La mora de las familias volvió a subir en julio y alcanzó al 12,94% de las deudas, mientras casi seis millones de personas acumulan atrasos superiores a 90 días. En billeteras virtuales y entidades no tradicionales, el incumplimiento trepó al 33,69%. Martín Menem descartó una intervención estatal y la Iglesia Católica reclamó respuestas ante las “deudas leoninas”.
La deuda de los hogares argentinos dejó de ser solamente una consecuencia de la caída del poder adquisitivo para convertirse en un problema económico que alcanza a millones de personas. Casi seis millones de argentinos acumulan atrasos superiores a 90 días sobre un universo de 20,8 millones de deudores, mientras la morosidad familiar volvió a crecer en julio y llegó al 12,94%.
Los datos surgen de un informe de la consultora 1816 elaborado a partir de la Central de Deudores del Banco Central. Después de una leve mejora en junio, la morosidad total del sector privado aumentó del 7,63% al 7,73% en julio. Entre las empresas también hubo un deterioro, aunque considerablemente menor: pasó del 3,50% al 3,61%.
El problema se concentra con mucha más intensidad en los hogares. La mora familiar había quedado en 12,77% en junio y escaló al 12,94% en julio, con aumentos en 23 de las 30 principales entidades relevadas. No se trata, por lo tanto, de un deterioro explicado por un banco o una cartera particular, sino de un fenómeno extendido dentro del sistema crediticio.
La comparación histórica permite observar la velocidad del cambio: en octubre de 2024 la tasa de morosidad era de apenas 2,5%. Menos de dos años después, los atrasos de las familias se multiplicaron en un contexto en el que el crédito pasó a ocupar un lugar cada vez más importante para sostener gastos cotidianos.
Las billeteras virtuales tienen una mora del 33,69%
La situación más extrema aparece fuera de la banca tradicional. En billeteras virtuales y otras entidades no bancarias, la morosidad alcanzó el 33,69%, una proporción que muestra la fragilidad de una modalidad de financiamiento a la que recurren especialmente quienes necesitan dinero rápido o tienen menos posibilidades de acceder al crédito bancario.
El dato resulta particularmente relevante porque el crecimiento del crédito digital amplió enormemente la posibilidad de endeudarse desde un teléfono celular. Esa facilidad para obtener financiamiento puede resolver una urgencia inmediata, pero también genera una exposición mucho mayor cuando los ingresos no alcanzan para afrontar las cuotas y las tasas elevadas hacen crecer rápidamente el monto adeudado.
La discusión sobre las billeteras virtuales llegó además al Congreso. La oposición reunió la semana pasada a 133 diputados dispuestos a avanzar con proyectos vinculados al endeudamiento y las condiciones de esos créditos, pero el oficialismo maniobró para postergar el debate.
El presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, rechazó la necesidad de una intervención estatal y vinculó parte del incremento de la mora con la suba de las tasas de interés.
Menem: “En términos de PBI es insignificante”
La respuesta del Gobierno expuso dos maneras completamente diferentes de medir el mismo problema. Menem reconoció que existe “un poco de mora”, pero sostuvo que “en términos de PBI es insignificante” porque, según afirmó, la mayoría de las deudas corresponde a montos pequeños.
El argumento puede servir para dimensionar el riesgo macroeconómico que esas deudas representan frente al tamaño de toda la economía, pero no necesariamente describe su peso sobre los hogares. Una deuda puede ser insignificante respecto del PBI y resultar impagable respecto del salario de una familia.
Ahí está precisamente el núcleo de la discusión. El problema no consiste únicamente en determinar si el endeudamiento familiar amenaza al sistema financiero, sino en observar cuántas personas dejaron de poder cumplir normalmente con sus obligaciones.
Y en ese terreno el dato es difícil de minimizar: casi seis millones de personas tienen atrasos superiores a tres meses.
Menem agregó que la morosidad “ya empezó a bajar”. Sin embargo, los datos correspondientes a julio citados por el informe de 1816 muestran el movimiento contrario: después del descenso de junio, la mora total pasó del 7,63% al 7,73% y la correspondiente a las familias subió del 12,77% al 12,94%.
