Una investigación encubierta de Deutsche Welle (DW) revela cómo organizaciones de extrema derecha en Alemania y otros países europeos utilizan la imagen de mujeres jóvenes, discursos sobre seguridad femenina y estéticas propias de las redes sociales para reclutar militantes y expandir una agenda racista, antifeminista y antidemocrática. Detrás de los peinados, los tutoriales y los videos virales, la investigación documenta conexiones con partidos de ultraderecha, eurodiputados y redes internacionales.
Durante décadas, la iconografía de la extrema derecha fue fácilmente reconocible: hombres uniformados, estética militar, discursos agresivos y nostalgia autoritaria. La investigación realizada por Deutsche Welle (DW) demuestra que esa imagen está cambiando. La nueva ultraderecha europea comprendió que para conquistar nuevas generaciones debía abandonar parcialmente ese rostro y construir otro más amable, más joven y, sobre todo, más femenino. Ya no busca ingresar únicamente por el miedo. También pretende hacerlo mediante la empatía, la estética, la pertenencia y las redes sociales.
El documental «Infiltradas entre mujeres de la extrema derecha» expone el funcionamiento de Lucreta, una organización alemana integrada por mujeres jóvenes que se presenta como una iniciativa destinada a proteger los derechos femeninos. Sus publicaciones muestran trenzas, manualidades, moda, recetas, reuniones entre amigas y mensajes aparentemente inocentes bajo consignas como «mujeres para mujeres». Sin embargo, detrás de esa estética cotidiana aparece reiteradamente una palabra que se convirtió en el núcleo ideológico del movimiento: «remigración», un concepto utilizado por distintos sectores de la extrema derecha europea para promover deportaciones masivas con criterios étnicos y raciales.
La investigación periodística no se limita al análisis de redes sociales. Durante varios meses, periodistas de DW se infiltraron en congresos privados, entrevistaron a exintegrantes del movimiento y reconstruyeron los vínculos políticos y financieros que sostienen esta nueva estrategia. Lo que encontraron desmonta la imagen de espontaneidad que intenta proyectar Lucreta. Según la investigación, existen vínculos directos con dirigentes de Alternativa para Alemania (AfD), partido catalogado por organismos de inteligencia alemanes como sospechoso de extremismo de derecha en distintos estados federados. La fundadora de Lucreta trabaja junto a eurodiputados del partido y participa activamente en encuentros internacionales financiados por estructuras vinculadas al Parlamento Europeo.

Pero quizás el hallazgo más inquietante no sea la existencia de esas conexiones políticas, sino la estrategia comunicacional que las sostiene. Las investigadoras concluyen que la nueva extrema derecha dejó de disputar únicamente elecciones para comenzar a disputar emociones. Comprendió que la captación política ya no empieza en un acto partidario sino en el algoritmo de Instagram. Allí no aparecen primero discursos sobre nacionalismo o supremacismo, sino imágenes cuidadosamente producidas de jóvenes atractivas, actividades recreativas y consejos de estilo. La ideología llega después, casi siempre de forma gradual.
Ese mecanismo coincide con lo que diversos estudios sobre radicalización digital vienen describiendo desde hace años: las plataformas privilegian contenidos emocionalmente atractivos antes que argumentaciones complejas, favoreciendo procesos de identificación afectiva previos a la adhesión ideológica. La estética funciona como puerta de entrada; la política llega cuando ya existe comunidad.
Uno de los aspectos centrales del documental consiste en mostrar cómo la violencia contra las mujeres es utilizada como argumento político selectivo. Lucreta y otras organizaciones similares denuncian sistemáticamente agresiones sexuales cuando los presuntos responsables son migrantes o personas racializadas. Sin embargo, según la investigación, minimizan o directamente silencian las violencias ejercidas dentro de sus propios espacios políticos o cuando los agresores pertenecen al mismo universo ideológico.

