El Gobierno aceleró la eliminación de las PASO y pretende tener la reforma aprobada en octubre. La explicación pública pasa por reducir el costo electoral; puertas adentro, sin embargo, la discusión tiene una calculadora bastante menos republicana: en el oficialismo temen un batacazo opositor en 2027 que deje a Milei sin margen para recuperarse. Cuando ganar estaba descontado, votar era libertad. Cuando empezó a aparecer la derrota, apareció el presupuesto.
La motosierra finalmente encontró el gasto público más peligroso de todos: una elección cuyo resultado no viene incluido en el presupuesto.
Después de un largo debate interno, el Gobierno resolvió avanzar con la eliminación de las PASO. Patricia Bullrich confirmó que la reforma irá a comisión y en la Casa Rosada ya fantasean con tenerla sancionada en octubre.
El argumento del ahorro es impecable. Organizar elecciones cuesta dinero, imprimir boletas cuesta dinero, abrir escuelas cuesta dinero y contar votos cuesta dinero.
Sobre todo cuando pueden contarlos otros.
Porque detrás de la súbita vocación por cuidar cada peso aparece un detalle bastante menos contable. La propia interna libertaria venía discutiendo si convenía eliminar las PASO por temor a que la oposición pudiera dar un batacazo en las generales de 2027 y dejar al oficialismo sin margen para una recuperación política.
No es miedo a perder.
Es responsabilidad fiscal aplicada al resultado.
La situación tiene una belleza doctrinaria difícil de superar. El Gobierno que convirtió la competencia en principio filosófico ahora estudia sacar una competencia. El espacio que llegó prometiendo que el mercado debía decidir considera que, en materia electoral, quizá convenga cerrar una sucursal.
Libre competencia, sí.
Pero tampoco hace falta ponerse fanáticos.
Bullrich, además, salió a anunciar que el oficialismo impulsaría el tratamiento en septiembre antes de que la idea hubiera sido siquiera discutida con sus propios compañeros de bancada.
Una demostración magnífica del nuevo sistema político que se avecina:
para eliminar las primarias, primero eliminaron la consulta.
La velocidad sorprendió incluso dentro de La Libertad Avanza. Martín y Lule Menem venían considerando la posibilidad de negociar la supresión recién en diciembre, pero la Casa Rosada pisó el acelerador y ahora quiere llegar a octubre con las PASO convertidas en recuerdo.
Debe ser la primera política de ahorro donde cuanto peor vienen las expectativas electorales, más urgente aparece la austeridad.
El proyecto, además, llega dentro de una reforma más grande que toca financiamiento partidario, publicidad electoral y Ficha Limpia. Los aliados quieren conseguir alguna victoria propia para mostrar en sus provincias y el Gobierno conversa con gobernadores mientras alrededor de la misma negociación sobrevuelan subsidios para zonas frías, compensaciones para zonas cálidas y el Presupuesto 2027.
La nueva política vino a terminar con la vieja rosca.
Por eso ahora la rosca incluye calefacción, aire acondicionado y calendario electoral.
La paradoja final es exquisita. Milei llegó prometiendo devolverle a cada argentino la libertad de decidir qué hacer con su dinero. Ahora el Gobierno quiere ahorrarle al ciudadano hasta el gasto de decidir quién compite.
Todo sea por cuidar la plata pública.
Porque una elección cuesta millones.
Una derrota, aparentemente, sale mucho más cara.


























