El Gobierno anunció que castigará a empresas, proveedores, financistas y accionistas que participen de la extracción petrolera alrededor de Malvinas. Después alguien cruzó los nombres y apareció un pequeño inconveniente patriótico: varios también trabajan con la Argentina. Milei quiso hacer una lista negra y terminó armando la agenda de Vaca Muerta.
Javier Milei se calzó el traje de San Martín, miró hacia el Atlántico Sur y ordenó: “Al que saque petróleo de Malvinas, afuera de la Argentina”.
Una hora después deben haberle alcanzado la lista.
—Presidente, tenemos un problema.
—¿Los ingleses?
—No. Nosotros.
Porque la idea era magnífica mientras los malos fueran unas petroleras británicas con monóculo, bombín y una plataforma que dijera God Save the King. Pero el capitalismo global tiene la desagradable costumbre de no organizarse según las necesidades del relato argentino: la misma empresa que perfora por allá puede estar perforando por acá, cobrando en ambos lados y probablemente mandando una tarjeta de Navidad a todos.
El mercado es apátrida hasta que llega la factura. Ahí tiene domicilio.
Noble Corporation es la primera maravilla. Aparece vinculada a la campaña de once pozos de Sea Lion, alrededor de Malvinas. Según la doctrina anunciada por Milei, habría que sancionarla.
Perfecto.
Solamente habría que avisarle a Tierra del Fuego, porque Noble también fue contratada para perforar Fénix, uno de los desarrollos gasíferos argentinos.
O sea:
“Fuera de nuestro territorio, piratas.”
—Pero estamos trabajando para ustedes.
“Bueno, terminen eso primero.”
La cadena nacional empezaba a adquirir la solidez jurídica de un cartel de almacén escrito con fibrón.
Y siguieron apareciendo nombres.
NSAI ayudó a certificar las reservas de Sea Lion. Gravísimo. Sanción.
Pequeñísimo detalle: también trabajó evaluando reservas de YPF en Neuquén y Mendoza.
Otro enemigo infiltrado.
A este ritmo no hace falta que el Reino Unido mande espías.
Les alcanza con mandar proveedores.
Después aparecen servicios petroleros, aseguradoras, bancos, brokers, traders y compañías de ingeniería. Todos circulando por ese club mundial bastante chico que hace posible perforar un agujero en medio del océano sin convertir 2.100 millones de dólares en el naufragio más caro de la historia.
Y varios también hacen negocios en Argentina.
La lista de sancionables empezó a crecer tanto que en algún momento alguien debió preguntar:
—¿Y quién queda?
YPF, un playero de Berazategui y un señor que vende aceite 15W-40.
SLB, Halliburton, Baker Hughes y Weatherford forman parte del engranaje que necesita Vaca Muerta para perforar y fracturar al ritmo que exige el sueño exportador libertario.
Entonces apareció el dilema ideológico definitivo.
Milei puede respetar su palabra.
O puede respetar Vaca Muerta.
Las dos juntas vienen sin stock.
Pablo Quirno, mientras tanto, celebró que Halliburton anunciara que no participaría de operaciones en Malvinas.
Una victoria diplomática formidable.
Halliburton no estaba operando en Malvinas.
Argentina consiguió así que una empresa dejara de hacer algo que ya no hacía.
La próxima etapa de la recuperación territorial consiste en prohibirle a Netflix bombardear Puerto Argentino.
El asunto se vuelve todavía más hermoso cuando aparecen los seguros.
Porque una plataforma offshore necesita cobertura y ese negocio también está concentrado en unos pocos gigantes internacionales que operan en Argentina.
Se podría prohibir trabajar con todos.
Por supuesto.
También se puede combatir la inflación prohibiendo los precios.
Ideas sobran. El problema siempre aparece cuando abre el lunes.
Los traders tampoco ayudan. Trafigura compra crudo argentino y desarrolló infraestructura en Bahía Blanca. Vitol compra petróleo producido acá.
La trama petrolera mundial está tan cruzada que intentar separar quirúrgicamente Malvinas de Argentina usando sanciones generales es parecido a divorciarse compartiendo departamento, tarjeta y perro.
Solo que acá el perro produce hidrocarburos.
Y factura en dólares.
La amenaza presidencial tiene entonces dos posibilidades.
La primera es cumplirla.
Sancionar proveedores, consultoras, financistas y demás compañías involucradas; cerrarles el mercado argentino cuando corresponda y asumir las consecuencias sobre una industria nacional que necesita parte de ese mismo ecosistema.
Patria o petróleo.
Una consigna preciosa hasta que descubrís que estabas tratando de conseguir las dos cosas.
La segunda posibilidad es que todo quede en el discurso.
Y parece que en el mercado petrolero hay gente apostando a esa opción: un ejecutivo consultado para la nota resumió el futuro de las sanciones en cuatro palabras:
“Va a quedar en nada”.
Qué falta de respeto.
Un Presidente prepara cadena nacional, invoca Malvinas, anuncia castigos internacionales, pone al capitalismo mundial contra la pared y un petrolero responde como si estuviera evaluando una dieta que empieza el lunes.
Pero quizá sea injusto.
Porque la amenaza ya consiguió algo.
Halliburton prometió no hacer lo que no hacía.
Noble quedó en condiciones de ser castigada por trabajar allá mientras trabajó acá.
Las consultoras descubrieron que certificar reservas puede convertirse en delito patriótico dependiendo del código postal del pozo.
Y Vaca Muerta aprendió que el principal riesgo geológico no siempre está debajo de la tierra.
A veces da cadenas nacionales.
Sea Lion, mientras tanto, sigue adelante: Navitas posee el 65%, Rockhopper el 35% y la primera etapa proyecta una inversión cercana a USD 2.100 millones.
Así que ahora viene la parte verdaderamente emocionante.
No recuperar Malvinas.
No frenar Sea Lion.
Ni siquiera sancionar empresas.
Ver cuánto tarda el Gobierno en descubrir una excepción suficientemente patriótica para que los enemigos puedan seguir facturándonos.
Porque Milei fue por las compañías que ayudan a sacar petróleo alrededor de Malvinas y terminó encontrando a varias dentro de su propio proyecto energético.
La soberanía no se negocia.
Se terceriza.


























