El Presidente reunió a los legisladores libertarios, levantó la voz, desempolvó el pizarrón y terminó regalándoles La economía en una lección. El oficialismo necesita votos para sobrevivir en el Congreso, pero eligió combatir la crisis parlamentaria con literatura. La vieja política repartía cargos; la nueva reparte bibliografía y después pregunta por qué pierde las votaciones.
Javier Milei convocó a diputados y senadores de La Libertad Avanza a la Casa Rosada porque se viene otra batalla complicada en el Congreso y hacía falta ordenar la tropa.
La solución fue revolucionaria: gritarles durante dos horas.
Hubo arenga, pizarrón, defensa cerrada del rumbo económico y advertencias contra el populismo. Una especie de catequesis austríaca donde el pecado es el déficit y el infierno queda reservado para cualquiera que pregunte por el consumo.
Porque el Gobierno tiene un pequeño problema: necesita que sus legisladores voten.
Y algunos todavía necesitan que les expliquen qué.
La reunión tuvo entonces formato escolar. Milei adelante, los diputados sentados y el pizarrón como último recurso institucional.
El Congreso convertido en secundaria nocturna, pero con gente que cobra bastante mejor que los profesores.
El Presidente también insistió en que la morosidad no debe inflarse hasta convertirla en un problema macroeconómico.
La doctrina libertaria finalmente alcanzó una precisión admirable: si usted debe tres tarjetas, refinanció el préstamo y usa Mercado Pago como respirador artificial, eso pertenece a la microeconomía.
La macro está bárbara.
El país puede estar en Veraz siempre que el Excel cierre en verde.
Lilia Lemoine ya había aportado su tesis: ocuparse de la economía de cada hogar no es función del Gobierno.
Magnífico.
El Estado se ocupa del riesgo país.
Del riesgo de llegar al día 30 se ocupa usted.
Pero la obra maestra llegó al final.
Después de dos horas intentando convencer a personas que ya pertenecen a su propio partido, Milei les regaló La economía en una lección, de Henry Hazlitt.
Un libro.
A cada uno.
Porque cuando faltan votos, evidentemente falta lectura.
La política argentina conoció sobres, cargos, contratos, embajadas, obras públicas, ATN y lugares en las listas.
Llegó la motosierra y también ajustó la rosca.
Ahora te compran la voluntad con un señalador.
Los legisladores deberán defender en el recinto la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central e Inocencia Fiscal II. Si alguno todavía no comprende las bondades del programa, tiene material para estudiar antes de levantar la mano.
Y si después de leer sigue sin entender, siempre queda el método pedagógico presidencial:
más volumen.
La escena resume bastante bien el momento libertario. El Gobierno enfrenta problemas de consumo, morosidad, internas y dificultades para conseguir mayorías, pero responde con doctrina.
La realidad golpea la puerta.
Casa Rosada le recomienda un libro.
Al final, los legisladores abandonaron la reunión con algo concreto bajo el brazo.
No eran acuerdos.
No eran votos.
No era una estrategia parlamentaria.
Era Hazlitt.
Ahora falta el examen.
Será en el Congreso.
Libro abierto, billetera cerrada y prohibido copiarse del peronismo


























