La extrema derecha obtuvo el 43,8% y 39 de los 83 escaños de Sajonia-Anhalt, pero quedó a tres bancas de gobernar sola. La CDU del canciller Friedrich Merz cayó del 37,1% al 17,2% y perdió un estado que controlaba desde 2002. El resultado no entrega automáticamente el gobierno a AfD, pero obliga a sus adversarios a construir una mayoría heterogénea para impedir su llegada al poder.
Alternativa para Alemania no consiguió la mayoría absoluta que buscaba, pero provocó un terremoto político que excede las fronteras de Sajonia-Anhalt. Con el 43,8% de los votos, la formación de extrema derecha prácticamente duplicó su resultado de 2021 y quedó a solo tres bancas de controlar por primera vez uno de los 16 estados federados alemanes.
La CDU sufrió una derrota de dimensiones históricas. El partido del canciller Friedrich Merz pasó del 37,1% obtenido cinco años atrás al 17,2%, perdió más de la mitad de su representación parlamentaria y terminó 26 puntos por debajo de AfD. La región que gobernaba desde 2002 dejó de ser una fortaleza conservadora y se transformó en el laboratorio más avanzado de la radicalización política alemana.
El resultado definitivo obliga, sin embargo, a corregir una lectura apresurada: AfD ganó las elecciones, pero todavía no ganó el gobierno. Obtuvo 39 de los 83 escaños y necesita 42 para alcanzar la mayoría absoluta. Como el resto de las fuerzas mantiene —al menos públicamente— su negativa a formar una coalición con ella, Ulrich Siegmund no puede convertirse automáticamente en ministro presidente.
La paradoja es brutal. Casi uno de cada dos votantes eligió a un partido que ninguna otra fuerza considera apto para gobernar. El llamado “cordón sanitario” todavía puede impedir que AfD controle el Ejecutivo regional, pero ya no puede esconder que el centro político perdió la capacidad de representar a una parte enorme de la sociedad.
No es todavía un gobierno de AfD, pero dejó de ser una protesta marginal
Durante años, los partidos tradicionales alemanes explicaron el crecimiento de AfD como un voto de protesta concentrado en sectores descontentos. Esa interpretación resulta insuficiente frente a una fuerza que consigue casi el 44%, gana con más de 25 puntos de ventaja y obtiene 39 bancas.
AfD dejó de ser un actor periférico. En Sajonia-Anhalt se convirtió en el centro alrededor del cual deben reorganizarse todos los demás.
Siegmund presentó el resultado como un mandato para gobernar. Su partido había anticipado que pretendía hacerlo en solitario, consciente de que ninguna fuerza tradicional quería negociar una coalición. Le faltaron tres escaños, pero la distancia frente a la CDU le permite denunciar como ilegítimo cualquier gobierno construido para excluirlo.
Ese será el principal argumento político de AfD durante los próximos meses: sostener que una alianza de partidos derrotados intenta impedir que gobierne la fuerza más votada.
La afirmación omite una regla elemental de los sistemas parlamentarios. Ganar una elección no concede automáticamente el Ejecutivo; es necesario reunir una mayoría legislativa. Los votos de las otras fuerzas también representan a la ciudadanía y pueden articular una alternativa constitucional.
Pero la legalidad de esa coalición no garantiza su legitimidad política ante una población profundamente frustrada. Si el próximo gobierno regional se limita a mantener unido el rechazo a AfD sin ofrecer respuestas económicas y sociales, el cordón sanitario puede terminar fortaleciendo aquello que pretende contener.
La extrema derecha ganó en las ruinas del este alemán
Sajonia-Anhalt pertenece al territorio de la antigua República Democrática Alemana. Más de tres décadas después de la reunificación, la región continúa arrastrando pérdida de población, envejecimiento, salarios comparativamente más bajos y una sensación extendida de haber sido incorporada a Alemania occidental sin participar en condiciones de igualdad.
La reunificación modernizó infraestructuras y elevó niveles de consumo, pero también cerró industrias, destruyó trayectorias laborales y trasladó centros de decisión hacia el oeste. Muchas comunidades vieron marcharse a sus jóvenes mientras los cargos empresariales, académicos y administrativos quedaban ocupados por dirigentes formados fuera de la región.
AfD convirtió ese resentimiento en identidad política. No se presenta únicamente como un partido contra los migrantes. Se ofrece como la revancha del alemán oriental ignorado por Berlín, despreciado por las élites y utilizado como periferia electoral.
Su nacionalismo combina nostalgia, rechazo a la inmigración, hostilidad hacia las políticas climáticas, defensa de valores familiares conservadores y oposición al envío de recursos a Ucrania. El mensaje es sencillo: Alemania atiende a refugiados, gobiernos extranjeros y estructuras europeas mientras abandona a sus propios ciudadanos.
