A los 39 años y después de 207 partidos con la Albiceleste, Lionel Messi anunció el final de su trayectoria internacional. Continuará jugando en Inter Miami, pero ya no volverá a representar al país que primero lo cuestionó, después aprendió a comprenderlo y finalmente lo vio levantar todos los trofeos que le reclamó durante casi dos décadas.
Lionel Messi no se retiró del fútbol. Seguirá jugando, marcando goles y vistiendo la camiseta del Inter Miami. Lo que terminó es otra historia: su carrera dentro de la Selección Argentina.
El capitán anunció que no volverá a vestir la Albiceleste después de 21 años, 207 partidos y una trayectoria durante la cual pasó de ser una promesa extraordinaria a convertirse en el futbolista más importante de la historia del seleccionado nacional.
La diferencia no es menor. Messi continuará dentro de una cancha, pero Argentina deberá aprender a jugar sin él. Podremos seguir viendo su zurda en Estados Unidos, aunque ya no aparecerá durante un Mundial, una Copa América o una fecha internacional para resolver lo que parecía imposible.
Se fue de la Selección el jugador que durante más de dos décadas convirtió cada partido de Argentina en la posibilidad de presenciar algo irrepetible.
Una decisión tomada después de la final
Messi explicó que decidió cerrar su etapa internacional después de la final contra España, aunque postergó el anuncio debido a la muerte de su padre, Jorge.
Las lágrimas que siguieron a aquel partido adquieren ahora otro significado. No expresaban únicamente el dolor de una derrota. También contenían la despedida de un futbolista que sabía que acababa de jugar por última vez con la camiseta argentina.
Durante los días posteriores todavía sobrevivieron las especulaciones. Algunos imaginaron su participación en una futura Copa América. Otros soñaron con verlo llegar hasta el Mundial de 2030, cuando la Argentina volverá a recibir un partido mundialista.
La esperanza no era completamente irracional. Messi había disputado un gran Mundial a los 39 años y su rendimiento en Inter Miami continuaba desafiando el paso del tiempo. Poco antes del anuncio marcó cuatro goles en una victoria por 7-1.
Pero jugar bien no obliga a continuar. Messi eligió cerrar su historia con la Selección antes de que el cuerpo, una lesión o una convocatoria convertida en homenaje decidieran por él.
Veintiún años bajo la misma camiseta
Messi jugó 207 partidos con la Selección mayor. Entre goles y asistencias, participó directamente en una conquista por encuentro. La estadística ayuda a medir su influencia, pero no alcanza para explicar lo que produjo.
Durante años, Argentina entró a la cancha sabiendo que poseía una ventaja que no figuraba en el marcador. Messi podía recibir una pelota lejos del área, encontrar un espacio inexistente y modificar un partido en segundos.
Su presencia también condicionaba a los rivales. Las defensas organizaban movimientos completos para reducir su influencia, aunque controlarlo durante noventa minutos resultaba casi imposible. Podía permanecer aparentemente alejado del juego y, con una intervención, volver inútil todo el trabajo anterior.
Esa capacidad terminó convirtiéndose en costumbre. Los goles extraordinarios dejaron de parecernos excepcionales. Si Messi no resolvía el partido, la pregunta no era qué había sucedido con el equipo, sino por qué él no había conseguido salvarlo.
Argentina tuvo al mejor futbolista del mundo y durante demasiado tiempo lo trató como a un deudor.
El país que primero lo cuestionó
Su relación con la Selección estuvo atravesada por reclamos que excedían el fútbol. Se le reprochó no cantar el himno, hablar poco, no gesticular como Maradona y mostrar supuestamente mayor compromiso con Barcelona.
En 2011 fue silbado durante la Copa América disputada en la Argentina. Era el mejor jugador del planeta, pero en su propio país todavía debía demostrar que pertenecía.
Messi había emigrado cuando era un niño y desarrolló casi toda su carrera profesional en España. Esa historia fue utilizada para poner bajo sospecha su identidad, como si el amor por una camiseta dependiera del acento o de la intensidad de una celebración.