El presidente de Diputados insistió además en que “no creemos que sea necesario que el Estado intervenga”, posición que coincide con la postura del Gobierno de considerar las deudas como relaciones entre privados.
La Iglesia le respondió al Gobierno: “No se puede decir que se arreglen”
La magnitud del endeudamiento provocó ahora una intervención de la Iglesia Católica. El presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Marcelo Colombo, reclamó una respuesta frente a lo que definió como “deudas leoninas” y cuestionó que el Estado pueda desentenderse completamente del problema.
Colombo planteó la necesidad de establecer criterios sobre la contratación de deuda y discutir incluso cuánto del salario de una persona puede quedar comprometido en el pago de obligaciones financieras.
Su cuestionamiento apuntó directamente contra la idea de que el problema debe resolverse exclusivamente entre acreedores y deudores: “Lo que no se puede es tener una mirada superficial, ni menos decir: ‘No nos interesa o que se arreglen’”, afirmó.
La intervención de la Conferencia Episcopal agrega presión política sobre un tema que hasta ahora el Gobierno buscó mantener fuera de la agenda de intervención estatal. Y ocurre, además, mientras se prepara una eventual visita del Papa a la Argentina.
El problema no es solamente cuánto se debe, sino para qué se pide prestado
El crecimiento de la mora adquiere otra dimensión cuando se observa el contexto económico en el que ocurre. El endeudamiento familiar ya no puede analizarse exclusivamente como financiamiento destinado a compras extraordinarias o bienes durables. Para muchos hogares, el crédito se convirtió en una herramienta para administrar la distancia entre ingresos y gastos corrientes.
Cuando una familia necesita recurrir sistemáticamente a tarjetas, préstamos personales o billeteras virtuales para atravesar el mes, la deuda deja de adelantar consumo futuro y comienza a compensar ingresos presentes insuficientes. El problema aparece cuando llega el vencimiento siguiente y el salario debe pagar simultáneamente los gastos del nuevo mes y las compras financiadas del anterior.
La mora es entonces el último eslabón de una cadena: primero se pierde capacidad adquisitiva, después se utiliza crédito para sostener gastos, posteriormente una proporción creciente del ingreso queda comprometida en cuotas e intereses y finalmente algunos hogares dejan de pagar.
Por eso el salto desde una morosidad del 2,5% en octubre de 2024 hasta los niveles actuales resulta más importante que una oscilación mensual. Muestra que el deterioro acumulado no puede explicarse simplemente por un mal mes.
Una deuda pequeña para el PBI puede ser enorme para una familia
La discusión entre el Gobierno, la oposición y la Iglesia revela finalmente dos escalas distintas para observar el mismo fenómeno. Desde una perspectiva macroeconómica, el volumen total en mora puede representar una proporción limitada de la economía argentina. Desde la perspectiva de los hogares, la realidad es otra: casi seis millones de personas llevan más de 90 días sin poder ponerse al día con sus obligaciones y la mora familiar alcanza al 12,94%.
Mucho más contundente todavía es lo que ocurre en el financiamiento no tradicional: uno de cada tres pesos de esas carteras está alcanzado por la morosidad, según la tasa del 33,69% informada para billeteras virtuales y entidades similares.
El Gobierno sostiene que no existe una situación que justifique la intervención del Estado. La Iglesia reclama que no se abandone a los endeudados a su suerte y la oposición intenta llevar el problema al Congreso.
Pero detrás de esa disputa política queda un dato que no depende de interpretaciones: millones de argentinos están dejando de pagar sus deudas.
Puede ser “insignificante” cuando se lo divide por el producto bruto de todo un país. Para una familia cuyo ingreso ya no alcanza para pagar la cuota, la tarjeta o el préstamo con el que llegó a fin de mes, insignificante es justamente lo último que resulta.


























