El canciller utilizó la expresión horas después de que Milei y Kast reconocieran por escrito la soberanía chilena sobre todo el Estrecho de Magallanes. La frase provocó un rechazo transversal en el Congreso chileno y pedidos de medidas diplomáticas contra Buenos Aires. Quirno aclaró después que hablaba de la proyección argentina desde el Atlántico Sur hacia la Antártida, pero el daño político ya estaba hecho.
Pablo Quirno consiguió reabrir en una entrevista la crisis diplomática que Javier Milei y José Antonio Kast acababan de declarar cerrada. El canciller afirmó que la Argentina es un país “bicontinental y bioceánico”, una expresión que en cualquier conversación sobre integración regional podría referirse a corredores comerciales entre el Atlántico y el Pacífico, pero que pronunciada por el jefe de la diplomacia argentina, en medio de una controversia por el Estrecho de Magallanes, adquiere una dimensión territorial mucho más delicada.
“Argentina es un país bicontinental, bioceánico y lo que tiene que hacer es fortalecer su presencia en el Atlántico Sur, porque es el camino a la Antártida”, afirmó Quirno cuando explicaba el proyecto para construir una base naval integrada en Ushuaia.
La oración contiene su propia contradicción. El canciller vinculó expresamente la estrategia argentina con el Atlántico Sur, pero eligió una palabra que en Chile se interpreta como una pretensión de proyección soberana hacia el Pacífico.
No fue una reclamación territorial formal. Quirno no presentó un mapa, no desconoció un tratado ni afirmó que la Argentina posea costas sobre el océano Pacífico. Sin embargo, la diplomacia no se evalúa únicamente por la intención que un funcionario atribuye después a sus palabras. También importa cómo serán interpretadas dentro de un contexto histórico preciso.
Y Quirno habló en el peor momento posible.
Milei acababa de reconocer que todo el Estrecho pertenece a Chile
La frase se conoció horas después de la reunión entre Milei y Kast en el Palacio de La Moneda. Los presidentes firmaron una declaración conjunta en la que reconocieron que el régimen jurídico del Estrecho de Magallanes está determinado por el Tratado de Límites de 1881 y el Tratado de Paz y Amistad de 1984.
El documento estableció expresamente la soberanía chilena sobre la totalidad del estrecho y reconoció el carácter definitivo de los acuerdos bilaterales. Chile, a cambio, reiteró su respaldo a los derechos argentinos sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y sus espacios marítimos.
La declaración buscaba cerrar la controversia originada por Gustavo Valverde, jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina. El militar había dicho que “Magallanes, el sur, el Drake, todo eso es soberanía” y definió la zona como una “llave bioceánica Atlántico-Pacífico”.
Chile respondió con una nota formal de protesta. El Gobierno argentino debió aclarar que reconoce la soberanía chilena sobre el estrecho y hasta la Armada intervino para reafirmar el marco establecido por los tratados.
Quirno tenía entonces una tarea elemental: utilizar palabras que no admitieran una segunda interpretación. En cambio, recuperó el mismo concepto —la condición bioceánica— que había encendido la crisis.
Milei y Kast demoraron cinco horas en difundir un comunicado destinado a apagar el incendio. Su canciller necesitó apenas unos segundos para volver a encenderlo.
Argentina no posee costas soberanas sobre el Pacífico
Desde el punto de vista jurídico, la expresión de Quirno no modifica absolutamente nada. Las fronteras entre Argentina y Chile no dependen de una entrevista televisiva, sino de tratados internacionales vigentes y obligatorios para ambos Estados.
El Tratado de Límites de 1881 reconoció el Estrecho de Magallanes bajo soberanía chilena y garantizó la libre navegación para buques de todas las banderas. El Protocolo Adicional y Aclaratorio de 1893 estableció el principio según el cual Chile no puede pretender punto alguno hacia el Atlántico ni Argentina hacia el Pacífico.
El Tratado de Paz y Amistad firmado en el Vaticano en 1984 resolvió el conflicto del Beagle, estableció delimitaciones marítimas y reafirmó la arquitectura jurídica del extremo austral. Argentina lo aprobó mediante la Ley 23.172.