La exintegrante identificada como Emma relata que durante su permanencia en ese entorno escuchó comentarios degradantes hacia las mujeres, fantasías de violación y discursos profundamente misóginos pronunciados por hombres pertenecientes a esos mismos espacios. La contradicción resulta evidente: organizaciones que dicen luchar por las mujeres conviven con prácticas que las reducen a objetos y subordinan su autonomía a modelos profundamente patriarcales.
El caso de la investigadora y actriz francesa Marie profundiza esa paradoja. Tras denunciar violencia sexual sufrida por parte de su expareja, su historia fue utilizada por el colectivo ultraderechista francés Némesis para reforzar discursos racistas debido al origen migrante del agresor. Cuando Marie rechazó esa utilización política de su experiencia, comenzó a recibir amenazas de muerte y campañas de odio impulsadas precisamente por quienes afirmaban defender a las víctimas de violencia de género.

La lógica aparece con claridad: la violencia machista solo interesa cuando puede transformarse en evidencia contra la inmigración. Deja de ser un problema estructural del patriarcado para convertirse en un recurso propagandístico al servicio del nacionalismo étnico.
Desde el feminismo, esa estrategia recibe un nombre conocido: instrumentalización. El sufrimiento de las mujeres deja de ser un fin en sí mismo y pasa a funcionar como argumento para legitimar políticas de exclusión racial, cierre de fronteras y expulsiones masivas. El problema no es la violencia contra las mujeres; el problema son determinados hombres, siempre extranjeros, pobres o racializados.
La investigación de DW muestra además que Lucreta no constituye un fenómeno aislado. Existen organizaciones equivalentes en Francia, Portugal, Reino Unido, Italia, Bélgica, España y otros países europeos que mantienen vínculos permanentes, participan en congresos conjuntos y comparten estrategias de comunicación. La construcción de una identidad femenina ultraconservadora ya no responde únicamente a dinámicas nacionales. Se trata de una red internacional organizada que intercambia recursos, discursos y formas de reclutamiento.
Este fenómeno tampoco puede entenderse únicamente desde la política partidaria. El Instituto Tricontinental de Investigación Social sostiene que la ofensiva contemporánea de la extrema derecha articula organizaciones religiosas, partidos políticos, fundaciones privadas, medios digitales y plataformas transnacionales para impulsar una agenda común contra los derechos de las mujeres y las diversidades sexuales. Su objetivo consiste en reinstalar un modelo jerárquico de familia, género y autoridad funcional a proyectos políticos profundamente conservadores.
En ese marco, el uso estratégico de mujeres jóvenes adquiere un sentido específico. No se trata de feminizar la extrema derecha para hacerla más igualitaria. Se trata de volverla más aceptable socialmente. Como señala el ministro del Interior de Renania del Norte-Westfalia entrevistado por DW, el objetivo consiste en abandonar la imagen del viejo extremista masculino para construir una apariencia moderna capaz de ingresar en sectores sociales donde antes encontraba rechazo.
La paradoja final es probablemente la más inquietante. Muchas de estas organizaciones hablan permanentemente de empoderamiento femenino mientras defienden referentes políticos que cuestionan derechos conquistados por las propias mujeres, rechazan el feminismo, promueven modelos familiares rígidos y mantienen discursos que subordinan nuevamente a las mujeres al espacio doméstico. No buscan ampliar la libertad femenina. Buscan redefinir quién merece esa libertad y quién debe quedar excluido de ella.
El documental de DW obliga entonces a revisar una idea instalada durante años: creer que la extrema derecha siempre se presenta con los mismos símbolos y los mismos lenguajes. Hoy puede llegar con filtros de Instagram, tutoriales de belleza, encuentros recreativos y hashtags aparentemente inofensivos. Su mayor transformación no consiste en haber abandonado el autoritarismo, sino en haber aprendido a esconderlo detrás de una estética amable.
Porque la nueva extrema derecha ya comprendió algo que el resto de la política todavía subestima: en el siglo XXI las ideologías rara vez entran por la puerta principal. Casi siempre lo hacen disfrazadas de comunidad, identidad y pertenencia. Y cuando finalmente muestran su verdadero rostro, muchas personas ya sienten que forman parte de ellas.



























