Milei venía perdiendo temperatura en las encuestas cuando el Mundial hizo algo inesperado: Argentina-Inglaterra volvió a encender la fiebre Malvinas. La Selección encontró una fibra que atraviesa diferencias políticas y el Gobierno encontró algo todavía más valioso: una causa capaz de juntar votos que ya no se juntaban solos. The Wall Street Journal miró la escena y reconoció el tratamiento: ante una crisis interna, agite una bandera externa.
Javier Milei venía mirando las encuestas como quien mira los análisis después de seis meses comiendo fritura.
Nada terminal.
Pero tampoco para enmarcar.
La aprobación bajaba, la economía seguía esperando el milagro de libre mercado y 2027, que antes parecía una formalidad con urna, empezó a adquirir esa desagradable costumbre democrática de tener adversarios. The Wall Street Journal señaló precisamente el deterioro de la aprobación, el estancamiento de las reformas y las dudas que empiezan a rodear la reelección.
Entonces llegó el Mundial.
Argentina contra Inglaterra.
Y pasó algo que ningún asesor necesitó medir con focus group: Malvinas volvió a atravesar la cancha. La Selección encendió una fibra nacional que estaba ahí, intacta, esperando apenas una camiseta celeste y blanca, un inglés enfrente y noventa minutos para recordar que existen asuntos en los que los argentinos podemos dejar de matarnos entre nosotros durante un rato.
La sociedad encontró una causa común.
Y algún estratega encontró una oportunidad laboral.
Porque la política tiene un manual de propaganda bastante grueso, pero la primera página puede resumirse sin comprar el libro:
“Si la casa se incendia, señale algo importante por la ventana.”
Mejor todavía si eso que está afuera es real, histórico, doloroso y une transversalmente a la sociedad.
Malvinas cumple todos los requisitos.
No hace falta inventar un enemigo.
Viene con 194 años de garantía.
Y ahí Milei experimentó una conversión patriótica con una sincronización que haría llorar a un encuestador.
The Wall Street Journal observó el súbito protagonismo de la causa y no interpretó que al Presidente se le hubiera aparecido San Martín en el dormitorio. Lo relacionó directamente con sus problemas políticos internos. Incluso definió recurrir a Malvinas como una estrategia “bien probada” para dirigentes que atraviesan dificultades.
Hasta el periódico del capitalismo estadounidense vio el truco.
Eso tiene que doler.
Es como intentar sacar un conejo de la galera y que desde la última fila griten:
—Está abajo de la mesa, Javier.
La receta es ancestral.
Primero aparece el problema interno.
Después aparece una causa externa capaz de ordenar emocionalmente el caos.
Finalmente, el gobernante se coloca adelante de la bandera como si hubiera venido incluida con su cara.
Patriotismo de emergencia: romper el vidrio en caso de encuesta.
Y el momento era inmejorable.
El Mundial había hecho el trabajo pesado. No había que fabricar sentimiento nacional, contratar influencers ni pedirle a un ejército de trolls que instalara un hashtag. Argentina-Inglaterra ya había removido una cuestión que atraviesa generaciones.
La Selección puso la emoción.
La política llegó con el QR.
Milei solamente tenía que hacer algo revolucionario para su propia biografía política: subirse.
Porque The Wall Street Journal recordó otro pequeño detalle clínico. Milei ha expresado admiración por Margaret Thatcher y, cuando llegó a la Presidencia, hablaba de construir una relación “madura” con el Reino Unido.
Pero eso fue antes.
Antes de que Malvinas demostrara nuevamente que moviliza.
Antes de que las encuestas empezaran a tener cara de escribano.
Y, sobre todo, antes de descubrir una verdad que Adam Smith inexplicablemente olvidó:
Thatcher puede gustarte mucho, pero no vota en Argentina.
Malvinas sí.
No las islas, claro.
La causa.
Y la causa tiene una ventaja electoral extraordinaria: puede conmover al peronista, al radical, al libertario, al conservador, al progresista y hasta a ese argentino extraordinario que asegura no interesarse por la política mientras explica durante cuarenta minutos por qué todos los políticos son unos hijos de puta.
Eso no es una grieta.
Eso es mercado electoral mayorista.
Entonces aparece la primera página del manual:
Encuentre una causa que una.
Segunda instrucción:
Póngase adelante.
Tercera:
Actúe como si siempre hubiera estado ahí.
La cuarta directamente dice:
“No adjuntar declaraciones anteriores.”
Y funciona especialmente bien cuando faltan meses para empezar a construir la elección de 2027.
Porque gobernar pensando en la próxima elección queda feo.
En cambio, defender la Patria pensando exactamente en la misma elección viene con escarapela.

Michael Shifter, consultado por The Wall Street Journal, fue bastante menos poético: cuando existen problemas políticos, recurrir a Malvinas es una estrategia probada para intentar aumentar el apoyo, y Milei estaría tratando de sacar provecho político de la situación porque se encuentra en dificultades.
Qué falta de sensibilidad.
Uno intentando vivir una epopeya nacional y aparece un especialista con una encuesta debajo del brazo.
El cuadro queda todavía más oscuro cuando se mira la economía que describe el periódico: pérdida de empleos, argentinos cada vez más endeudados, creciente descontento y dudas sobre las posibilidades electorales del Presidente.
El ciudadano abre la tarjeta:
deuda.
Mira el trabajo:
incertidumbre.
Mira el salario:
silencio administrativo.
Prende la televisión:
PATRIA.
Por fin algo sube.
La bandera.
Ese es el prodigio del enemigo externo: no hace falta que pague tu tarjeta. Alcanza con conseguir que durante un rato estés puteando en otra dirección.
Y ni siquiera Londres parece haber comprado completamente la épica. Según el material, desde el Reino Unido también vincularon el endurecimiento del discurso de Milei con sus problemas domésticos; el secretario británico Wes Streeting sostuvo que las declaraciones decían más sobre la política interna argentina que sobre las propias Malvinas.
Una desgracia propagandística.
El Gobierno quería que el mundo hablara de la ofensiva argentina por Malvinas.
Y consiguió que estadounidenses y británicos hablaran de las encuestas de Milei.
Pero todavía falta 2027.
Tiempo suficiente para que la fiebre haga efecto.
Si la aprobación mejora, el tratamiento habrá funcionado.
Si sigue cayendo, habrá que aumentar la dosis.
Cadena nacional por la mañana.
Soberanía después de comer.
Inglaterra antes de acostarse.
Y jamás mezclar con archivos viejos de Margaret Thatcher porque puede provocar contradicciones severas.
The Wall Street Journal ya leyó el prospecto.
El Mundial aportó la fiebre.
Milei encontró el botiquín.
Ahora falta saber cuánto dura el efecto.
Porque Malvinas puede unir a millones de argentinos alrededor de una causa histórica.
El verdadero milagro sería que también les haga olvidar quién gobierna hasta 2027.


























