero sí revela una jerarquía. Cuando la soberanía chocó contra un proyecto exportador, el Gobierno eligió primero el negocio. Después, cuando Malvinas volvió a servir para ordenar la agenda política, eligió el discurso.

El capital recibió estabilidad por décadas. La soberanía, por ahora, recibió una cadena nacional.

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    Rodolfo Gudino

    Abogado y Periodista

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