La Argentina es bicontinental porque su territorio comprende una parte americana y la Antártida Argentina, cuya soberanía se encuentra sujeta al régimen del Tratado Antártico. Pero no es bioceánica en el sentido de poseer costas soberanas sobre los océanos Atlántico y Pacífico.
Puede hablarse de una Argentina bioceánica desde una perspectiva logística: el país participa en corredores que conectan puertos brasileños y argentinos con terminales chilenas del Pacífico. También puede utilizarse el concepto para describir conexiones económicas transversales de América del Sur.
Eso no equivale a soberanía.
Alejandro Riquelme, diputado del Partido Republicano de Kast y representante de Magallanes, resumió correctamente la distinción: Argentina puede hablar de integración o de corredores bioceánicos, pero no puede transformar esa conectividad en una pretensión territorial.
El problema es que Quirno no hizo esa precisión antes de hablar. La agregó cuando la reacción chilena ya había comenzado.
Una aclaración que llegó después del conflicto
Ante el crecimiento de la polémica, el canciller publicó un mensaje para explicar que la expresión estaba ligada a lo que dijo inmediatamente después: la necesidad de fortalecer la presencia argentina en el Atlántico Sur como camino hacia la Antártida.
También aseguró que el Gobierno pretende actuar de buena fe, respetar la palabra empeñada y cumplir plenamente los tratados vigentes. Añadió que Argentina y Chile comparten responsabilidades y oportunidades de cooperación en la zona austral y antártica.
La aclaración descarta que la Casa Rosada haya formalizado una reclamación sobre el Pacífico. Pero no resuelve el problema político.
Un canciller no ocupa el mismo lugar que un panelista, un militar retirado o un comentarista de redes sociales. Sus palabras representan al Estado argentino y son interpretadas por otros gobiernos, fuerzas armadas, parlamentos, mercados y medios internacionales.
Quirno dirige la institución encargada de impedir que una expresión ambigua se transforme en un conflicto. Esta vez produjo exactamente el efecto contrario.
Kast quedó atrapado entre la amistad ideológica y la soberanía chilena
La controversia también generó un problema interno para José Antonio Kast. El presidente chileno mantiene una cercanía ideológica con Milei y ambos participaron del Foro Madrid, organizado alrededor de una agenda común de la ultraderecha iberoamericana.
Pero la política exterior posee límites que ninguna afinidad partidaria puede borrar. Para un mandatario chileno, la soberanía sobre el Estrecho de Magallanes no es una cuestión negociable ni un detalle susceptible de quedar subordinado a la amistad con la Casa Rosada.
El rechazo a Quirno atravesó al oficialismo y a la oposición. El diputado republicano Riquelme cuestionó cualquier intento de relativizar los tratados. El senador derechista Iván Moreira reclamó medidas más enérgicas y advirtió que la relación con Argentina estaba convirtiéndose en un vínculo “no muy sano”.
Desde la oposición, Raúl Soto acusó al Gobierno de Kast de actuar con ingenuidad y debilidad frente a una estrategia geopolítica argentina. El senador liberal Vlado Mirosevic pidió colocar los intereses nacionales por encima de la amistad entre los presidentes.
No todas las reacciones fueron igualmente duras. Stephan Schubert, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara y dirigente oficialista, consideró que la aclaración argentina permitía interpretar la expresión dentro del Atlántico Sur y sin afectación del mar chileno.
Esa diferencia muestra la disputa interna que Quirno abrió en Santiago: Kast necesita defender la relación estratégica con Milei sin aparecer tolerando ambigüedades sobre el territorio chileno.
La posibilidad de una nota de protesta o de una convocatoria al embajador argentino Jorge Faurie circuló como presión política, pero hasta el momento no debe presentarse como una decisión confirmada del Gobierno chileno.
El decreto que continúa contaminando la relación
La sensibilidad chilena no nació solamente de las palabras de Valverde y Quirno. También existe una controversia alrededor del Decreto argentino 457/2021, firmado durante el gobierno de Alberto Fernández.
La norma incorporó una Directiva de Política de Defensa Nacional que describía el Estrecho de Magallanes, el mar de Hoces y otros espacios australes como áreas sometidas a una dinámica de cooperación o administración compartida. Chile interpretó esa redacción como incompatible con su soberanía exclusiva sobre el estrecho.