La eficacia del discurso reside en mezclar problemas reales con culpables fabricados. El deterioro de los servicios públicos, la desigualdad territorial y la inseguridad económica existen. AfD los atribuye a inmigrantes, minorías, ecologistas, periodistas y dirigentes europeos, evitando discutir cómo se distribuyen el poder económico y la riqueza dentro de Alemania.
AfD no es simplemente “conservadora”
Describir a AfD como un partido “ultraconservador” reduce la gravedad de su evolución ideológica. Tampoco corresponde identificar automáticamente a todos sus votantes como neonazis. La caracterización exige diferenciar a la organización, sus corrientes internas y la ciudadanía que la eligió.
La estructura de AfD en Sajonia-Anhalt fue clasificada por el servicio regional de protección constitucional como una organización de extrema derecha confirmada. La evaluación se basó en expresiones racistas, islamófobas, antisemitas y contrarias al orden democrático atribuidas a dirigentes y militantes.
Siegmund también participó en la controvertida reunión de Potsdam de 2023, donde representantes de la extrema derecha discutieron propuestas de “remigración”, un concepto empleado para promover expulsiones masivas de migrantes y, según algunas interpretaciones, también de ciudadanos alemanes de origen extranjero.
Su campaña de 2026 intentó suavizar esa imagen. El candidato se mostró cercano, joven y activo en las redes sociales. Habló de escuelas, precios, seguridad y orgullo regional, mientras evitaba que las corrientes más radicales dominaran cada aparición pública.
La estrategia no consistió en abandonar el programa, sino en volverlo presentable. Detrás de la estética moderada permanecen la reducción de derechos de asilo, las deportaciones masivas, el ataque a los medios públicos, la eliminación de políticas sobre diversidad sexual y una revisión nacionalista de la educación.
AfD comprendió algo que las viejas organizaciones neonazis nunca lograron: para conquistar el poder no alcanza con marchar en los márgenes. Es necesario convertir el extremismo en una oferta electoral cotidiana.
La derrota también pertenece a Friedrich Merz
Sven Schulze encabezó la candidatura regional de la CDU, pero el tamaño del derrumbe golpea directamente al canciller. El 87% de los votantes de Sajonia-Anhalt expresó descontento con la conducción nacional, según los relevamientos difundidos durante la jornada electoral.
Merz llegó al poder prometiendo recuperar votantes conservadores mediante una política más dura en inmigración, seguridad y disciplina fiscal. Su hipótesis consistía en desplazar a la CDU hacia la derecha para quitarle espacio a AfD.
El resultado muestra el límite de esa estrategia. Cuando un partido tradicional adopta el lenguaje de la extrema derecha, puede legitimar su diagnóstico sin convencer a sus votantes de que elijan una versión moderada. Si la inmigración es presentada como una amenaza existencial y el multiculturalismo como un fracaso, una parte del electorado termina prefiriendo al partido que sostiene esas ideas desde el comienzo.
La CDU perdió así por ambos extremos. No recuperó a quienes se marcharon hacia AfD y debilitó su capacidad para atraer a votantes centristas. Ahora necesita formar una alianza con fuerzas a las que atacó durante la campaña para conservar el gobierno regional.
El problema se agrava porque los conservadores mantienen un doble rechazo: prohíben pactar con AfD, pero también descartan acuerdos con La Izquierda. La fragmentación parlamentaria convierte esas líneas rojas en un laberinto.
La alternativa puede ser una coalición extraordinariamente amplia, un gobierno minoritario tolerado desde afuera o la revisión de alguna de las prohibiciones. Cualquiera de esas salidas tendrá costos.
El cordón sanitario puede salvar el gobierno y perder la política
Desde el crecimiento de AfD, las principales fuerzas alemanas sostienen una Brandmauer, una “muralla cortafuegos” destinada a impedir acuerdos con la extrema derecha. La política busca evitar que AfD normalice su presencia institucional y acceda a ministerios, presupuestos, fuerzas policiales y organismos de inteligencia.
En Sajonia-Anhalt esa última dimensión resulta especialmente sensible. Siegmund anticipó que pretende reformar o reducir el servicio de inteligencia regional que vigila a su partido. Si AfD controlara el gobierno, podría intervenir sobre la institución encargada de observar sus tendencias antidemocráticas.
El cordón sanitario tiene, por lo tanto, una justificación democrática concreta. No se trata solo de una disputa ideológica, sino de impedir que una fuerza cuestionada por los organismos constitucionales utilice el Estado para neutralizar sus controles.
Sin embargo, la muralla posee un límite evidente: puede bloquear cargos, pero no elimina las causas del voto. Mientras los partidos tradicionales celebren haber impedido que AfD gobierne sin preguntarse por qué obtuvo el 43,8%, cada coalición defensiva funcionará como una pausa.
