Martín Menem fue a hablar ante ejecutivos de finanzas y terminó presentando el programa de fidelización del Gobierno: “el que apueste ahora será beneficiado”. La libertad avanza, pero aparentemente acumula puntos. El Estado era una organización criminal hasta que descubrieron que podía venir con cashback.
Martín Menem llegó a la Convención Anual del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas con una misión sencilla: convencer a los empresarios de que inviertan.
Y eligió una palabra preciosa.
“Apuesten”.
No inviertan.
No produzcan.
No arriesguen capital.
Apuesten.
Finalmente alguien consiguió explicar el modelo económico sin necesidad de 47 gráficos, riesgo país ni un economista señalando una curva con cara de urólogo.
Esto es un casino.
Y el presidente de Diputados acaba de pasar ofreciendo fichas.
—Señores, hagan juego.
—¿A qué?
—A Milei.
—¿Y qué paga?
—El que entra ahora será más beneficiado.
Magnífico.
Durante años nos explicaron que el problema argentino era que los empresarios vivían esperando favores del Estado. Llegó la revolución liberal para terminar con semejante obscenidad y establecer un mecanismo completamente distinto:
los favores ahora tienen preventa.
Menem incluso pidió que no esperen a saber qué va a pasar. Que se jueguen ahora.
Es fantástico como concepto financiero.
Un salón lleno de ejecutivos acostumbrados a medir riesgo, rentabilidad, flujo de fondos y probabilidades recibió del presidente de la Cámara de Diputados una propuesta revolucionaria:
no calculen. Tengan fe.
Wall Street acaba de ser reemplazado por el bingo parroquial.
Y el premio mayor es 2027.
Porque Menem aseguró que Milei será el primer presidente no peronista reelecto, pero agregó que para eso necesitan que los empresarios presentes “jueguen”.
Ahí la inversión privada adquirió una nueva función económica.
Antes uno invertía para ganar plata.
Ahora también puede invertir para ayudar a reelegir al Presidente.
Adam Smith debe estar revolviendo desesperadamente la tumba buscando dónde dejó el carnet de afiliado.
Pero la frase verdaderamente maravillosa fue otra:
“El que apueste ahora será beneficiado”.
Eso no es una declaración.
Eso es un folleto.
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Los puntos no vencen mientras dure el Gobierno.
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Porque además Menem prometió previsibilidad y aseguró que no cambiarán las reglas del juego.
Una tranquilidad enorme después de haber llamado “juego” al asunto.
El casino garantiza que las reglas permanecerán estables.
La única recomendación es apostar antes de conocer el resultado.
La casa nunca pierde porque la casa hace las leyes.
Lo extraordinario es el giro filosófico.
El Estado libertario iba a ser un árbitro diminuto, neutral, casi anoréxico, incapaz de señalar ganadores y perdedores.
Ahora aparentemente tiene categoría Platinum.
Empresario que entra después de las elecciones:
—Buenos días, quisiera invertir.
—Perfecto. Beneficio estándar.
—¿Y él?
—Entró antes.
—¿Qué tiene?
—Libertario Gold.
—¿Cómo lo consiguió?
—Creyó cuando todavía daba miedo.
Eso sí es riesgo empresario.
No abrir una fábrica.
Comprar Milei cuando cotiza bajo.
Y todo esto ocurrió en una convención de ejecutivos de finanzas, lo cual convierte la escena en una obra de arte. Menem no tuvo que explicarles qué significa comprar barato esperando cobrar caro.
Estaba hablando con profesionales.
La única novedad era que el activo financiero tenía patillas.
Pero mientras invitaba a los empresarios a jugar, Menem también minimizó la crisis de morosidad que afecta, según la información presentada, a cerca de seis millones de argentinos. Para él, la oposición utiliza el problema para atacar la credibilidad del programa económico.
Qué alivio.
Durante un segundo parecía que seis millones de personas endeudadas podían tener dificultades económicas.
Resulta que eran una operación contra las expectativas.
El argentino abre el resumen de la tarjeta.
No puede pagarlo.
Entra en mora.
Lo llaman cuatro veces antes del desayuno.
Pero debe conservar la calma.
El verdadero problema sería que pierda confianza en el modelo.
La deuda es financiera.
La felicidad es macroeconómica.
Menem lo explicó perfectamente: ellos van a intentar mantener “las expectativas bien altas”.
Los ingresos pueden esperar.
Las expectativas cobran primero.
Así llegamos al capitalismo libertario definitivo: el ciudadano endeudado debe confiar, mientras el empresario que confíe será beneficiado.
Uno aporta esperanza.
El otro recibe cashback.
No confundir los roles.
Y pensar que durante años nos dijeron que había que terminar con el capitalismo de amigos, los empresarios prebendarios, los favores políticos y los negocios construidos alrededor del poder.
Se terminó.
Ahora tenemos capitalismo de amigos con programa de puntos.
Mucho más moderno.
Ya no necesitás conocer al funcionario.
Basta con apostar correctamente.
Y cuanto antes, mejor.
El liberalismo argentino consiguió así resolver una contradicción histórica: cómo beneficiar desde el poder sin parecer que estás prometiendo beneficios desde el poder.
Fácil.
Lo llamás apuesta.
Si Milei gana en 2027, los primeros creyentes pasan por caja.
Si pierde, siempre podrán decir que toda inversión implica riesgo.
Y si alguien pregunta en qué momento la República se convirtió en un casino, Menem ya dejó la respuesta sobre la mesa:
hagan juego, señores.
La banca no garantiza resultados.
Solamente beneficios para quienes apuesten por la banca.


























