Jaldo, Sáenz y Figueroa ordenaron votar contra la extranjerización de tierras y dejaron al Gobierno al borde de quedarse sin quórum. La ley que prometía abrir el mercado terminó despertando un ataque colectivo de patriotismo territorial entre dirigentes que hasta ayer acompañaban casi todo.
Durante meses el Gobierno repitió que Argentina debía abrirse al mundo, atraer inversiones, eliminar trabas y dejar que el mercado hiciera su magia. Todo venía bárbaro hasta que el mercado preguntó si también podía comprar un pedazo de Argentina.
Ahí apareció el patriotismo.
No el de los actos escolares.
El inmobiliario.
La ley de tierras consiguió algo que parecía imposible: transformar a varios gobernadores dialoguistas en custodios de la soberanía nacional en menos de veinticuatro horas.
Jaldo, Sáenz y Figueroa descubrieron de golpe que la patria también tiene escritura.
Y decidieron que no pensaban firmarla.
Patricia Bullrich llegó a la sesión haciendo cuentas. Tenía treinta y cinco votos, algunos más en observación y la tranquilidad de quien cree haber cerrado la negociación.
Hasta que empezó el desfile de llamados telefónicos desde las provincias.
—Ese voto no.
—Ese tampoco.
—Ese menos.
En cuestión de horas la calculadora oficial empezó a parecerse a una máquina tragamonedas.
Cada botón daba un número distinto.
El primero en sacar la escoba fue Osvaldo Jaldo.
«No vamos a entregar un metro cuadrado de tierra argentina», avisó.
La frase produjo un efecto inesperado.
Los votos comenzaron a emigrar más rápido que los dólares.
Después apareció Gustavo Sáenz.
Y detrás Rolando Figueroa.
La escena era digna de una película del oeste.
Cada gobernador salía al balcón de su provincia con una pala en una mano y un cartel que decía:
«Se vende… pero no tanto.»
Lo extraordinario es que muchos de ellos acompañaron al Gobierno en leyes mucho más incómodas.
Delegación de facultades.
Ajuste.
Emergencias.
Reformas.
Todo eso podía discutirse.
Pero tocar la tierra…
Eso ya era otra conversación.
Porque una cosa es privatizar una empresa.
Otra bastante distinta es explicar en el pueblo que el campo del abuelo ahora aparece en Google Maps como «Rancho Estates LLC».
Los gobernadores entendieron algo que en Buenos Aires suele olvidarse.
Las tierras no votan.
Los vecinos sí.
Y el vecino suele ponerse bastante nervioso cuando escucha palabras como «extranjerización».
Patricia Bullrich intentó sostener la ofensiva.
Pero la sesión empezó a parecerse a esas fiestas donde el organizador confirma cincuenta invitados y terminan apareciendo doce.
Cada llamado era peor que el anterior.
—Royón vota en contra.
—Corroza también.
—Kroneberger tampoco acompaña.
—Fama no llega.
—Hay dudas con otros.
La sesión pasó de debate parlamentario a grupo de WhatsApp desesperado.
«¿Alguien sabe dónde está un senador?»
Victoria Villarruel miraba el tablero.
La oposición hacía cuentas.
El oficialismo hacía promesas.
Y los gobernadores hacían política.
Que suele ser bastante más efectiva.
Mientras tanto apareció otra discusión casi filosófica.
Si Anabel Fernández Sagasti podía votar por Zoom.
Si Flavio Fama también.
Si el reglamento decía una cosa.
Si decía otra.
Cuando una ley empieza a depender de una videollamada, generalmente no viene sobrada de respaldo político.
El problema para el Gobierno es que esta derrota sería mucho más grande que perder una votación.
Sería perder el relato.
Porque la iniciativa se presentaba como una oportunidad para atraer inversiones.
Terminó uniendo a oficialistas, opositores, radicales, peronistas y gobernadores detrás de una consigna bastante antigua.
«La tierra, mejor dejémosla donde está.»
Es curioso.
Durante semanas se explicó que quienes cuestionaban la ley eran populistas, atrasados o enemigos del progreso.
Ahora los principales obstáculos aparecieron dentro del propio club de los dialoguistas.
La patria tiene esas cosas.
Hay quienes descubren el nacionalismo cuando escuchan el himno.
Y hay quienes lo descubren cuando leen la escritura de un campo.
El Gobierno todavía conserva una esperanza.
Que no haya rechazo.
Que simplemente no haya quórum.
Es una derrota bastante elegante.
No perdés.
Simplemente nadie aparece.
Como esas cenas donde todos confirman asistencia y a último momento les surge un compromiso impostergable.
La política argentina tiene un talento extraordinario para convertir los grandes debates ideológicos en discusiones de supervivencia parlamentaria.
El libre mercado terminó dependiendo de que algún senador consiga pasaje.
Y la revolución liberal quedó esperando en la puerta del recinto mientras los gobernadores le recordaban al Presidente una vieja lección de la política nacional.
En Argentina todo puede estar en venta… hasta que alguien pregunta cuánto vale la tierra. Ahí, de golpe, florecen los patriotas.



























