Bullrich visitó un colegio porteño, habló con estudiantes, no insultó periodistas, no encontró al Diablo en Marx y hasta dijo que los jóvenes deben ser libres para elegir. Después del espectáculo de Milei en la ORT, la senadora descubrió una peligrosísima estrategia para diferenciarse del Presidente: entrar a una escuela sin convertirla en un acto de campaña con pupitres.
Patricia Bullrich volvió a desafiar a Javier Milei. Esta vez no cuestionó una reforma, no armó un bloque rebelde ni amenazó con romper La Libertad Avanza.
Hizo algo mucho peor.
Fue a una escuela y se comportó como una persona adulta.
La senadora visitó el Saint Jean de Villa Urquiza, conversó tranquilamente con estudiantes y escribió que la tarea de los mayores es brindarles herramientas, pero también permitirles ser libres para elegir su propio camino.
Una declaración peligrosísima.
Sobre todo para un gobierno que considera adoctrinamiento cualquier opinión ajena y libertad de expresión cualquier opinión de Milei.
La visita de Bullrich tuvo además una anomalía difícil de explicar: terminó sin escándalo.
No hubo periodistas convertidos en “mierdas humanas”, alumnos obligados a recibir una clase acelerada sobre los enemigos de Occidente ni necesidad de explicar que Karl Marx era satanista.
Patricia entró, habló y salió. La vieja política acaba de descubrir el exorcismo sin sacerdote.
La comparación resulta particularmente incómoda porque Milei había visitado un día antes la ORT para participar de una conferencia sobre ética y terminó explicando que Marx era “satanista” y vinculando el capitalismo con los Diez Mandamientos.
Era una charla sobre ética.
El Presidente aportó economía, religión, demonología y marxismo.
Solo faltó química para demostrar que el comunismo hierve a 100 grados.
Afuera hubo abucheos. Adentro aparecieron pañuelos verdes y banderas con la consigna “Las Malvinas son argentinas”. En las inmediaciones había francotiradores como parte del dispositivo de seguridad.
Una jornada educativa completa: filosofía, economía, geopolítica y educación física para el que quisiera salir corriendo.
Bullrich eligió otro método.
Conversar.
Y ahí está la verdadera maldad política.
Porque Patricia viene acumulando pequeños gestos de diferenciación: cuestionó la velocidad de los resultados económicos y mostró empatía con los endeudados justo cuando Milei venía burlándose de quienes se endeudaron.
Ahora descubre que también se puede hablar con adolescentes sin explicarles quién trabaja para Satanás.
A este ritmo, la próxima provocación será escuchar una pregunta hasta el final.
El episodio dejó particularmente incómoda a Sabrina Ajmechet, histórica denunciante del adoctrinamiento educativo, que defendió la intervención de Milei diciendo que esas son sus “formas”.
Extraordinaria evolución del concepto.
Si lo hace un profesor, adoctrina.
Si lo hace el Presidente, son sus formas.
La pedagogía libertaria finalmente resolvió el problema educativo argentino: el adoctrinamiento depende de quién tenga la lapicera.
Bullrich, mientras tanto, parece haber encontrado un nicho electoral inesperado dentro del oficialismo: la normalidad.
No necesita inventar una doctrina.
Le alcanza con sentarse, hablar despacio y no anunciar que algún filósofo europeo trabajaba para Lucifer.
Una estrategia electoral extremadamente sofisticada para 2026.
Porque en una política donde todos intentan llamar la atención gritando, Patricia descubrió que puede mortificar a Milei haciendo exactamente lo contrario.
La próxima semana podría redoblar la ofensiva: visitar una universidad, responder una pregunta y retirarse sin putear a nadie. Si encima agradece al salir, Karina convoca la mesa política de emergencia.


