Si cinco partidos necesitan unirse para contener a uno y después administran la región sin modificar sus problemas estructurales, AfD podrá presentarse como la única oposición real. En la siguiente elección, las tres bancas que ahora le faltan podrían llegar sin necesidad de aliados.
Ucrania y Rusia entraron en la campaña regional
La elección también tiene consecuencias internacionales. AfD exige reducir o terminar la asistencia alemana a Ucrania, mejorar la relación con Moscú y concentrar el presupuesto en necesidades internas.
Alice Weidel resumió esa posición al afirmar que su partido representa los intereses de Alemania y no los de Ucrania. La formulación convierte la solidaridad internacional y la seguridad europea en un supuesto desvío de recursos nacionales.
Sajonia-Anhalt no puede modificar por sí sola la política exterior alemana. Pero un gobierno regional de AfD obtendría una plataforma institucional para bloquear consensos, influir en el Bundesrat —la cámara que representa a los estados— y aumentar la presión sobre Merz.
La victoria ocurre, además, mientras Alemania acusa a Rusia de operaciones híbridas, sabotajes y ataques con drones. AfD defiende una aproximación a Moscú precisamente cuando el Gobierno federal considera al Kremlin una amenaza creciente para la seguridad alemana y europea.
Putin no necesita que AfD controle inmediatamente Berlín. Le alcanza con que el costo político de apoyar a Ucrania aumente dentro de Alemania y que cada elección fortalezca a fuerzas partidarias de retirar esa ayuda.
El impacto sobre Europa
El avance de AfD se integra en una transformación continental. La extrema derecha ya gobierna o condiciona gobiernos en distintos países europeos. Su crecimiento dejó de depender exclusivamente de crisis migratorias: también se alimenta de la inflación, el estancamiento industrial, el costo energético, el debilitamiento de los servicios públicos y la incapacidad de la socialdemocracia para representar a sectores populares.
Alemania poseía una barrera histórica particular. Después del nazismo, su sistema político construyó instituciones, consensos educativos y límites constitucionales destinados a impedir el regreso de fuerzas autoritarias.
La victoria en Sajonia-Anhalt no significa que Alemania haya repetido 1933. Las comparaciones automáticas banalizan el nazismo y dificultan comprender el fenómeno actual. Pero sí demuestra que la memoria histórica no funciona como una vacuna eterna.
Una democracia puede conservar sus monumentos contra el fascismo y, al mismo tiempo, permitir que crezca una fuerza que cuestiona los derechos de las minorías, promueve un nacionalismo étnico y busca debilitar los organismos encargados de vigilarla.
No existen elecciones federales previstas para 2027
La nota original presenta a AfD como favorita para unas elecciones nacionales “del año próximo”. Esa afirmación requiere una corrección: salvo que se produzca un adelanto, las próximas elecciones federales ordinarias de Alemania corresponden a 2029.
Weidel utiliza el triunfo regional para exigir que Merz adelante los comicios. Su reclamo forma parte de la presión política, pero no significa que Alemania tenga actualmente una elección nacional programada para enero de 2027.
La diferencia importa. AfD ganó una región de aproximadamente dos millones de habitantes, no una elección federal. Extrapolar mecánicamente el 43,8% al conjunto del país sería un error: su fortaleza es mucho mayor en los estados orientales que en el oeste alemán.
Pero minimizar el resultado por su carácter regional sería igualmente equivocado. Sajonia-Anhalt muestra hasta dónde puede llegar AfD cuando la frustración económica, la identidad territorial y el rechazo a Berlín convergen detrás de un candidato eficaz.
La muralla sigue en pie, pero el incendio ya está adentro
AfD no obtuvo las 42 bancas necesarias para gobernar sola. El cordón sanitario probablemente impedirá que Siegmund se convierta inmediatamente en ministro presidente. Esa es la buena noticia para quienes consideran que el partido representa una amenaza democrática.
La mala noticia es todo lo demás.
La extrema derecha duplicó sus votos, aplastó al partido del canciller y consiguió que cualquier gobierno alternativo dependa de una alianza políticamente incómoda. No necesitó tomar el Ejecutivo para determinar la agenda, condicionar las coaliciones y convertir la inmigración, Ucrania y la identidad nacional en los ejes de la discusión.
Merz puede conservar Sajonia-Anhalt mediante una combinación parlamentaria. Lo que no puede recuperar mediante una negociación de bancas es la confianza perdida.
El centro alemán todavía posee votos suficientes para bloquear a AfD. Pero cada vez necesita sumar más partidos, explicar más contradicciones y levantar una muralla más alta.
El problema es que la muralla fue construida para mantener afuera a la extrema derecha. El 43,8% demuestra que ya está adentro.



























