La diputada libertaria aseguró que el Gobierno debe ocuparse de la macroeconomía y no de la economía de cada hogar. También minimizó la morosidad y explicó que, en el peor de los casos, quien no paga una tarjeta termina en el Veraz, no con las piernas rotas. La vara social del oficialismo encontró piso: mientras no venga un prestamista con un bate, la cosa podría estar peor.
Lilia Lemoine acaba de ofrecer una definición económica que merece enmarcarse en el Ministerio de Capital Humano: el Gobierno acomoda la macro y después cada familia arregla su propia tragedia doméstica.
El Estado baja el riesgo país.
Vos fijate qué hacés con el alquiler.
El Gobierno ordena las cuentas públicas.
Vos negociá con la carnicería.
La inflación baja.
La tarjeta vence igual.
No es insensibilidad. Es división del trabajo.
Según Lemoine, ocuparse de la “micro” implicaría prácticamente robarle a un contribuyente para ayudar a otro. La economía doméstica debe resolverse entre privados.
Una doctrina impecable si uno elimina de la ecuación salarios, tarifas, impuestos, tasas de interés, empleo y cualquier otra minucia sobre la que las decisiones públicas casualmente tienen algún efecto.
La macro existe en la Casa Rosada. La micro, en tu cocina con la luz cortada.
La diputada también defendió la idea de que no todos los endeudados están en una situación extraordinaria y recordó que la morosidad existe en otros países.
Gran consuelo.
Si usted debe tres tarjetas y refinancia el supermercado, puede dormir tranquilo: probablemente haya un francés pasándola como el orto también.
Globalización.
Pero Lilia guardó su argumento más sofisticado para el final. Explicó que endeudarse con entidades financieras tampoco sería “la situación más dramática que pueda vivir un ciudadano”, porque al menos no aparecen prestamistas privados a romperle las piernas al deudor.
Ahí quedó inaugurado oficialmente el Índice Lemoine de Bienestar Social.
Nivel verde: llegás a fin de mes.
Nivel amarillo: comés con tarjeta.
Nivel naranja: estás en el Veraz.
Nivel rojo: te rompen las tibias.
Mientras conserve movilidad en ambas piernas, la recuperación sigue firme.
La comparación tiene además una profundidad conmovedora. Si una familia toma deuda para pagar comida, servicios o medicamentos, la discusión aparentemente no debe centrarse demasiado en por qué su ingreso dejó de alcanzar. Lo importante es celebrar que el cobrador no se parece a Joe Pesci en Buenos Muchachos.
El Gobierno logró así una notable mejora cualitativa del debate económico:
pasamos de medir pobreza por ingresos a medirla por cantidad de huesos intactos.
La explicación de Lemoine coincide bastante bien con la línea que ya había trazado Milei cuando preguntó si alguien les había puesto “una pistola en la cabeza” a quienes se endeudaron.
La pistola vuelve a aparecer, aunque ahora de manera indirecta.
Es una obsesión metodológica interesante.
Para estudiar la economía de un hogar libertario hacen falta tres variables: deuda, armas y libre albedrío.
Si nadie te apuntó, fue elección.
Si nadie te quebró las piernas, no fue tan grave.
Milton Friedman con prontuario.
Lo más gracioso es que el argumento llega cuando la morosidad dejó de ser una abstracción y pasó a afectar a millones de personas. Pero la respuesta oficial sigue enfocada en la responsabilidad individual, como si una epidemia de irresponsabilidad financiera hubiese atacado simultáneamente a medio país.
Un lunes millones de argentinos se despertaron pensando:
“¿Sabés qué estaría bueno? Financiar los fideos al 100% anual”.
Pura decadencia moral.
Lilia también sostuvo que algunas personas pudieron endeudarse por desconocimiento financiero o por usura. Ahí casi aparece una política pública.
Pero pasó rápido.
Porque reconocer que hay falta de educación financiera y prácticas usurarias obliga a formular la incómoda pregunta de quién debería regular, informar o prevenir.
Y en ese momento reaparece el Estado.
Qué susto.
La frase central, de todos modos, merece sobrevivir: el Gobierno no está para ocuparse de la economía de cada hogar.
Es técnicamente cierto. Ningún presidente administra personalmente el presupuesto de cada familia.
El problema es que tampoco gobierna una planilla de Excel flotando sobre el territorio.
Cuando cae el empleo, el hogar lo siente.
Cuando sube la tarifa, también.
Cuando se ajusta el salario público, alguien deja de comprar.
Cuando el crédito se encarece, el resumen no lo paga la macro.
Pero quizá estamos exigiendo demasiado.
La administración Milei viene trabajando arduamente para construir una economía donde los indicadores puedan estar bien aunque sus habitantes no lo noten.
Ahora Lilia simplemente aportó la teoría política necesaria: si la macro está sana y vos estás quebrado, el problema sos vos.
Y si todavía podés caminar hasta el banco para refinanciar, según el nuevo estándar, ni siquiera sería un problema tan dramático.


