También se lo comparó permanentemente con Diego Maradona. La comparación ignoraba que representaban personalidades, épocas y formas de liderazgo diferentes. Diego convertía cada partido en una rebelión. Messi construía su autoridad desde el juego, la continuidad y una obstinación casi silenciosa.
No necesitaba convertirse en Maradona. La Argentina necesitaba aprender a reconocer a Messi.
Las finales perdidas y la renuncia
Las derrotas en las finales multiplicaron el hostigamiento. Cada torneo sin título era presentado como una falla de carácter del capitán. Los errores colectivos terminaban concentrados en una sola persona.
Después de perder la Copa América Centenario de 2016, Messi anunció que su etapa en la Selección había terminado. Había fallado un penal y parecía agotado de cargar con una responsabilidad que ningún futbolista podía sostener por sí solo.
Pero regresó.
Ese retorno constituye una parte fundamental de su legado. Volvió cuando todavía era criticado, cuando no tenía asegurado ningún título y cuando cada nueva competencia podía profundizar el castigo.
No regresó para proteger su imagen. Volvió porque todavía deseaba ganar con la Argentina.
Los títulos que cerraron una herida
La Copa América conquistada en Brasil cambió la relación entre Messi y la Selección. Después llegaron la Finalissima y el Mundial. El capitán finalmente levantó los trofeos que durante años habían sido utilizados para reducir toda su carrera.
Los títulos no lo convirtieron en un mejor futbolista. Ya era extraordinario antes de conseguirlos. Pero modificaron la forma en que el país lo miraba.
Quienes afirmaban que carecía de liderazgo comenzaron a elogiar su capacidad para conducir al grupo. Quienes lo acusaban de no sentir la camiseta celebraron sus lágrimas. Quienes exigían que fuera Maradona finalmente aceptaron que Messi había construido su propio lugar.
La consagración también permitió reparar una injusticia. Argentina dejó de pedirle que ganara solo y comenzó a acompañarlo.
Una Selección obligada a cambiar
La salida de Messi abre un proceso difícil. No se trata simplemente de encontrar otro futbolista para ocupar su posición. Argentina deberá reemplazar su capacidad goleadora, su visión, su influencia táctica y el liderazgo que desarrolló durante los últimos años.
Julián Álvarez aparece como una de las figuras fundamentales de la próxima etapa. Lautaro Martínez, Cristian Romero y Lisandro Martínez también pueden asumir mayores responsabilidades. La continuidad de Emiliano Martínez, Rodrigo De Paul y otros integrantes del ciclo deberá definirse.
También existen dudas alrededor de Lionel Scaloni. Después de ocho años y de haber conducido el período más exitoso de las últimas décadas, el entrenador deberá decidir si encabeza la reconstrucción o considera terminada su propia etapa.
El mayor error sería buscar inmediatamente al “nuevo Messi”. Durante años se intentó obligar a Messi a ser Maradona. Repetir esa exigencia sobre otro jugador significaría no haber aprendido nada.
La Selección necesita construir una identidad colectiva sin depositar sobre un joven la responsabilidad de reemplazar lo irrepetible.
Messi continuará jugando
El retiro de la Selección no significa el final de su carrera profesional. Messi seguirá en Inter Miami, donde continúa demostrando que su capacidad competitiva permanece vigente.
Sus seguidores podrán verlo en la liga estadounidense y en las competiciones que dispute con su club. Continuará marcando goles, entregando asistencias y produciendo jugadas extraordinarias.
Pero ya no estará disponible para la Argentina.
Esa ausencia comenzará a sentirse en la próxima convocatoria, cuando la lista no incluya su nombre. Se volverá definitiva cuando la Selección salga a jugar y el número 10 ya no lo lleve el futbolista que lo convirtió en una segunda piel.
Durante 21 años, Messi fue promesa, acusado, capitán y campeón. Soportó que su pertenencia fuera cuestionada, renunció, regresó y terminó levantando cada copa que le habían exigido.
Seguirá jugando al fútbol. Lo que terminó es su historia con la camiseta argentina.
Y esa camiseta podrá volver a utilizar el número 10, pero nunca volverá a significar exactamente lo mismo.


























