Milei echó a Belén Agudiez, funcionaria de máxima confianza de su hermana, después del escándalo por el manejo de la residencia presidencial. Denuncias por 29 toneladas de carne, $700 millones en jardinería, familiares contratados y un jubilado convertido en proveedor millonario terminaron con una purga. La revolución anticasta empezó a auditar el quincho cuando el humo ya llegaba al Boletín Oficial.
Javier Milei finalmente encontró un gasto del Estado que le pareció excesivo y esta vez no estaba en una universidad, un hospital ni una jubilación.
Estaba en su casa.
El Gobierno oficializó la salida de Belén Agudiez, subsecretaria de Planificación General y una de las funcionarias de mayor confianza de Karina Milei. Tenía bajo su órbita el funcionamiento de la Quinta de Olivos y quedó en el centro de una serie de denuncias por contrataciones, gastos y manejo de recursos públicos.
Según la información conocida, habría sido la propia Karina quien le pidió la renuncia.

En términos libertarios: el mercado reguló a una amiga.
El organigrama tenía árbol genealógico
Agudiez había colocado como intendente de la Quinta a Javier Sosa, su cuñado. También fueron contratados otros familiares para distintas tareas de mantenimiento, limpieza y administración.
La fuerza política que llegó prometiendo terminar con los ñoquis consiguió una innovación administrativa notable:
el nepotismo de cercanía.
No hacía falta mandar currículum.
Alcanzaba con mandar saludos a la familia.
Y cuando Milei ordenó la purga del personal civil, buena parte de ese entramado terminó afuera.
La meritocracia funcionó.
Primero había que encontrar dónde habían guardado el mérito.
29 toneladas de liberalismo vacuno
Uno de los episodios que detonó la crisis fue la difusión de una compra de 29 toneladas de carne por más de $500 millones destinada al abastecimiento presidencial y de funcionarios.
Veintinueve mil kilos.
El Gobierno que mide hasta el último peso del gasto público aparentemente necesitaba calcular el déficit fiscal en novillos.
La responsabilidad sobre esa contratación y cualquier eventual irregularidad deberá determinarse en las investigaciones correspondientes. Pero políticamente el contraste ya quedó servido: mientras afuera se predicaba austeridad con motosierra, adentro discutían una compra de carne que necesitaba logística de frigorífico.
El ajuste era para todos. La proteína tenía régimen especial.
El pasto también conoció la inflación
Agudiez quedó además alcanzada por las sospechas alrededor de una licitación de $700 millones para mantenimiento y jardinería de Olivos, denunciada por la diputada Marcela Pagano, quien sostuvo que el procedimiento habría sido direccionado.
La acusación deberá probarse.
Lo indiscutible es la cifra.
Setecientos millones para mantenimiento y espacios verdes convierten cualquier recorrida por el jardín presidencial en una experiencia distinta.
Ya no se pisa el césped.
Se camina sobre activos.
El jubilado que derrotó al sistema previsional
Pagano también denunció una operación todavía más pintoresca: un jubilado sin bienes ni patrimonio significativo habría sido registrado como proveedor oficial de Presidencia y facturado más de $600 millones al Estado.
Deberá investigarse si ocurrió como sostiene la denuncia y cuál fue el circuito de esas contrataciones.
Pero, de confirmarse, Economía podría cerrar la Secretaría de Seguridad Social.
Encontraron la solución previsional.
En lugar de aumentar la jubilación, te hacen proveedor de Presidencia.
También se denunció que instalaciones e insumos de Olivos podrían haber sido utilizados para abastecer un emprendimiento privado de catering denominado “Pancitos Caseros”.
Si la Justicia comprobara esa acusación, la frontera entre lo público y lo privado habría quedado perfectamente definida:
públicos los insumos; privado el negocio.
Eso sí es achicar el Estado.
Hasta hacerlo entrar en una bandeja.
De la motosierra al uniforme
Milei ya había ordenado desplazar a buena parte del personal civil de Olivos. Casa Militar asumió funciones dentro de la residencia y efectivos de las Fuerzas Armadas reemplazaron tareas que hasta entonces realizaban civiles.
La explicación oficial habló de razones de seguridad.
Después cayó Agudiez.
La secuencia vuelve un poco más difícil sostener que aquello era simplemente una reorganización preventiva.
Lo que empezó como administración doméstica terminó con militares tomando posiciones.
Argentina debe ser el único país capaz de convertir un problema de Recursos Humanos en una operación castrense.
Y apareció Marra con la brujería.
Cuando parecía imposible agregarle otra capa a la historia, apareció Ramiro Marra.
Agudiez había ingresado al universo libertario vinculada al dirigente porteño y después se alineó con Karina Milei tras la ruptura entre ambos.
Marra reapareció ahora con un mensaje sugestivo: advirtió que no se debe confiar en personas dedicadas a la “magia negra” porque algún día pueden utilizar contra uno aquello que saben.
No dio nombres.
Tampoco hacía mucha falta imaginación para que el comentario alimentara las interpretaciones políticas.
La Argentina atravesó golpes de Estado, hiperinflaciones, corralitos, default y cinco presidentes en once días.
Pero siempre encuentra una manera de innovar.
Ahora las internas de Gobierno también tienen departamento de ocultismo.
El problema quedó demasiado cerca de Karina
La salida de Agudiez tiene una dificultad política que ninguna poda administrativa puede esconder: la funcionaria pertenecía al círculo de máxima confianza de la secretaria general de la Presidencia.
Por eso echarla resuelve un nombre, pero abre una pregunta.
¿Quién controlaba a quien controlaba Olivos?
Porque cuando las sospechas alcanzan contratos, proveedores y designaciones dentro de un área políticamente tan próxima al poder presidencial, despedir a una funcionaria puede ser necesario.
Lo que no hace es borrar el organigrama.
La administración libertaria llegó prometiendo que donde apareciera un privilegio habría una motosierra.
Esta vez efectivamente apareció.
Solo que tardó bastante porque primero tuvo que conseguir permiso para entrar a Olivos.



