Desde entonces se sucedieron reclamos, anuncios de corrección y versiones contradictorias sobre su derogación. Fuentes chilenas llegaron a informar en 2025 que Argentina había aceptado modificarlo, pero la controversia reapareció porque los cambios no quedaron suficientemente formalizados o comunicados para despejar todas las dudas.
Kast evitó exigir públicamente a Milei la derogación durante la última reunión. Sostuvo que los tratados se encuentran por encima de cualquier decreto interno argentino y que la soberanía chilena no depende de esa decisión.
Jurídicamente tiene razón: un decreto argentino no puede alterar un tratado bilateral. Políticamente, sin embargo, su permanencia ofrece combustible a quienes sospechan que Buenos Aires mantiene una interpretación expansiva.
Quirno debió comprender que la palabra “bioceánica” caería sobre ese terreno todavía inflamable.
El estrecho no es solamente una discusión de mapas
El Estrecho de Magallanes posee una importancia geopolítica, económica y militar extraordinaria. Conecta los océanos Atlántico y Pacífico, ofrece una alternativa al pasaje por el cabo de Hornos y se encuentra próximo a las rutas de acceso a la Antártida.
La expansión del comercio marítimo, la competencia por los recursos australes y el crecimiento de la actividad antártica aumentaron su valor estratégico. Argentina necesita fortalecer Ushuaia, desarrollar su infraestructura naval y sostener una presencia efectiva en el Atlántico Sur. Chile persigue objetivos similares desde Punta Arenas y sus territorios australes.
Ambos países pueden competir por inversiones, logística antártica, puertos y servicios marítimos sin cuestionar sus fronteras. También pueden cooperar en investigación científica, rescate, protección ambiental, transporte y abastecimiento.
Convertir esa competencia en una disputa retórica de soberanías solamente beneficia a potencias externas con intereses en el Atlántico Sur y la Antártida.
La Argentina necesita el respaldo chileno para la causa Malvinas. Chile, de hecho, acaba de reiterarlo formalmente. Abrir una crisis innecesaria con Santiago mientras Buenos Aires intenta enfrentar la explotación petrolera británico-israelí debilita la estrategia argentina.
No tiene sentido reclamar solidaridad regional frente al colonialismo británico y, al mismo tiempo, producir dudas evitables sobre los derechos territoriales del país vecino que sostiene ese reclamo.
La ideología común no reemplaza a la diplomacia
Milei y Kast intentaron presentar su afinidad política como la base de una nueva alianza regional. Pero las relaciones entre Estados no funcionan como los encuentros partidarios.
Los gobiernos cambian. Los tratados permanecen.
Chile y Argentina comparten una frontera de más de 5.000 kilómetros, redes energéticas, comercio, pasos cordilleranos, cooperación antártica y desafíos comunes frente al crimen organizado. Esa relación no puede depender de la simpatía entre dos presidentes ni quedar sometida a declaraciones improvisadas.
La crisis expone además un problema recurrente de la política exterior libertaria: la falta de coordinación entre la Presidencia, la Cancillería, las Fuerzas Armadas y los dirigentes oficialistas.
Primero habló Valverde. Después Milei firmó una declaración reconociendo la soberanía chilena. Más tarde Quirno describió a Argentina como bioceánica. Patricia Bullrich sumó otra mención al “control” del Estrecho de Magallanes. Finalmente, el canciller tuvo que explicar que nunca quiso referirse al Pacífico.
Cada aclaración llega detrás de una nueva declaración.
Quirno no cambió las fronteras ni abrió jurídicamente una reclamación argentina sobre el Pacífico. Pero volvió a demostrar que la improvisación puede producir consecuencias diplomáticas aunque no exista una intención expansionista.
Argentina no necesita inventarse una costa sobre el Pacífico. Necesita defender con seriedad el Atlántico Sur, fortalecer su presencia antártica y conservar el apoyo de Chile en la causa Malvinas.
El canciller quiso explicar una estrategia marítima. Terminó obligando al país vecino a preguntarse si debía volver a defender sus fronteras.


























